M.'s profileCuando la verdad no es l...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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November 06 Cuentacuentos 21, frase de Jara“-¿Qué haces? -Ver porno. ¿Y tú? -Pensar en ti. -¿Con un cuchillo en la mano? -Estaba cortando zanahorias. -Ah, claro. Y mientras estabas cortando zanahorias con un cuchillo pensabas en mí; que gracioso. ¿En alguna zona en particular o en todo mí, en general? Clara se acercó a Isaac lentamente, mostrándole su cara de niña mala que tiene ganas de jugar. Pasó por detrás del sofá y se reclinó a su lado. -En realidad tenía ganas de matarte. –le contestó mientras le colocaba la hoja del cuchillo frente a los ojos. –Pensaba que te gustaría saberlo antes de que lo hiciera. Que después me dices que no te aviso de nada. -¡Vete a freír espárragos! –vociferó mientras apartaba el cuchillo de un manotazo. Clara se marchó hacia la cocina soltando carcajadas. Era una chica irremediable. Le encantaba gastar ese tipo de bromas aun sabiendo que eran de mal gusto. Abrió la nevera para mirar que había para beber que estuviera decentemente fresco. El calor de ese agosto era insoportable y el poco dinero que tenían para subsistir no les permitía gastarlo en reparar el aire acondicionado. Una botella de cola a punto de acabarse y un par de latas de cerveza. Optó por lo segundo. Continuó preparando la comida. Tiró las rodajas de zanahorias a la sartén y esperó que el aceite las dorase. En el comedor, Isaac se estaba empapando de sudor entre el calor de la estancia y el porno que miraba. Era un chico sin remedio. Un salido, como dice Matilde, su hermana pequeña. Isaac escuchó el sonido del gas que se libera al abrir una lata de cerveza. -¿Qué estás bebiendo, cariño? -Una de las cervezas que quedan en la nevera. -¿Me traes la otra? -Mueve tu culo y levántate a cogerla tú mismo. -¡Anda y que te jodan! -¡Ya me gustaría que me lo hicieran! Isaac acabó por quitarse los pantalones y dejarlos sobre la camiseta, a un lado del sofá. Se levantó a abrir las persianas para dejar correr el aire y se acercó a la cocina a por esa lata fresca. Clara, su mujer, llevaba tan solo un camisón sin nada debajo. El sudor hacía que se le trasparentaran los pezones. Él se le acercó por la espalda y le paseó la mano por encima del izquierdo. -¿Se puede saber qué haces? -Es que te veía tan sensual que… -Si estoy caliente no es gracias a ti, sino a esta maldita ola de calor que nos va a dejar a todos secos. No vas a calentarme tú con las pintas que me llevas. ¿Son los mismos calzoncillos o tienes cuatro pares iguales? El aceite empezó a crepitar de manera escandalosa. Una brisa de aire caliente se introdujo por la ventana de la cocina. Clara abrió la boca para poder respirar algo mejor e Isaac abrió la nevera para aprovechar ese aire y enfriarlo un poco. -¿Y si dejamos la puerta de la nevera abierta, cariño? –le preguntó el chico mientras introducía su cabeza en el interior. –Se está fresquito aquí dentro. -Haz el favor de cerrarla. Poco dinero tenemos para que nos suban la factura de la luz. Además, por la tele dijeron que esto duraría menos de una semana. Ya llevamos cinco días así y parece que no para de subir. ¿Se acabará de un momento a otro, no? -Eso espero. Esta mañana he tenido que salir a buscar agua al supermercado protegido con un paraguas. No había casi nadie por la calle y los que había iban igual que yo. Alguno incluso iba tan solo con el bañador y las chancletas para no quemarse los pies en el asfalto. Isaac volvió al comedor. Observó que las aspas del ventilador del techo no hacían más que remover el ambiente caldeado. Colocó bien la sábana que cubría el sofá y se estiró para continuar mirando la tele. Por la pantalla se veía el plató del telenoticias vacío y una pequeña pantalla digital mostraba un mensaje repetidas veces. Alerta roja por la ola de calor. Alerta roja por la ola de calor. Alerta… El olor a humo hizo que el chico se levantara para ver qué ocurría en la cocina. La sartén estaba humeante. Corrió a quitarla del fuego pero este estaba apagado. Escuchó una leve explosión a su derecha. Otra más, y otra. Al girarse vio como los huevos que había en la cesta de aluminio estallaban solos. La temperatura aumentó unos grados más y le costaba respirar. Cada bocanada de aire aspirado le quemaba la garganta. Se giró para dirigirse hacia la nevera y encontró a su mujer con la cabeza metida en ella. -¿No decías que no hiciera eso? –preguntó con dificultad. –Déjame un lado, cariño. Este calor nos va a matar. Al intentar apartar a su mujer su cuerpo inerte cayó de espaldas al suelo. El rostro de Clara era horroroso. Tenía las venas del cuello y de la cabeza hinchadas. Su cara inflada de un color tirando a morado y su boca abierta con la lengua tiesa hacia fuera. El chico se echó hacia atrás golpeándose la espalda contra el mármol de la repisa. Apoyó las manos sobre este y el calor que irradiaba hizo que las quitara rápidamente. Los nervios hicieron que necesitara oxígeno en sus pulmones y respiró agónicamente ese aire abrasivo. Su mente empezó a nublarse y caminaba tambaleándose hacia el teléfono. Unos metros antes de alcanzarlo perdió las fuerzas y cayó de bruces al suelo. Se esforzaba en abrir la boca al máximo para poder insuflar algo de oxígeno aunque le quemara los pulmones. Estiró las manos para arrastrarse, clavando las uñas en las rendijas de las baldosas. Su cuerpo experimentaba una sensación asfixiante. Se quemaba por dentro. Tenía que intentar llegar al teléfono y marcar el número de urgencia. Faltaban dos metros y sus fuerzas le abandonaban. En sus ojos veía la mesita del aparato muy borrosa. Notaba la presión en su cabeza y como los globos oculares se hinchaban con cada palpitación de su corazón. Estiró el brazo intentando alcanzar la mesita para hacerla caer y vio su piel llena de ampollas. Como se tornaba de un marrón rojizo y sus músculos se quedaban lentamente tiesos. Sacó la lengua y palpó el aire con ella, le quemaba. Un olor a chamusquina flotaba en el aire. Dejó de notar su cuerpo justo antes de entrar en combustión. El fuego se propagó lentamente por su piel haciendo que se retorciera convertida en pequeños jirones chamuscados. Olió el hedor a plumas de pollo quemadas cuando el fuego arrasó su corto pelo rebelde llegando a derretirle las orejas. Todo su cuerpo quedó envuelto en llamas.” -¡Joder! –exclamó Marc. -¿Vaya historia más buena, no? -¡Vaya! –contestó Ivan mientras cerraba el libro. –Tengo ganas de leer más. Quizá esta noche, antes de irme a la cama. -Oye, preséntame a tu abuelo. Debe ser una persona genial. ¿Ha escrito más libros como este? -¡Ivan! –entró su madre gritando. –Te tengo dicho que no leas las cosas del abuelo. Trae ese libro aquí ahora mismo. -No te lo puedo presentar –le susurró a su amigo antes de devolvérselo a su madre. -, está encerrado en un centro psiquiátrico. -¿Y qué hace allí? -Dicen que está loco.
Hell. November 04 Cuentacuentos 20, frase de CarabiruUna mancha de vino en el mantel, el sonido del disco de pizarra arañado por la aguja del gramófono al haber llegado a su fin, los zapatos tirados por el suelo y el traje gris oscuro de Armani mal colocado sobre el respaldo del butacón de flecos. Isaac se mueve nervioso mientras descansa bajo las sábanas negras de raso. El sol penetra entre las grietas paralelas de la persiana mal cerrada. Impactan sobre su rostro, pero no le perturban el sueño. Estira el brazo suavemente hasta colocarlo bajo la almohada. Suspira, tose y suspira de nuevo. Murmulla algo ininteligible y aparece una sonrisa tímida. En el baño, el vaho del agua caliente de la ducha empaña el espejo. La cortina mojada trasparenta la silueta del cuerpo voluptuoso de Martinique mientras se aclara el jabón. Cierra el grifo, se envuelve en la toalla sedosa y se recoge el pelo con otra un poco más pequeña. El teléfono móvil de Isaac vibra en silencio sobre la mesita de noche, al lado del libro que no consigue terminar. Alarga el brazo y tantea hasta encontrarlo. Abre los ojos, respira profundamente y se atusa el pelo hacia atrás. Era Ana, su pareja, desde hace ocho años. Entorna los ojos en blanco y lanza el aparato al lado vacío de la cama. Se incorpora y ve, bajo la ranura de la puerta, que la luz del baño está encendida. Cubre su cuerpo con su albornoz preferido y va hasta la cocina para prepararse un café. Se sienta sobre uno de los taburetes de madera altos como el mostrador a esperar que el borboteo del hervor cese para poder servirlo. Martinique se coloca el tanga negro con transparencias, el sujetador que lleva a juego y se enfunda en el vestido, extremadamente ceñidísimo, tapando tan solo la mitad de su cuerpo. El contraste del negro del minivestido con el blanco de sus piernas y escote difiere a la perfección. Limpia el vaho del espejo con la toalla que llevaba enrollada en el pelo. De su bolso extrae un pintalabios rojo pasión y se los pinta con sumo cuidado, con elegancia. Un poco de rímel en las pestañas para realzar el azul radiante de sus grandes ojos. Con su larga melena rubia, aún húmeda, se hace una trenza que le cuelga por el hombro derecho. El frío del suelo hace que acelere el paso desde el baño hasta la habitación. Ve que Isaac se ha despertado ya; imagina que está en la cocina. Recoge las medias que hay bajo la ropa del chico y se las coloca acariciándose las piernas. Se calza los zapatos negros con un talón de vértigo, recoge su bolso y va en busca de Isaac. El joven está tomándose el café mientras hojea el periódico del día anterior. Levanta la vista y ve a Martinique radiante, como la noche anterior. Él le sonría, ella le guiña un ojo y mira al derredor. -¿Lo tienes preparado? -¿Cuánto me dijiste, cariño? –preguntó el chico. -Toda la noche son 400€, cielo. –responde la chica. Isaac coge la cartera de la mesita bajera que hay entre el televisor y el gran sofá negro. Saca un billete de 500, se lo entrega y le da un beso en la frente. -Me lo he pasado genial. Eres divina. -Muchos me dicen lo mismo, pero debo reconocer que has sido cariñoso conmigo. -¿Volveremos a vernos? -Depende de tu bolsillo, ¿no crees? Isaac agachó la cabeza y se fijó en el poso que el café había dejado en el fondo de la taza. -Cierra la puerta cuando salgas. –le respondió cabizbajo. -¿Qué te ocurre, cielo? –pregunta Martinique extrañada. -¿No habrás pensado que contigo es diferente, no? -Pensé que… -guardó silencio. –Nada. Cuando tenga ganas de verte ya me pasaré por allí. Muchas gracias por tus servicios. -De nada mi amor. –dicho esto giró sobre sus talones y camino hacia la puerta. -¿Sabes? La chica se dio la vuelta con el pomo de la puerta en la mano y miró fijamente a los ojos de Isaac. Él la miró con los suyos vidriosos. -Si crees que pagando encontrarás a una chica decente pierdes el tiempo. –le lanzó un beso con la mano y, antes de cerrar la puerta añadió: -Espero tu llamada, cariño; porque sé que lo harás. Los tacones se escucharon hasta que llegaron a la planta inferior. Isaac volvió a coger el periódico, se sirvió otra taza de café y se sentó en el sofá. Y allí, frente al televisor, pasó el resto de la tarde del domingo; mirando películas románticas y esperando que Ana le llame de nuevo.
Hell. September 10 Cuentacuentos 18Se mordió los labios hasta que le sangraron los silencios y esperó pacientemente hasta que sus oídos consiguieron captar todos los ínfimos sonidos que el viento le acercaba. El oleaje brumoso estrellándose contra las rocas veinticinco metros bajo sus pies. El chillido de las gaviotas cerca del faro que gobierna este acantilado. El grave silbido del pesquero que anuncia su llegada a puerto. Incluso los pequeños granos de tierra que se mueven, rozándose entre sí, bajo sus zapatos. Todo estaba en calma.
Esperó a que su lacio pelo cambiara una vez más de balanceo a merced del aire. Que un nuevo olor fuera percibido dejando atrás el último recordado. Y esperó un poco más.
Cuando ya nada cambiaba, cuando todo era uniforme y unísono, decidió levantar un pié y avanzarlo al vacío.
Notaba como cambiaba de posición aligerando su peso al perder la gravedad del suelo. Podía sentir el aire frenando inútilmente su cuerpo y como ahora su pelo quedaba alisado hacia arriba.
Abrió los ojos para poder ver como se acercaba velozmente las rocas que quebraban el oleaje de ese mar oceánico tan querido desde niño y notaba como una leve sonrisa hacía que la piel de sus labios se tensara.
Cerró sus ojos de nuevo al oler la sal marina tan cerca. Esa sal que tanto escuece al penetrar por los desgarrones que las rocas le producen al haber rasgado brutalmente la piel. Esas rocas que han hecho resquebrajar sus huesos aún en el interior de su cuerpo. Notaba como el esternón se partía y las costillas agrietadas se le clavaban en los pulmones dejando insuflar un aire nuevo cargado de sangre. Las caderas se hacían añicos en contacto con una punta cortante y una nueva bocanada de aire fresco penetraba en su interior, en el mismo espacio que segundos antes descansaba su estómago y parte de los intestinos. No notaba ya dolor.
Esperó y volvió a respirar. Contó hasta tres y abrió una vez más los ojos –ahora inyectados en sangre-, y vio cómo el mar, su querido mar, se tornaba púrpura mientras sonreía. Ahora escuchaba las gaviotas, el pesquero, el oleaje del mar; hasta el silencio de su dolor que se iba apagando lentamente. Hell. September 03 Cuentacuentos 17-La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición. –dijo mirando al vacío, inmóvil. –tenía algo que muy pocas chicas poseían y quiso mostrármelo a mí de esta manera tan espectacular.
-Vamos a ver… -O’Connor estaba ya más que harto de escuchar tanta necedad. Habían pasado más de dos horas desde que consiguieron una orden penitenciaria para poder interrogarle. – ¿me estás diciendo que ella quería que lo hicieras?
-Está claro, ¿no? Me lo pedía cada noche que dormíamos juntos.
-¿Sabes lo que me costará intentar sacarte de aquí? ¡Estúpido!
El grito que profirió su abogado hizo que el alguacil abriera la mirilla de la puerta para ver lo que ocurría en la sala. O’Connor, uno de los mejores abogados del Este de California estaba de pié, dando tumbos por la pequeña sala blanca, iluminada por unos parpadeantes tubos fluorescentes que dotaban de un tono pálido la piel de la cara de Johny Richards. Hijo de un magnate del petróleo que estaba en trámites para ocupar el cargo de vicepresidente del partido conservador a pocas semanas de empezar a captar los votantes que necesita para poder ganar las próximas elecciones al senado. Algo que, tras el duro golpe que la familia ha recibido al tener a su hijo en la penitenciaría estatal a punto de ser juzgado y con la posibilidad (no muy remota) de que tenga que cruzar ese pasillo bautizado como “el corredor de la muerte”, no tiene tan seguro ahora. Al chico le encontraron restos de cocaína y otras sustancias psicotrópicas en el análisis que le hicieron justo después de ser arrestado conduciendo su Hummer a toda velocidad por la interestatal camino de alguna parte lejos del estado.
-¿Sabes que te la juegas a cruzar el corredor? –preguntó por enésima vez su abogado mientas tomaba asiento y cogía la botella de agua para refrescarse la garganta. –Esto no es uno de esos juegos de los que te librará papá con su dinero. Te juegas la vida muchacho. –encendió un cigarrillo y dejó el paquete cerca del preso para que se sirviera. –Cuéntame una vez más lo ocurrido, pero esta vez quiero oírlo todo, ¿de acuerdo?
Johny se encendió un cigarro y saboreó la calada mientras miraba cómo la punta de la brasa quemaba el papel convirtiéndolo en ceniza; como quedaría él después de ser incinerado tras su ejecución.
-Todo fue como siempre, al principio, claro. –calló de nuevo y observaba el cigarro cómo desprendía ese humo hacia su cara. –conocí a esa chica gracias a mi estatus social –como a muchas otras. –y quiso quedar conmigo para que la invitara a cenar, igual que lo quieren todas; pero eso chica tenía algo especial. Era tan guapa, tan suave, con esos ojos tan grandes y verdes…
-Sigue, por favor. No te vayas por otros caminos. ¡Al grano!
-El caso es que después de cenar fuimos a tomar unas copas al pub de Luiggi, cerca de la setenta y tres con road square. Allí unos amigos nos proporcionaron lo de siempre: algunas anfetaminas y algo de cocaína. No te extrañas de eso, ¿no Twety?.
-Martin, por favor. Llámame por mi nombre y continúa, ¿quieres?
-Pues eso. Que tomamos muchas copas y bailamos como posesos hasta que ella, visto que no conseguía nada para meterse, me insinuó de ir a casa. ¡Es que todas quieren lo mismo joder! –tras los gritos, cesó de hablar. Apagó el cigarro sobre la mesa y miró fijamente a su abogado.
-Sigue.
-El caso es que fuimos a casa a tomar la “última copa”, según ella; pero estaba más que visto que quería meterse de todo y gratis la muy zorra. Nos estiramos sobre la cama y dejé el gramo encima del espejo de la mesita junto una botella de Chardonay. No tardó nada en abalanzarse sobre la papelina mientras yo me metía en la boca las anfetaminas que Lucas me dio. Abrimos la botella de vino y ella le dio un gran trago dejándome ver sus fosas nasales inundadas del polvo blanco. El efecto no tardó mucho en subirnos a los dos y nos fuimos desnudando mientras reíamos. Empezamos a follar y ella me decía que parara para poder meterse una raya más. Eso me molestaba. ¿No ves para qué quería follar conmigo? Pues bien. Antes de llegar al orgasmo me gritaba que le gustaba muchísimo que estuviera dentro de ella. Cada vez más alto, más fuerte. “más adentro, mucho más” no cesaba de gritar y empujé todo lo que pude hasta que perdí el conocimiento.
-Entonces… -Martin se encendió un cigarro más antes de continuar. El silencio se hizo sepulcral. -¿no recuerdas en qué momento cogiste el espejo y se lo clavaste en el estómago? ¿Ni cuando abriste su brecha para intentar meter tu cabeza dentro mientras gritabas “¿así de adentro me quieres, puta?” y, claro, tampoco recordarás cómo Jeffrey, tu íntimo mayordomo, te metió en la bañera para limpiar tu cuerpo repleto de sangre para que no te inculparan, llevándose el cuerpo de Lisa a un descampado poco antes de ser interceptado por un coche patrulla, ¿no?
-¿Jeffrey? –dijo mirando al vacío. -¿Quién es Jeffrey?
Hell August 02 Cuentacuentos 14,15 y 16Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir. La luz del flexo le hacía sudar; también los nervios al no poder ver quién está al otro lado del haz, en la zona oscura. Tan sólo lograba definir unos finos y clásicos zapatos negros medio camuflados por unos finales de pantalones de buen tejido, de un azul oscuro brillante; rara vez vio algo semejante. Los segundos se pasaban eternamente lentos. La respiración entrecortada le servía de cronómetro. ¿Cuánto tiempo llevaba ya despierto? Sentía dolor en las sienes, pero no de algún golpe ni algo similar sino como si la noche antes hubiera estado bebiendo sin cesar. Debió haber entrado en el apartamento justo antes que él y le esperó a que le diera la espalda, despistado y sosegado como cada noche al dejar la comisaría y apartar el caso para el día siguiente –algo no tan normal en un agente como él. –seguramente lo habría atacado con un pañuelo impregnado en formol o alguna sustancia adormidera aplicándole también algún tipo de llave para inmovilizarlo, dejándole dolorido el hombro. Intenta ganar tiempo abriendo y cerrando los ojos simulando estar en trance mientras observa todos los ángulos que sus ojos le permiten ver sin apenas moverlos. Aparte de la silla a la que está atado con una gruesa soga (unos nudos muy bien hechos, por cierto), hay una mesa con algunos papeles bien colocados, una cartera, una porra, un sacacorchos bastante rudimentario y un teléfono móvil. Un regusto a sangre le viene al tragar saliva. ¿Se habrán divertido golpeándole mientras estaba drogadamente dormido? ¿Habrán? Piensa. Sólo ha escuchado una voz ronca, grave y con acento italiano. Se siente confundido. Es hora de despertar del trance y averiguar de quién se trata, qué es lo que quiere y, en el peor de los casos, si es posible salir vivo de aquella situación. -No hay mayor desprecio que no cumplir cuando se pide algo de buenas formas, -dijo esa voz, más cercana al norte, Piomonte, que a la legendaria Roma. –se te avisó una vez, dos veces y has hecho que se te pida una tercera y, posiblemente, última vez. -No sé de qué me hablas. –masculló el agente. –No sé quién eres, ni dónde estoy, ni el porqué de todo esto. El gemido que se escapó de la boca de Aarón fue, más que del simple golpe aplicado en el mentón, del dolor que su cabeza sufrió al estar aún aturdida por lo utilizado la noche que lo raptaron. Balbuceó algo irreconocible y un largo tirón de saliva comunicaba el labio inferior con la pechera de su camisa blanca de seda desgarrada y, ahora, sucia. -Te refresco la memoria. –comentó el sicario. –Has metido tu asquerosa nariz en la casa de mi jefe. Tuviste una mini-entrevista con él donde quedó claro que no tenía nada que ver con los asesinatos ocurridos en España y, menos aún, el más reciente aquí en Toulouse. El jefe es una persona socialmente reclamada para muchos eventos de los que tú, poli de poca monta y estando fuera de tu jurisdicción, no deberías entrometerte. Es una persona… Le escuchó en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado. Necesitaba prestarle mucha atención para que el agente supiera quién era ese matón. Su jefe era claro de quién se trataba: del intento de marqués que ocupa un castillo apoderado por una subasta y autoproclamándose con un título social que el dinero (de dudosa procedencia) hacía ostentarle. Su sexto sentido le predecía que alguien más se encontraba cerca; quizá al fondo de la zona oscura hubiera una puerta y alguien tras ella vigilando que nadie más molestara. ¿Dónde se encontraba? Pensó rápidamente el las habitudes de la mafia: podía tratarse del sótano o la despensa de un restaurante italiano. Un almacén de productos de importación. El propio castillo del falso “marqués” d’Angello o… ¿un matadero? El caso es que debía actuar y rápido. Recordó la técnica que le reveló un prestigioso escapista cuando estaba en una de sus primeras misiones que le condujeron a Rumanía. Allí, en el circo…
(continuación-03-08-'07)
Allí, en el circo, todo fue más tranquilo. Artrovik, ilusionista, mago del escape y un gran ladrón de guante blanco, le enseñó todos los trucos necesarios para que con un simple juego de muñecas y la sensibilidad (adquirida con el paso de los años) de las yemas de los dedos le resultara útil por si la situación requería ese servicio. Lo malo del caso es que la única luz que había en toda la habitación enfocaba directamente sobre él. Difícil momento para probar de escapar sin desviar la atención del gorila italiano que aún no había dejado de hablar lanzando, de vez en cuando, algún improperio en su lengua y regalando uno o dos puñetazos a la cabeza del agente que en esos momentos estaba tan inmerso en sus pensamientos que apenas echaba cuentas de los golpes recibidos. Aarón intentaba pensar, y lo más deprisa posible. Pensaba en él y en su situación, en cómo solucionarla, en dónde estaría el bueno de Hell en ese momento que tanto lo necesitaba; y hubiera seguido pensando si el teléfono no hubiera hecho cesar el monólogo que el mastodonte –el tamaño de los golpes lo confirman –estaba recitando y lo alcanzara estirando el brazo, dejando a la vista del maniatado agente la mano con un gran sello de oro impregnado de una sangre bastante familiar para él. El tipo colocó el móvil en su oreja aguantándolo con el hombro mientras se limpiaba las manos con, lo que la luz dejó ver en un momento, algo que parecía una toalla colgada de su cuello. Era un profesional en el tema, lo estaba comprobando en sus propias carnes. -Pronto, comme va? –la voz del grandullón parecía más temerosa ahora que lo escuchaba hablar en su lengua. –Ok! Aarón no logró interpretar nada de los sonidos escuchados al otro lado de la línea ni de lo que su captor (y torturador) había respondido tan escuetamente. Tiempo le dio, eso sí, de conseguir liberar sus pies de las ataduras poco fornidas que le habían aplicado. “Las vueltas se dan hacia dentro” –pensó mientras una burlona sonrisa se escapaba de la comisura de sus labios. El troglodita bien vestido lo había anudado al revés. Todo fallo es humano, incluso en la mafia… -¿Te ríes de algo en especial, capullo? –preguntó mientras volvían a temblarle las manos al tener que elegir qué hacía servir primero: o la porra o el sacacorchos. Mientras, el agente pensó lo mismo e intentó que hiciera servir lo segundo porque sabía que ese aparato era aplicado en las rodillas, perforando primero la rótula haciendo que ésta estalle al llegar al tramo más grueso del utensilio. Debía hacer que atacara sus piernas, ahora libres; pero sabía que también debería hacer que el golpe y la llave que le sigue fueran certeras. Sólo tendría una oportunidad para comprobarlo ya que continuaba con las manos atadas a los brazos de la silla. -¿Vamos a brindar por algo en especial? –musitó con cierto aire teatral. –Es que no veo las copas ni el vino, pero sí el sacacorchos para abrirlo. -Así que estamos de cachondeo, encima. –el tipo del traje azul oscuro brillante alzaba el aparato acercándoselo a la cara del agente hasta clavarle la punta en la nuez de la garganta. –Pues mira, ahora que lo dices. Podríamos brindar por tu regreso a tu casa. Lástima que brindaríamos por nada, porque sería algo imposible en la situación en la que estás. Así que tienes dos soluciones: o me cuentas (utilizando igualmente el utensilio con su rodilla) a qué habéis venido tú, y el capullo de tu socio, al castillo del señor o utilizo el sacacorchos para…sacarte el menisco de un estirón. -Justo cuando el matón está a punto de colocarse bajo la luz para ser observado, un ruido tosco y sordo se oye cerca de ellos. El italiano, extrañado, deja el aparato sobre la mesa para desaparecer en la oscuridad hasta que se escuchan unos golpes en algo metálico. “Bingo” se le dibujó al agente en la cabeza. Era el momento para intentar deshacerse de los nudos de las muñecas. -Bruno! Bruno! Cosa fatti??? –el silencio fue la respuesta al gorila. –Bruno! Comme va? -Va benne, –se escuchó al otro lado que una voz decía. – beníssimo! Apre la porta que porto un regalo! El ruido de un pasador duro, posiblemente muy oxidado, rechinaba al ceder a la fuerza bruta de ese hombre con piedras como manos. -C’è cosa? –fue lo único que logró pronunciar antes de balbucear algo al escuchar el “clic” de un resorte mecánico. La luz blanca de los fluorescentes inundó la sala haciendo cubrirse los ojos al agente que ha conseguido liberarse con sus propias manos, pero demasiado tarde. Cuando los ojos de Aarón consiguieron esclarecer las sombras y definir poco a poco lo que se encontraba ante sí, una sonrisa de alivio se le dibujó en su dolorida y magullada cara. El matón que le había golpeado –grande, con camiseta de tirantes, pantalones de pinza y una toalla al cuello; tal y como lo había imaginado- estaba de rodillas en el suelo con el cañón de una pistola metido en la boca. -¡Hell! ¿Has tardado esta vez, no? –dijo Aarón sonriendo. –Mira cómo me han dejado la cara y tú por ahí, de cachondeo. -No sé quién es esta gente realmente socio. –Hell golpeó al sicario en la sien con la culata del arma. Miró atentamente la pistola. –Se trata de una Beretta 92-S fabricada a partir de 1977 y a la que sólo tenían acceso las FF.AA. italianas y la policía del mismo país y si eso tiene algo que no me cuadra es que…es posible que estemos tratando con antiguos militares (mercenarios en su caso) o policías retirados del país de los tifosis. Debemos andar con mucho ojo e intentar salir de aquí; no pintamos nada ya. Desaparezcamos y ya intentaremos acercarnos a él de otro modo. Aarón ya había atado con sus cuerdas al matón que descansaba inconsciente en el suelo. -Debería meterle la porra en la boca y el sacacorchos por el… -Démonos prisa. –ordenó Hell saliendo veloz de la habitación. –Estamos cerca del Garona. Saltemos por la ventana más cercana y dejémonos llevar por la corriente hasta el centro de la ciudad, en la Daurade. En el caso de que nos vieran no creo que intenten hacer nada en ese lugar tan concurrido. –se detuvo en la ventana que había situada justo antes de la esquina que comunicaba un pasillo con el otro. –Venga socio, ¡Salta! -¡Cuidado Hell! ¡Detrás de ti! –gritó mientras se subía al marco del ventanal a punto de saltar al agua, no tan limpia y azul como muestran las postales que venden en los quioscos. Hell se giró con sólo escuchar el primer grito y eso hizo que viera el golpe que otro de los guardianes de d’Angello iba a asestarle con una gran porra metálica. Esquivó el golpe echando su cuerpo hacía atrás y basculando rápidamente para asestarle un buen directo y un gancho al mentón. KO en el primer asalto, como en los viejos tiempos. Pero la alegría de tumbarlo en dos golpes se desvaneció al escuchar a lo lejos el ruido de una docena de zapatos corriendo escaleras arriba. Se giró y observó a su compañero colgado de la cornisa con los pies apoyados en ningún lado. Se subió también al marco y saltó al mar lo más lejos que pudo. -¡Salta! ¡Ahora! –fue lo único que llegó a decir antes de zambullirse en el agua verdosa del tranquilo río. Apareció por la superficie justo cuando Aarón se dejaba caer, dándose algún que otro golpe en la pared inclinada del castillo; hundiéndose en el agua en el mismo momento que los italianos que se asomaban en la ventana apuntaban con sus pistolas lanzando injurias al aire. Hell sabía que no iban a disparar si no era un blanco asegurado; no se pueden arriesgar a armar un escándalo en un paraje tan tranquilo como ese. Los gendarmes no tardarían en aparecer y eso no les haría ninguna gracia, ni a unos ni a otros. Los dos agentes nadaron con tranquilidad, dejándose llevar por la corriente, río abajo y disfrutando del paisaje desde una perspectiva diferente. -Aarón, ¿esa no es la camisa de seda de Armani que te regaló Sofía para tu cumpleaños? -Ni nombrar a Sofía lo de la camisa, ¿de acuerdo? –lo miró frunciendo el ceño. -¿Por qué has tardado tanto en aparecer? -Ya te lo explicaré con más calma cenando esta noche, mientras… -sonrió a Aarón poniendo cara de circunstancia. -Mira que si se entera cómo tratas lo que te regala… June 20 Cuentacuentos 13Dedicado a todos los que formais Cuentacuentos y, especialmente, a los que me habéis sorprendido hace poco con vuestras palabras personales. Que sepais que está bajo un marco colgado allí donde pueda verlo a diario.
Muchas gracias!
Para Niobiña:
Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera, se pintaba anclas, estrellas y golondrinas imitando los tatuajes de los más intrépidos marineros. Siempre quiso ser un aventurero y cada atardecer se sentaba en el acantilado que había cerca del puerto para divisar los barcos que llegaban de alta mar. Desde lo alto se figuraba que era el puesto de vigía y miraba a través de un tubo de cartón que lucía como el mejor de los catalejos.
-¡Marc! –gritó su madre a lo lejos. – ¡Entra ya en casa que se está haciendo oscuro!
Pero Marc se quedaba allí esperando ver entrar el barco que traería a su padre de vuelta a casa.
Anna, su madre, se acercaba a él con unas mantas para cubrirlo de la humedad y del frío que en aquella época el invierno traía consigo. Lo arropaba y se sentaba a su lado cobijándolo bajo su brazo y mirando también al horizonte.
-Mamá, ¿cuándo volverá papá?
La madre miraba a su retoño, le acariciaba el pelo y lo apretaba contra su cuerpo. Se quedaban en silencio y lo único que quebraba esa monotonía era el chillido de las gaviotas volteando a los barcos, esperando que desecharan el pescado sobrante para darse un buen festín.
-Venga Marc, vamos, que la hierba empieza a humedecerse y nos va a coger frío.
Se había hecho oscuro y sólo la luz de la luna les indicaba el camino y los destellos intermitentes del faro hacían que las sombras de los árboles se movieran de un lado a otro. El niño blandía su espada en contra de esas sobras juguetonas intentando proteger a la madre del peligro de los malvados piratas negros del barco del bosque y ella le sonreía agradeciéndole su valentía hasta llegar al porche de la casa; allí el niño se sentía más seguro. La madre también.
-¿Cuántas veces te he dicho que no te pintes los brazos Marc? –le gritaba su madre mientras intentaba arrancar con una esponja dura los dibujos de las golondrinas. - ¡Te he dicho mil veces que no te hagas esos dibujos! -Pero mamá… -¡No hay peros, Marc! –insistía en frotar. –No me gustan esos pájaros ni me gusta que te pintes el cuerpo como un vulgar marinero, ¿de acuerdo?
El niño, refunfuñando y con los brazos escaldados del rozamiento de la piedra, subió a su habitación y se escondió bajo las mantas de su cama escondiendo su espada de madera bajo la almohada y su catalejo de cartón bajo la cama.
Esa noche el niño no podía dormir y se quedaba inmóvil observando la luna desde la ventana que había en el techo de la habitación pensando que estaba en el camarote de un gran y precioso barco que surcaba el océano y le conduciría hasta donde se encuentra su padre. Lo imaginaba, un valiente pirata, viviendo en una isla tropical, en una casa de madera construida por él mismo en lo alto de un árbol y que se podía descender por una liana que llegaba hasta el suelo. Que podría estar sentado en una mecedora mientras su padre le explicaba mil aventuras inimaginables: cuando eran perseguidos por los marineros asiáticos esquivando lanzas y flechas o cuando atracaron el barco español que transportaba cofres llenos de monedas de oro que llevaban desde América del sur hasta la costa española.
La mañana siguiente Marc despertó sobresaltado, era tarde ya. Corrió al baño a ducharse y, aún somnoliento, dejaba que la caliente ducha acabara de despertarle. Cogió la toalla que tenía más a mano y se colocó frente al espejo mientras observaba lentamente su cuerpo que secaba con delicadeza. Allí permaneció desnudo observando las golondrinas que llevaba tatuadas a ambos lados de la estrella marinera, bajo su ombligo. Pasaba los dedos por encima. Se acariciaba el estómago paseándose por las anclas que tenía a cada lado del cuerpo y se detenía al llegar al barco de su pecho donde las caras de su padre y de su madre descansaban sobre las velas que figuraban ondear a merced del viento. Sobre ese barco llevaba tatuado una leyenda y al leer esas palabras las fuerzas le flaqueaban y no podía impedir que unas lágrimas se escaparan de sus ojos vidriosos.
Mientras se colocaba la camiseta de rayas rojas y negras iba mirando sus brazos tatuados. Cada uno tiene su historia y representan épocas de su vida, su triste vida. Ninguno de ellos tiene color. Solo tinta negra para describir bajo su piel lo vivido desde aquellos días en que el niño, intrépido pirata soñador, crecía al lado de una madre que perdió a su esposo en alta mar. Y continuó su vida cuando esa madre le abandonó el día que saltó desde el imaginado puesto de vigía esperando caer entre los brazos de su amado.
Hell. April 19 Cuentacuentos 12 (Iª parte)Nunca he sabido hacer el equipaje aunque poco me importaba esta vez porque esperaba que este viaje fuera corto y, aunque con miedo, esperaba también que acabara bien.
Siguiendo las indicaciones que el mapa del viejo me mostraba me adentré por unos caminos extraños donde parecía que los árboles me observaran. Cada vez que escuchaba un ruido tras de mí me giraba, espada en alto, atemorizado, esperando que algo me atacara por la espalda. Pero nada, simplemente veía que el camino que ya había recorrido se esfumaba camuflándose entre arbustos y ramas, juraría que antes no estaban allí; pero ya me lo empiezo a creer todo.
Algo se mueve unos metros más allá y corro a ver qué es. Una pequeña luz se oculta entre las hojas y esas risas toman de nuevo el silencio del bosque.
-¿Quién anda ahí? –grité cogiendo empuñando con fuerza la pesada espada. -¿Por qué te ríes de mí? ¿Por qué te escondes?
La luz abandona se escondite y se desplaza rápidamente entre las ramas, perdiéndose entre la maleza. Corro en su búsqueda sorteando ramas y troncos que hay por el suelo intentando no tropezar. Al rato me detengo. No sé donde me encuentro (antes tampoco lo sabía). Respiro hondo para coger algo de aliento, apoyo la punta de la espada en el suelo y me arrodillo para descansar un momento.
Todo en silencio. Cierro los ojos para poder concentrarme en lo que hay a mi alrededor y un suave chipoteo de agua penetra por mis oídos. Abro el mapa y lo extiendo en el suelo. Lo observo con detenimiento. Intento averiguar dónde me encuentro y veo el río que debo encontrar. En su mitad hay el puente con la cruz colgante y poco más arriba el pozo negro donde desembocan sus aguas. Algo llama mi atención: el mago me dijo que el agua era engullida por el pozo pero ese pozo se encuentra en la parte más alta del río. Por un momento pensé que había puesto el mapa del revés pero la rosa de los vientos que había dibujada en una de las esquinas indicaba que la tramontana estaba bien colocada, hacia el norte; aunque aquí no sé si el norte es nuestro norte o el de este mundo extraño… Guardo el mapa y tomo mi ruta guiándome por el sonido del agua hasta notarlo cerca, muy cerca. Me abro paso entre unos altos arbustos y allí se encontraba el río resguardado por los dólmenes que vi en la carta de piedra. Era maravilloso. Dos hileras de interminables monumentos de piedra lisos, grisáceos, colindaban las orillas y subían hasta el puente que veía a lo lejos.
Caminé por un sendero paralelo a las piedras durante mucho rato. De vez en cuando escuchaba esas risas que me tenían en vilo. Observaba una luz fugaz pasearse de dolmen en dolmen y dejé de prestarle tanta atención, ya averiguaré de que se trata más tarde .antes debo llegar al puente que cada vez se encontraba más cerca de mí.
La cuesta se hacía pesada y esa espada no me ayudaba demasiado a avanzar con fluidez. Me estaba cansando y paré a pocos metros del puente. Me senté y lo observé detenidamente.
-Debes tener cuidado Manel.
Una voz cerca de mi oreja me asustó y me eché hacia atrás con pies y manos dejando abandonada la espada lejos de mí.
-No te asustes de mí, por favor.
Giré la cabeza lentamente hacia el lado donde escuchaba la voz y un pequeño ser se encontraba aposentado sobre mi hombro izquierdo. Una minúscula chica semidesnuda con alas estaba allí sentada de piernas cruzadas. Sonreía y dejaba escapar esa sonrisa que llevaba escuchando mucho rato antes. La miré a los ojos y me recordó a…
-¿Covi? –le dije sonriendo. -¿Eres tú?
-Soy…el alma de tu amada. Soy su interior, su corazón, sus sentimientos. Sé que vienes para acabar con el hechizo y devolverle, devolverme, a nuestro estado mortal. Veo lo que estás haciendo por ella y eso te será recompensado cuando hayas acabado con tu cometido, guerrero, así que te ayudaré en todo lo que pueda; al menos en esta prueba.
-¿Qué puedes explicarme de lo que me depara este puente?
-En el centro del puente se encuentra el cuélebre. Es un ser parecido a una serpiente con alas de murciélago. Él guarda un secreto que sólo una persona, hace muchos, muchos años, consiguió descubrir. No sé cual es ese secreto, pero si el mago imberbe te mandó hasta aquí es que tú sabrás como resolverlo o…
-¿O qué, querida hada?
-¡O morir en el intento! –gritó mientras agachaba la cabeza con tristeza. –la única manera de derrotarlo es atacándole en el centro de su garganta, pero no te será fácil; he visto perecer a muchos por probarlo.
-Lo intentaré por ella. ¡Aunque me deje la vida en ello!
Me puse en pié y agarré la espada con todas mis fuerzas encaminándome hacia ese puente maldito a tentar mi suerte. Miré atrás para despedirme del hada y, en pensamiento, de mi amada. Mi corazón late fuertemente 3 veces de nuevo. April 14 Prólogo a Cuentacuentos 12Astur (la leyenda) A Covi
Despierto en un suelo recubierto de hojas caídas de los árboles que me rodean. No noto el frío del suelo, pero sí consigo percibir el aroma a mojado verde de la hierba que se esconde bajo el manto de hojarasca. Me encuentro solo, somnoliento, sin llegar a vislumbrar qué hay al final de cualquiera de los caminos que parten del cruce en el que estoy estirado. La niebla oculta esos finales dejándome encerrado en una burbuja de ramas, hojas, árboles y olores.
Al ponerme en pie veo que el colchón sobre el que reposaba desaparece transformándose en más hojas sobre las que pisar. Miro a mi alrededor para intentar descubrir dónde me encuentro, pero nada más que un bosque es lo que veo. Oscuro, húmedo, siniestro. El ruido del viento a través de las ramas me trae sonidos de tímidas risas, pero no hay nadie más allí conmigo.
Observo que a mi izquierda hay dos árboles que difieren al resto. Rojizos y arqueados, dan la impresión de hacer las veces de puertas, pero sin estas. Me acerco a ellos para tantearlos y su tacto es suave y blando. Desprenden un olor que me resulta familiar; huelen a sueño, a amor, a alguien cercano, pero no consigo recordar con claridad.
La entrada del camino que gobiernan con recelo estos dos árboles es estrecha y larga; tanto como el camino en sí al adentrarse en la niebla. Las hojas que cubren su suelo tienden a parecer más amarillas que el resto de lo que veo. Ando hacia su interior y dejo de escuchar el crepitar de las ramas, la sequedad de las hojas enmudece y ya tan sólo escucho esas risas según avanzo. La niebla retrocede a mi paso también, me teme, pero no hay que tener miedo si no hay nada más.
Cuanto más ando más pronto desaparece el espesor de la neblina dejándome ver que el camino se acaba en un claro en mitad de la nada. Allí hay una mesa de piedra natural iluminada por un rayo solar que atraviesa milagrosamente la entramada telaraña de ramas y hojas de los frondosos árboles que rodean esa estancia. Sobre la mesa se encuentran tres placas finas de piedra del tamaño de un naipe, volteadas boca abajo. En el reverso puedo observar un dibujo grabado con precisión: un bonito y ornamentado trébol de cuatro hojas rodeado de motivos celtas perfectamente esculpidos. Dos jarras de piedra, con líquido en su interior, atienden a ambos lados de las cartas y, tras la mesa, esperando a que me siente, alguien escondido bajo una túnica púrpura recubierto con un gran capuchón tapándole la cara.
-Te estaba esperando. –dice el oculto personaje. -¿Qué hago aquí? ¿Quién es usted? –pregunté asustado. -No temas, Manel. Me llamo Argorn, soy el maestro de los Ventolines, remolinos representados como niños con cara de bebé portadores de mensajes de poetas enamorados. -Pero, ¿dónde me encuentro? -Estás en un bosque mágico cercano al lago Enol. –dice el mago maestre. –Un bosque que tan sólo los deseados pueden llegar a ver, invisible al resto de mortales. -¿Y por qué estoy aquí? -Eso es algo que deberías ya saber, ya que has sido tú quien ha querido venir hasta mí. -No entiendo. –murmuré extrañado. –Lo último que recuerdo es que estaba en casa conciliando el sueño cuando… -Cuando deseaste saber qué es lo que te pedía tu corazón antes de dormir. ¿Recuerdas?
Intentaba recordar qué es lo que pensaba antes de caer dormido. Qué era eso que merodeaba por mi cabeza antes de rendirme a los pies de Morfeo, despertando en este bosque, en este sueño tan extraño.
El enigmático personaje cogió una de las jarras y la acercó a mi mano haciéndome el gesto que la agarrara.
-Toma, bebe. –me dijo. –A ver si esto te hace recordar.
Olisqueé el brebaje y un aroma a mujer sucumbió en mis sentidos. Lo probé mojándome el paladar y el gusto de un sabor sutil, suave, dulce de esa sidra me recordó el gusto de unos labios que había probado anteriormente. Mi corazón latió fuertemente tres veces, luego volvió a la normalidad.
El maestro descubrió ligeramente su rostro para mostrarme sus ojos vacíos. Tenía la piel tersa y lisa; era como un bebé de avanzada edad, imberbe. Su sonrisa pálida como su piel me invitó a la cordialidad.
Me acercó la segunda jarra para que probara. El gusto del vino blanco que contenía me hizo recordar el aroma del cuerpo de la misma persona de la que probé aquellos labios y que me mostró la primera de las jarras.
-¿No te dice nada estos sabores? –preguntó el envejecido niño. -Claro que me recuerda. –contesté. –Pero estoy confuso. Esto es demasiado extraño para mí y no sé qué es lo que me quiere mostrar con todo ello. -Mira, Manel, conociste a una chica que para ti es muy especial. Pero para nosotros también es muy especial. Es alguien nacida en estas tierras durante el equinoccio de verano. Las más bellas chicas recién nacidas en ese tiempo son poseedoras de una magia regalada por la musa de los bosques. Por lo tanto ellas son convertidas en ayalgas. Tu amada es una de ellas pero te lo tiene escondido. La forma para poder acabar con su hechizo y hacerla humana es acabando con el mal que se apodera de su alma.
-¿Me estás diciendo que estoy enamorado de una bruja?
-No es una bruja, es una hada y, como tal, es un ser maravilloso y de belleza y nobleza extraordinarias. Pero no puede permanecer contigo mientras no consigas hacerla volver a su vida humana.
-¿Cómo puedo conseguirlo?
El imberbe personaje me muestra las tres cartas volteadas sobre la mesa. Me da a elegir una de ellas y escojo la que se encuentra en el medio. Al girarla pude ver el grabado de un río rodeado de dólmenes, un puente de piedra con una gran cruz colgando en su centro. Un hombre, parecido a un guerrero, se encuentra sobre la cruz empuñando una espada y mirando hacia el agua.
-Las cartas hablan –dice el mago. –sobre el poder de la leyenda de Astur, el primer mortal que consiguió volver a la vida real a una ayalga. Dicha leyenda cuenta que debió pasar tres pruebas tan extraordinarias que las gentes de los poblados anexos no creyeron su historia. Los magos del lugar hicieron constar, a través de las piedras, las hazañas que el guerrero hizo para liberar su amada. Esta es la primera de las pruebas, Manel. Debes partir hacia el río que vierte sus aguas al pozo oscuro. Solo la sangre impura detendrá el flujo el tiempo suficiente para conseguir obtener la primera de las soluciones. No puedo contarte más. A partir de ahora –continúa mientras saca un viejo mapa. –debes partir guiándote por tus sentidos y por las indicaciones que este viejo mapa de las tierras verdes te muestra.
Miré al curioso personaje mientras cogía el mapa y lo guardaba en el sayo que me entregó. Sobre la mesa aparecieron una pequeña bolsa de cuero cerrada con cuerdas y una gran espada. Su empuñadura, laboriosamente trabajada, mostraba algunos grabados de animales, dejando que una cabeza de cuervo la gobernara al final.
Me despedí del mago y lo dejé atrás adentrándome por el mismo camino de hojarasca amarilla por el que había entrado al lugar. Al girarme para verlo por última vez había desaparecido ya. Tomé la decisión de cumplir con el cometido. No había vuelta atrás. March 18 Juego de la semanaAl juego propuesto por Klover:
Podría hablar sobre cualquier letra del abecedario. Todas ellas tienen algo que contar. En un principio iba a hacerlo sobre nuestra querida Ñ. Pero los acontecimientos que me han ido ocurriendo me hacen escribir sobre una letra con bastante ironía.
Desde que estoy en esta comunidad virtual (ahora ya un poco más real) intento moverme para iros conociendo. Estuve en Madrid para conocer a gente formidable y en Galiza para encontrarme con 2 chicas (incluido novio) igual de geniales. Han sido encuentros satisfactorios que me han llenado de alegría, y eso todos lo sabéis. Me he animado más veces a moverme para encontrarme de nuevo a esas personas del kilómetro cero, entre otras, con muchas ganas.
Soy una persona que nunca he creído en la suerte ni en las casualidades. Que me gusta encontrar la lógica en todo lo que me rodea. Soy más científico que teológico. Todo tiene un porqué explicable, al menos, eso era lo que pensaba hasta esta tarde que me he sentado a escribir sobre el juego que Klover propone y he reflexionado en lo acaecido en mis tres últimos intentos por viajar de nuevo a la capital central. Bueno…en los tres últimos intentos fallidos y en el primero que se hizo con los Cuentacuentos que conocí en el debut de mi andadura. Por eso quiero pasar a explicar lo que significa para mí la letra M, repito, irónicamente hablando. Espero que una persona muy especial que hay por tierras de conxuros no se lo tome a mal. (nena…mil besitos para ti, sabes que me lo tomo todo a broma).
M es la letra escogida para designar las tres palabras que me vienen a la cabeza:
-Maleficio.
-Mala Suerte.
-Muerte.
Empecemos…
Mi primer viaje a Madrid, para el primer encuentro, fue todo genial hasta que, al volver a mi hogar, una llamada telefónica me anuncia la Muerte de un amigo en Moto. Primer revés. Aunque este sólo se lo conté a una persona de vosotros.
La segunda vez que viajé, volé a tierras Meigas donde, con mucho cariño, fui recibido por las personas que allí fui a visitar dándome una de ellas un paquete azul para ser entregado en mi próximo viaje a Madrid. Al volver de ese viaje todo marchó de maravilla.
Mi tercer movimiento hubiera sido la segunda vez que quería ir a Madrid a visitar a ciertas personas que ocupan un lugar muy preciso dentro de mi pecho, pero la Muerte llamó de nuevo haciéndome saber que otro amigo se había Muerto, más bien Matado. Duro golpe del que se sabe reponer uno gracias a personas como vosotros que me apoyasteis con animosas palabras. Por eso os doy mil gracias o más, si caben.
El tercer intento para volver a Madrid, cuarto viaje, fue hace una semana. La Mala suerte (o mejor dicho Mala Manipulación de un Memo) ocasionó la explosión de dos maquinarias que, de haber ocurrido cinco minutos antes, posiblemente estaría escribiendo esto ahora desde el hospital clínico. Lo de no estar allí no lo ataño a la suerte o Mala suerte, si no al complejo espacio/tiempo/momento.
Por último, y ya la quinta vez que iba a moverme, cuarto intento, fue ayer noche. Tuve que asistir a un aniversario del que intenté escabullirme, pero no fue posible. Así que decidí coger el coche después de la celebración para reunirme de nuevo con vosotros esta mañana y así pasar un día genial en Madrid, aprovechando que mañana tengo fiesta en el trabajo. No habiendo salido aún de mi querida Catalunya, con ese cuerpo especial de Mossos de Esquadra (llamados aquí “cariñosamente” Gossos de Quadra “perros de cuadra”) fui parado en la provincia de Lleida por un “control rutinario de alcoholemia”. Perfecto. No bebí apenas en la cena, quizá un par de medios vasos de rioja, muchas horas antes. Muy gentilmente y hablando en mi lengua paterna me hicieron soplar por un tubito que hacía años que no veía. Parece ser que mi organismo no consumió en su debido tiempo los restos etílicos de la bebida dando algo mísero por encima del límite permitido. Haciendo así la vista gorda me permitieron descansar diez minutos para retomar el control, comprobar que lo que les decía era cierto y esperando que me bajara considerablemente la graduación en el segundo intento pero, mientras tanto, me pidieron la documentación. Todo estaba en regla, a simple vista. Al pedirme el seguro, les enseñé el recibo del banco conforme me habían cobrado el montante pedido y allí se refleja tanto el número de póliza como marca y matrícula de mi coche. Pero no disponía de la carta verde reglamentaria porque no la había recibido aún, a día de hoy. Así que dije un par de palabras al cielo mientras lanzaba mi gorra en el interior del coche y dejando al descubierto la cresta que llevo en la cabeza, tonto de mí, dejando a los agentes con la duda de: ¿será o no un buen chico? Ante dicha duda me hicieron soplar otra vez para comprobar que me bajaba el efecto, y así fue. Lo que no les debió gustar mucho lo del seguro, lo de la cresta o lo que la Maldita maquinita les mostró que me hicieron quedarme en el coche, bien aparcado, a descansar. Tanto fue así que me quedé dormido, no antes sin avisar a ciertas personas de lo ocurrido con un escueto mensaje…justo antes de quedarme sin batería en el móvil. Claro…como no tengo cargador de coche…pues nada. Allí me encuentro durmiendo en mi coche sin poder conducir, sin poder comunicarme pero, gracias a la gentileza de mis “queridos” agentes de la ley y el orden catalán, no fui Multado. Me he levantado esta tarde a las tres. Cuando miré el reloj de mi coche no podía creerlo. Fue entonces cuando empecé a pensar qué hacer. Di media vuelta y volví a casa. Una ducha tranquila mientras el móvil se iba recargando, algo de comida que echar al estómago y sentarme aquí a escribir esto antes de conectar nada y tener que decir a todos lo mismo. Así que aquí queda expuesto.
Me planteo qué carajo llevara ese paquete que guardo con tanto recelo a la espera de entregar a su receptor. ¿Llevará algún Maleficio que me otorgue esa Mala Suerte? ¿Tendrá algo que ver Madrid con la Muerte de personas allegadas a mí? ¿Seré yo mismo que atraigo todo lo Malo por temporadas?
Mañana mismo iré a entrenar de nuevo a ver si, con un poquito más de Mala Suerte, me dejan el otro ojo negro.
Por si acaso, y haciendo ya un acopio de ironía, continuad llamándome Hell(raiser) no vaya a ser que tanta M de Mala Suerte contagie la magia de mi nombre.
Un beso a todo el mundo. Y no os preocupéis que en semana santa lo intento de nuevo (quizá sea el último intento que me permita hacer, sea quien sea…)
Hell.
March 13 Cuentacuentos 11/2(continúa de la entrada anterior)
-Jérôme d’Anjou maestro. –dice el chico a su espalda. -¿Y sabe una cosa?
-Dime joven. –contestó el anciano sonriendo alucinado. –Me has dado una grata sorpresa, ¿sabes?
-Lo sabía señor Choulet. –mientras le devolvía la pequeña copa vacía prosiguió. –Es por eso que no me gustaría que acabase con ese personaje. Un conocido me comentó sobre su existencia y sus relatos, haciendo hincapié en su personaje más celebre, el que lleva mi nombre.
-Mira, Jérôme, imagino la felicidad que te causa toda esta casualidad, pero debes comprenderme, en serio, tengo que acabar ya con todo esto.
-Si yo le entiendo, maestro, ¿pero no hay ninguna posibilidad de continuar con su obra? ¿Qué ese personaje siga sucumbiendo las noches de los jueves en ese local donde tanto le aprecian?
El viejo rodea la mesa de caoba mirando todas sus estanterías. Corre las cortinas ocultando la luna y tapando así un poco más el frío que se cuela por esas viejas y, ya levemente, desencajadas ventanas. Se acerca al fuego para remover las pocas brasas que lucen bajo la alfombra de ceniza. Callado, observa el rojo incandescente, divagando algo por su mente. El joven le observa e intenta imaginar qué es lo que estará pensando el gran maestro. Arnaud se gira, mira a los ojos del chico y vuelve a fijarse en las ascuas brillantes. Se arrodilla indeciso intentando aclarar las mil posibilidades que le vienen a hacer frente a las peticiones del joven. Sopesa cualquier motivo para tirar adelante con su obra y, al fin, se pone en pié y coge al chico por el hombro mirándole aún más fijamente a los ojos.
-Vamos a la mesa. Elige la butaca más cómoda para descansar. Tenemos una larga noche entre manos.
Jérôme, sonriente, hace caso al maestro sentándose en la más cercana a la lumbre, pudiendo así observar toda la librería que cubre la sala. El anciano se pasea por los diferentes estantes que cubren la pared oeste de la sala buscando algo con decisión. Saca algunos libros de las estanterías que, a primera vista, parecen ser escogidos al azar; pero el viejo sabe lo que hace y lo que quiere mostrarle.
Se acerca a la mesa con diferentes libros dejándolos frente al chaval para que los vaya ojeando y se dirige a llenar de nuevo las dos copitas con ese licor predilecto a su paladar.
-Toma, Jérôme, aparte de calmar el alma te ayuda a deshacerte del frío. –dice sonriendo con los mofletes sonrojados. –No pienses por esto que soy asiduo a la bebida.
El chico ríe con vergüenza agradeciéndole la invitación. Repasa los libros uno a uno. Mira las portadas, repasa la textura, hojea frente a su nariz para percibir esa sensación de antigua sabiduría. Arnaud, sentado en la butaca de enfrente, observa al joven como disfruta de ello. Pero un bloc de notas negro llama la atención del muchacho.
-¿Puedo, señor Choulet? –pregunta mostrando que quiere mirar en su interior.
-Claro muchacho. –asiente el anciano. –Si te lo he mostrado es para que lo veas.
El chico lo abre con sumo cuidado viendo que se trata de un cuaderno repleto de recortes de periódicos antiguos muy bien encolados. Todos tratan sobre asesinatos pasados hace unos cuarenta años. El crepitar de la madera que ha prendido es lo único que mancha el silencio de la sala. El chico queda atónito al ver que al menos treinta muertes salen registradas en los recortes. Todas ordenadas cronológicamente y con un único autor.
-Maestro Choulet… -vacila el chico. -¿Qué quiere decirme con esto?
-Solo quiero mostrarte lo fácil que es escribir historias de asesinatos. Simplemente debes investigar y observar lo que se mueve a tu alrededor. Seguro que de ahí consigues sacar una historia.
Los ojos del chico se clavan en el nombre del asesino que aparece en los artículos.
-Pero…pero… -balbucea. –Si Jérôme d’Anjou, el mismo que lleva el nombre de su personaje, ¡existió de verdad!
El chico continúa pasando páginas y más páginas exhorto en lo que ve. Todos los asesinatos acaecidos son los que dan nombre a las obras del viejo maestro y mayor es la sorpresa cuando, al llegar a la última página, descubre la foto del criminal apresado por la policía. El pulso se le acelera tiembla, se acalora, suda. Mira los ojos del viejo y ve reflejado en ellos la misma mirada apacible que el hombre de la fotografía.
-Como ves, pequeño –explica el viejo. –Jérôme d’Anjou existió realmente. Cometió treinta asesinatos, sí; y es por eso que pasó veinte años recluido en el penitenciario de Muret, cerca de Toulouse. Allí no fue muy bien recibido y tuvieron que separarlo del resto de presos comunes. Encerrado en una celda aislada, los años le pasaban factura a su cuerpo, pero no a su mente. Gracias al buen comportamiento y a las ayudas que prestaba en el centro consiguió que una serie de favores le fueran otorgados. Así consiguió algo de lectura para no pensar en el tiempo que pasaba sentado o estirado en aquella dura cama sin nada más que hacer. Se aficionó a las historias de intriga y policíacas e imaginó en escribir sus propias hazañas criminales. Rogó que se le fuera concedida una vieja máquina de escribir y un paquete de folios. Así empezó su andadura como escritor creando un personaje. Más que creando…siendo él mismo el protagonista.
El joven no sabía que decir, quedó paralizado. No se podía creer que la persona que tenía delante, ese hombre viejo, querido, admirado y tan tristemente apagado, fuera un asesino en serie. El calor de su cuerpo fue en aumento.
-Hace demasiado calor aquí, maestro. –murmuró el joven. –Y lo que me está explicando me está poniendo muy nervioso, ¿sabe?
-No temas chico. –contestó el escritor. –De eso hace ya quince años. No te levantes. Permite que sea yo quien airee un poco la habitación.
El anciano abrió la doble puerta de la sala y tapó el fuego a tierra con una plancha hecha para tal efecto. Dándole la espalda al muchacho, éste intentó levantarse de la silla pero algo se lo impidió. Pensó que eran los nervios y respiro hondamente para intentar relajarse, hacer que su corazón dejara de latir tan fuerte.
-¿Mejor así? –preguntó el anciano Choulet. –Continúo con la historia. El caso es que los libros de Jérôme no serían bien recibidos en sociedad, así que decidió buscarse un apodo o, en este caso, cambiar el nombre para no levantar sospecha en sus libros.
-Y eligió llamarse Arnaud Choulet, ¿no, maestro… d’Anjou?
-Exacto pequeño.
-¿Y por qué desea ahora acabar con su personaje? Porque…en tal caso…debería acabar usted consigo mismo, ¿no?
-Ese era mi propósito: acabar con el personaje. Pero siempre he escrito historias basadas en hechos reales. Mi intención era escribir este último relato para el jueves que viene y acabar con el personaje para siempre, pero algo descubrí que no me sería posible hacerlo si dejaba algún resquicio de él vivo.
-¡Explíquese, por favor! –gritó el chico muy nervioso, demasiado acalorado.
-He hecho que escucharas mi conversación con el camarero porque sabía que tú no estarías de acuerdo con el final de esta obra y buscarías explicaciones. Sabía que no te haría ninguna gracia y que vendrías a decírmelo enfadado. Lo llevas en la sangre.
-¿Cómo?
-Si la memoria no me falla debes tener ahora casi treinta y seis años, más o menos. Me apartaron de tu madre para encarcelarme y ella me juró que nunca te hablaría de mí, para no deshonrarte. Pero la sangre llama a la sangre, ¿no, Jérôme? Tu madre me amaba con locura y solo por eso dejó en ti parte de mí: mi nombre y mi sangre.
El chico emblanquecía con cada palabra que el anciano pronunciaba. La cara empapada en sudor frío y el tembleque de las manos hacía tintinear sus dedos sobre la madera. Un nudo en su garganta no dejaba escapar vocablo alguno. Sólo conseguía mantener su vista de odio y temor fijada en el que, ahora, sabía que era su padre.
-Es por eso –continúo el viejo. –que quería que conocieras la verdad de todo esto y el porqué te he traído hasta aquí. Como bien has dicho, necesito matar una vez más pero esta vez la víctima sería el propio personaje. Antes te he comentado que no puedo escribir sobre un asesinato si este no se ha llevado a cabo, pero si me mato a mí mismo nadie podría publicar esta última historia. Así que es por eso mismo por lo que estás paralizado en esa butaca, sudando, sintiendo escalofríos. Notando como el corazón deja de latir lentamente mientras pierdes de vista el mundo sabiendo la verdad y llevándola contigo, dejándome acabar con la historia, el personaje y el asesino en un mismo momento. Es un veneno lento, pero eficaz. En este momento ya no puedes mover las manos, ni la boca; ni siquiera dejar de fijar la mirada en mí. Y ahí te dejaré hasta que tu sangre deje de circular y que la última imagen que quede plasmada en tu retina sea la de tu asesino. Hell. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. March 11 Cuentacuentos 11“…la última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino”.
El viejo cerró el libro acariciando con dulzura su lomo. Cerraba los ojos y enseñaba una tímida sonrisa que dejaba ver entre su blanca barba. Asentía levemente con la cabeza, como si rezara en silencio, señalando con su puntiaguda nariz hacia el techo y cogiendo el libro con las dos manos contra su pecho.
-¿Veis chicos? –prosiguió abriendo exageradamente los ojos. –Este es el tipo de crímenes que marcó la vida de Jérôme d’Anjou.
Las personas que ocupaban aquella tarde la sala quedaron estupefactas al escuchar al viejo Arnaud narrar otra de sus historias. Otro jueves más, el anciano Cuentacuentos deleitó a los asistentes explicando las desventuras de su personaje. La gente le agradecía con alabanzas las clases recibidas dándole la mano o abrazándolo con cariño.
-¿Nos veremos el jueves que viene, maestro Arnaud? –preguntó María, una de las más antiguas asistentes a sus lecturas.
-Querida María…-dijo el viejo acariciando la cara de la chica con su huesuda mano y mirándola con sus brillantes ojos. -¿Sabes cuántos años hace que vengo por aquí?
-Muchos, maestro.
-Por favor, no me llames maestro. –le replicó sonriendo. –Exactamente quince años. Y durante ese tiempo sólo la enfermedad ha impedido, puntualmente, que pasara este mágico momento con todos vosotros.
-Entonces nos tendrá aquí, esperando otra historia con la que dejar volar la imaginación y hacer florecer nuestro miedo más oculto…maestro. –acabó por decir la joven guiñándole el ojo.
Arnaud volvió a sonreír mientras la chica se despedía con la mano, ya lejos. La gente que se agolpaba a la tarima se levantó para dejar un pasillo por donde el viejo desfilaría camino de la barra para pedir su habitual vasito de ron añejo. Sentado sobre el taburete y con el licor ya esperándole, dejó a un lado su libro de relatos y apoyó los codos sobre la barra de mármol. La mirada distraída a través del cristal observando el líquido marrón esperando que alguna imagen se viera en él.
-Otra noche virtuosa, monsieur Choulet. –comentó el camarero mientras secaba los vasos enjuagados. –Siempre deja a los oyentes bien contentos. Tiene usted el don de crear un ambiente de tensión en toda la sala.
-Antoine… -dijo con voz triste y cara de cansancio. –Sé que esto ya no va a durar mucho, pero no digas nada.
-No le entiendo amigo.
-Estoy ya muy viejo; tanto como mi personaje Jérôme. –acarició el libro con tristeza. –Son ya muchos años con este niño malo y mi cabeza ya no es la de antes. Noto que he perdido la pasión por la escritura. Las ideas ya no me surgen como lo hacían y el cansancio de los años me deja de lado.
-Pero monsieur Choulet, ¿qué va ha hacer si no? –comentó. –Toda esta gente que viene a verle quiere cada semana más de usted.
-Lo sé amigo…lo sé… Nos veremos el jueves que viene. Que tengas buenas noches Antoine.
Bebió de un gran sorbo el ron añejo y se despidió del camarero y de los asistentes de la sala.
Llegando a la puerta de su residencia notó como alguien le seguía desde su marcha del local. Se paró y esperó que le adelantara, pero en lugar de eso se detuvo justo detrás de su espalda.
-Perdone señor Choulet. –dijo la otra persona. – ¿Tendría cinco minutos de su tiempo?
-Claro que si. –dijo volviéndose. -¿Qué deseas muchacho?
El chico le miraba con ojos brillantes y muy abiertos. El viejo le dedicó una grata sonrisa y esperó a que empezara a hablar él primero. Pero el joven sólo hacía que mirarle.
-¿Te ocurre algo? –preguntó el viejo. -¿Estás bien?
-Si, si. –balbuceó el chico. –Quería decirle que llevo muchos años viniendo a ver cómo narra las criminales aventuras de su personaje y, jueves tras jueves, me deja usted boquiabierto.
-Gracias joven.
-Pero debo decirle que escuché lo que le dijo al camarero en el local y eso no puede ser cierto, ¿verdad? No puede abandonarnos así, dejando al personaje huérfano.
-Soy mayor ya…y ya no es lo mismo, en serio. –la sonrisa del anciano decayó hasta difuminarse con su poblada barba. –El jueves que viene voy a proponer una idea para que vosotros, todos vosotros, podáis pasar el mismo buen rato.
-¿y como será eso?
-Todos vosotros afirmáis habéis aprendido, historia tras historia, lo suficiente como para embarcaros en este mundo/ritual. Os propondré que sigáis mis pasos y que seáis vosotros mismos quien me sustituya.
-¡Eso no puede ser señor Arnaud! –dijo el chico alzando el tono. –Si se acaba usted se acaba la historia de Jérôme…
-Pero no puedo hacer más que enseñaros el camino que he recorrido y mostraros el que viene. Que sigáis por él con paso seguro y firme.
-Pero señor…
-Estoy cansado, hijo, y hace frío aquí fuera. ¿Desearías continuar la conversación en el salón de mi casa?
-¡Por supuesto!
El anciano buscaba a hurtadillas el interruptor de la luz del pasillo. Al encenderse, el chico se quedó maravillado al ver que las paredes de ese pasillo eran estanterías cargadas de libros, y más libros.
-Curiosa biblioteca. –comentó el chico. –Pero un lugar un tanto extraño para ubicarla, ¿no cree?
-Esto no es la biblioteca. –contestó Arnaud sonriendo. –Es el pasillo que lleva hasta ella, hasta mi salón.
Se adentraron hacia la oscuridad que escondía el final de ese pasadizo y una puerta de dos alas guardaba con recelo el apreciado tesoro del señor Choulet. Al abrir, el olor a papel viejo y a restos de fuego a tierra impregnaba el olfato de ese chico desorientado. No sabía donde fijar su vista ya que, allí donde mirara, cientos de miles de hojas encuadernadas le saludaban dándole sus nombres. En el centro de la sala había una gran mesa caoba rodeada de tres cómodos sillones acolchados, aterciopelados, de un rojo cálido que te invita a descansar sobre ellos. A un lado hay un gran ventanal que deja ver la oscuridad de la calle y al otro lado hay una pequeña mesa y una sencilla silla con un cojín. Sobre la mesa descansa una vieja olivetti y pegado a ella un paquete folios a medio acabar. El fuego a tierra con unas brasas aún candentes y frente a la lumbre hay un pequeño sofá y una mesita redonda con una botella de cristal de bohemia rellena de su querido ron añejo y una copita del mismo material que el recipiente.
-Esto es mágico, señor Choulet. –Exclamó el chico entusiasmado en mirar a todos lados. – ¡Es el paraíso perfecto de un gran escritor!
-Son años recluidos aquí dentro, hijo. –dijo mientras se servía otra copita de licor. –he pasado tantos años en esta sala que me da la impresión de formar parte del mobiliario.
El escritor saca una copita igual a la suya del cajón de la mesita redonda. La llena de ron y la ofrece al muchacho.
-Toma, bebe, te sentará bien y te relajarás.
-Señor Choulet. –pregunta el chico. -¿Puede explicarme por qué quiere dejar de escribir sobre Jérôme d’Anjou?
-No es que quiera dejar de escribir sobre él, querido amigo. El problema es que mi edad no me deja ir más allá de donde he llegado ya. Comprende que se me acaban las ideas y necesito sangre joven para continuar. Y esa sangre me la daréis vosotros cuando continuéis con el Cuentacuentos del jueves.
-Quizá tenga usted razón, maestro. Pero es que no me imagino un jueves más allí sin usted y sin las historias del asesino.
-Por cierto… ¿cómo te llamas, joven?
-Jérôme d’Anjou maestro. –dice el chico a su espalda. -¿Y sabe una cosa?
(La historia continuará con la frase de la semana que viene, si no, se me hacía muy larga). Hell. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. March 05 Cuentacuentos 10Una de monólogos...
Apenas dos días después de mi cumpleaños, él me dejó, pero claro…supongo que no debió gustarle que le recordara mi fecha de nacimiento. ¿Saben? Es lo que tiene esto de las parejas. Yo he tenido algunas en mi vida y de todas he salido corriendo. Desde un chulo que solo me quería por sexo (con eso conseguí todas estas joyas…), hasta el típico muermo que no levantaba el culo del sofá y me dejaba libertad para que viniera un amante a hacer su faena. Recuerdo que una vez tuve una pareja que estaba siempre inmersa en su trabajo. Yo tenía todas las mañanas libres y me sentía necesitada. Recurrí al amante de turno. Ese que va a dejar a sus niños al colegio y pasa a visitarte un par de horas, justo hasta la hora del almuerzo. Pues bien, una vez mi pareja volvió al piso a buscar una americana que se había olvidado y el hombre que ocupaba su lugar se metió en el armario de un salto. Mi pareja vio unos pantalones y una camisa fucsia en el suelo de la habitación… -Nena… ¿y esta ropa? -Tuya querido, ¿no recuerdas que la llevabas ayer puesta antes de caer redondo, borracho, sobre la cama? -¿Ayer borracho? –divagó. Y hacía bien, pero como el pobre siempre tenía trabajo en la mente no reparó en ello. Total, que abrió el armario y se encontró con el chico completamente desnudo y se sorprendió… -¿Se puede saber qué hace usted aquí? -¿Usted se ha creído lo que su mujer le ha dicho? –dijo el del armario sin dejar de tapar su entrepierna… -Pues si, ¿tendría que dudar de ella? -No, no, tranquilo. Pero si me hace el favor de cerrar la puerta…es que subo al 5º, ¿sabe? Después de aquello me fui, dejando una nota antes para que el médico entendiera el estado alucinatorio de mi pareja…
Pues si, como les contaba…no es que haya tenido mucha suerte yo en el amor y menos el convivir con un hombre. Al principio todo era distinto, claro…una era más joven y más inexperta en el tema; pero ahora ya voy a lo que voy. Es como 2 parejas anteriores a la que estoy ahora, o estaba hasta ayer. Era un chaval más joven que yo que decía que era metrosexual y, claro, una no es de piedra y se le pasan por la cabeza mil cosas como… ¿será un as del coito en el metro? ¿Tendrá que ver con el tamaño? Lo malo es que la primera noche me di cuenta que era medio-palmo-sexual y entendí que se refería a la estatura.
O el típico niño que me invitaba a casa de sus padres a pasar el verano entero y solo pensaba en hacer el amor. Cada día me preguntaba si tenía ganas, pero no es que fuera muy sutil el pobre y, claro, la manera de decir las cosas no eran las más correctas y lo llevaba a rajatabla hasta que una noche escuché…
-¿Esta noche follo? -¿Cómo has dicho eso? –dije. -¿Qué si esta noche follo? -¡Claro! –reí.-¡Y mañana follo con fatatas!
Hay que ver…
Obviamente me fui enojada tras la conversación. Vi que se trataba de un niño y yo buscaba algo más de madurez en la pareja, alguien que me enseñara todos los placeres y que fuera un machote de verdad. Fui a pedirle consejo a una amiga de Pontevedra que casualmente conocí cerca de la Casa de campo. La invité a tomar un café cerca de Tirso y le comenté los problemas que tenía con todas mis parejas. Quise llegar a la conclusión de que el problema lo tenía yo con el sexo pero me dijo que no necesariamente sería la causa. Total, que hablando del tema le pedí unos cuantos consejos. Y en uno de ellos su respuesta fue algo…sin catalogar. Verán…le pregunté que si ella hacía el amor a oscuras y me respondió que si; que a os curas, a os monaguillos y a todo el que se pudiera mover… Comprendí que había tomado más café de la cuenta y que la excitación de la cafeína le alteraba las feromonas…
Y aquí sigo, soltera y entera 3 días después de cumplir los 30 y con un chico que me acaba de dejar por despistado. No es que se olvidara de mí y me dejara allí esperándole, no; si no que se olvidó de mi cumpleaños y, claro, una es detallista y le gustan que lo sean con ella.
…y hablando de detalles…no sé a que cuento os explico yo todo esto…pero bueno, que he llegado a una conclusión: que como la vida es así y hay que joderse…pienso que joderse es masturbarse una misma para disfrutar, Así que…¡mejor sola que mal acompañada! Hell. (sin ánimos de ofender a nadie) February 28 Cuentacuentos 9El silencio de la noche fue su aliado. Callado, esperaba escondido al final del túnel. Oía pasos a lo lejos. Pasos que le alentaron al percatar que se trataban de los talones de una señorita que debía ir algo bebida por los tropiezos que daba con los adoquines más salidos de esa vieja calle. Al darse cuenta que el sonido se había alejado bastante salió corriendo de su escondite para adentrarse en la maleza que bordeaba el río en busca de cobijo o una posible salida. El ruido de una docena de botas corriendo encima del puente le produjo escalofríos. Estaban ahí, lo sabía y debía refugiarse una vez más de la amenaza de esos animales.
-No debe andar muy lejos…-se escuchó más arriba. –La calle es muy larga para haber desaparecido así como así. -Vamos a mirar abajo, es posible que esté metido en el túnel –esa otra voz le resultó algo más familiar. –Venga, por ambos lados. Si está ahí abajo ya no tendrá escapatoria.
Se agachó entre los arbustos hasta quedar completamente estirado sobre la sucia tierra. Fue reptando como podía intentando hacer el mínimo ruido posible, pero las ramas que rompía a su paso crujían como estallando un vaso de cristal en el interior de una catedral completamente vacía. Esas botas bajaban sigilosamente las escaleras; apenas percibía el ruido, pero sabía que se acercaban. Y escuchó como uno de ellos iba golpeando las paredes del túnel con algún objeto contundente. Cesaron los ruidos, los pasos y las voces. En ese momento empezó a sudar y a temblar de miedo. Aguantando el aire para no escuchar ni su propia respiración pero los nervios se la jugaron y le hicieron toser. Una sola vez. Tapándose la boca para amortiguar un poco el sonido y tragando saliva para suavizar la garganta. Cerrando los ojos con fuerza mientras reza por que no le hayan escuchado. Sus perseguidores empezaron a gritar su nombre amenazándole de encontrarle y aprovechando ese instante continuó reptando hasta colocarse debajo de un tronco caído. Allí guardó silencio y esperó a que desistieran; al menos por aquella noche.
Las ramas que escuchó como estallaban a su paso eran las mismas que avisaban de que seguían su mismo camino. No pudo distinguir cuantos eran por las voces, pero sabía que los suficientes para no dejarle salir de allí con vida. Se colocó de lado y abrió los ojos para mirar el cielo pidiendo a Dios que le dejara escapar esa vez, que nunca más se involucraría en asuntos de ese calibre. Maldecía para sí mismo las veces que quiso dejar a esa gente y nunca se atrevió a hacerlo. Las lágrimas que caían por sus mejillas le recordaban las veces que él era el cazador, siendo ahora la presa.
Un chasquido tras su escondite puso su cuerpo aún más en tensión. Cerró de nuevo los ojos, ahora con mucha más fuerza. Dejó de notar el frío que su cuerpo tenía. Tras el alboroto que decenas de ramas hacían al crujir, sus oídos quedaron tapados por el zumbido del miedo. Justo hasta el momento que notó como algo tocaba su hombro.
-¿Sabes qué le hacemos a los traidores como tú, no? –escuchó de esa voz familiar.
Al abrir los ojos solo pudo ver como seis cabezas rapadas le miraban con ojos sádicos y como el que se hacía pasar por cabecilla, antiguo compañero suyo, dejaba caer con fuerza ese robusto bate de madera que acabó por dejarlo inmerso en una dolorosa y rápida oscuridad.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. February 18 Cuentacuentos 8Dedicado a todos pero especialmente a Beleita.
Brotaba pintura de entre sus dedos y de sus ojos maravillosas fotografías de bellos instantes. Así es como la vi el primer día que la conocí.
Una amiga me habló de ella y me explicó cosas maravillosas. Sus obras, su arte, la pasión empleada en ellas. Increíble era el adjetivo que utilizaba al describirla y al final sentí que era algo exagerado.
Salimos de la ciudad en busca de su estudio, a las afueras; escondida a los ojos de los curiosos. Me señaló el lugar cuando llegamos a un camino recóndito entre la maleza. Altos árboles bien alineados ocultaban un estrecho sendero que nos conducía hasta una pequeña casa de madera muy colorida. Sobre el marco que gobernaba la entrada de la puerta principal restaba una leyenda grabada en madera que rezaba: “Dejar de ser princesa para ser rana” y a ambos lados de la frase se avistaban dos simpáticas ranitas con coronas en sus cabezas.
Mi compañera me comentó que la puerta de su casa siempre estaba abierta, pero que solo la gente buena de corazón era capaz de franquearla. Y así era, la puerta nos esperaba a medio abrir, sin pomo ni cerradura; tan solo una vieja campana colgaba a un lado que nos mostraba el tiempo que hacía que no era golpeada.
Las estancia era amplia, los colores plácidos y el sol que penetraba a través de las cortinas daba a la sala un ambiente cálido. Las lámparas que colgaban de sus vigas daban una caricia de ingenio al escenario. Las paredes repletas de cuadros pintados directamente en ellas entremezclados entre sí. No lograba averiguar donde acababa uno y empezaba el siguiente, pero podía diferenciarlos. El perchero de pié que vigilaba una de las esquinas sospesaba un abrigo largo y negro, del mismo color que la gorra de lana de estilo francés mostraba desde la percha más alta. De la viga central que cruzaba la estancia colgaban unas pequeñas moscas hechas con diminutos coladores como ojos y alas de abanicos. Un calendario con dibujos de payasos de 1969 descansaba sobre la pared que vigilaba un gran loro verde caminando sobre un tronco donde descansar y una foto, no muy lejos de allí, me enseñaba a las personas que alguna vez la hicieron sonreír: Jara, Aarón, Pistachita, Larisavel, una chica de pelo rizado castaño y cara angelical, suponía que debía ser ella, y alguien a su lado que por alguna extraña razón salía completamente borroso.
Mi amiga me señaló unas escaleras que trepaban al piso de encima. Al subir por ellas me quedé fascinado al ver que sobre la barandilla había una guirnalda de luces con formas de hadas que conducían al visitante hasta un lugar mágico, más allá de la realidad.
Una puerta completamente blanca nos esperaba al final del último escalón, donde unas rojas letras nos decían: “Pasar sin llamar, sin molestar, sin dudar.” Y al entrar en aquella habitación mi fascinación creció vertiginosamente. Era toda de cristal, incluso el techo; y la luz entraba radiante sin dejar apenas espacio a sombras en toda la sala. Colores violetas, verdes, amarillos, rojos, estaban suspendidos en el aire. Una gran bola de luz brillaba en el centro de la habitación y el ruido de salpicaduras acompañaba algunas de las imágenes que ese albor despedía.
-Siéntate y observa. –dijo mi compañera. –Cuando estés preparado la conocerás por fin.
Y allí restamos los dos, callados, observando como esa luz se desvanecía poco a poco dando paso a poder ver como un reguero de colores impregnaban un gran lienzo en el que aparecía un dibujo que me resultaba familiar. La claridad de las formas venía lentamente a mis ojos y vi, sorprendido, que lo que mostraba el cuadro éramos mi amiga y yo sentados exactamente en el mismo lugar donde estábamos en ese momento. Con la boca abierta, y sin saber qué decir, miré a la chica inseparable que tenía a mi lado; la misma que me sonrío e hizo que callara con su dedo.
La luz se esfumó formando un eclipse con la figura de esa chica fantástica que cayó arrodillada con las manos llenas de pintura. Nos acercamos a ella sigilosamente y fue ahí donde vislumbré que brotaba pintura de entre sus dedos. Al girarse me miró fijamente y noté como parte de mí se congeló en sus pupilas y una sonrisa iluminó su cara justo al decir…
-Os estaba esperando.
Hell. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. February 12 Cuentacuentos 7A las ocho menos cinco se apagaron las luces del edificio. Callé. Apoyé la espalda contra la pared intentando no hacer ningún tipo de ruido. Tan solo mi respiración era lo que retumbaba en aquel oscuro pasillo. Esperé a que algún sonido la delatara, pero me avisaron que era una chica lista; no se equivocaron. Justo cuando sonaban las campanadas de la hora en punto el chirrido de una puerta me avisó de su situación. Casi consigue despistarme. La luz que entraba de la calle dejaba espacios alternados completamente oscuros; idóneos para poder camuflarme en ellos. Pasaba de una sombra a otra con mucho sigilo. Escurriéndome por las paredes agazapado en la oscuridad. El silencio cogió de nuevo el protagonismo. Volví a quedarme clavado, de espaldas a la pared. Me deslizo suavemente hasta recostarme de cuclillas. Saco el arma de su funda y noto que mi mano está firme, serena. No hay nervios que me traicionen. Espero una nueva señal.
Los segundos pasan lentamente. Puedo escuchar como la insignificante aguja de mi reloj marca el paso del tiempo. Estoy cerca de alcanzarla y ahora nada puede fallar. Cinco minutos solo me quedan para realizar el trabajo. Cinco minutos para que el falso guardia de seguridad accione la palanca que devolverá la luz al edificio. Pero el tiempo no pasa y mi paciencia se agota. Podría entrar corriendo y dispararle. Pero el silenciador acepta un solo tiro y ha de ser el que dé por acabado el trabajo.
Me aproximo a la puerta que emitió el delatador chirrido y me paro justo antes de franquearla. El interior es lóbrego. Tan solo puedo distinguir una mesa y tras ella un sillón, un perchero y algunos cuadros; todo ello acompañado de largas y punzantes sombras que recubren paredes y suelo.
-Entra –Dice una voz femenina que surge detrás del asiento. –Sé a lo que has venido.
-¿Marion? –Esa voz…no puede ser…-¿Marion, eres tú?
-Si cariño, soy yo. ¿Sorprendido?
-¿Cómo…?
-Más sorprendida estoy yo de encontrarte aquí. –Mientras habla se pone en pie mirando por la ventana. –No sabía que te dedicabas a estos asuntos. Pensaba que cuando salías de casa te dirigías a la oficina. Creía que trabajabas de ejecutivo en esa empresa de seguros de vida que has hecho que imaginara durante tantos años; ¿y qué me encuentro? ¿Así es como asegurabas tu vida? ¿Y la mía? ¿Y la de nuestros hijos?
-¿Y qué has hecho tú al respecto por tu parte? –Me defendí. – ¿Sabes en qué lío te has metido?
-Necesitamos dinero, cielo, ¿recuerdas?
-¿Y para eso has tenido que malvender más de la mitad de una empresa que no es ni tuya? –La sangre empieza a calentarse. -¿Sabes quién me ha contratado?
-Supongo que mi propio jefe. -¡Exacto! ¿Y sabes cuanta gente importante está involucrada en este problema? Más peces gordos de lo que puedes llegar a imaginarte. ¿Y sabes qué consecuencias tendrán tus hijos o yo mismo si no acabo erradicando esta trama?
-Parecía tan fácil…
-¡Y una mierda! –Grité con todas mis fuerzas. – ¿Cómo has sido capaz de involucrarte en un tema tan apestoso? ¡Podías haber consultado antes, joder!
-Claro –Murmulla a punto de sollozar. –Mira quién me lo dice: el perfecto marido que trabaja en una empresa tan “legal”.
-¿Qué querías que te dijera? “Hola cariño. Espero que no te moleste que deje la camisa manchada de sangre en el cesto de la ropa sucia. El cerdo que he tenido que cargarme esta mañana ha sido una pieza dura de pelar”. Es patético… ¡Patético!
-Lo siento, de veras que lo siento. –Finalmente rompió el llanto. No conseguía retenerlo aun con la frialdad de la que era poseedora.
Sin tornarse, la persona con la que había compartido catorce años de mi vida agachaba la cabeza para llegar al fin de lo que la suerte le deparaba.
-Marion. –Dije.
-¿Qué, cariño?
-Te quiero.
-¿Cuánto?
-Tanto para no dejar que sea otra persona la que te haga daño.
El destello del ahogado disparo quedó camuflado por los intermitentes intentos que los fluorescentes hacían al ser accionada la corriente eléctrica. Al mirar al frente solo puedo ver el recuerdo de Marion esparcido por el cristal del gran ventanal que coge un color rojizo envuelto en la tímida humareda que el silenciador ha dejado salir del cañón.
Al otro lado del cristal está lloviendo. Y hoy, esa lluvia calma, tiene un color muy especial.
Hell. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. February 06 Cuentacuentos 6 (03-02-'07)Viernes 22:00, Nuestro personaje ficha en el reloj del trabajo y marcha hacía su casa dispuesto a echar una cabezada rápida haciendo que el tiempo de esa noche pase ligero. Pero al llegar al piso recuerda que no tiene nada preparado, así que, con calma, se sienta frente al portátil y chatea con los que permanecen enviciados a aquellas horas. Se le hicieron las once, las doce, la una,…las dos y las tres y entendió que mejor era no dormir para no perder la oportunidad de volar a tierras meigas. Que el sueño le jugara una mala pasada haciéndole no escuchar el horrible sonido del despertador que en su día su abuela le regaló.
Y fue así como nuestro intrépido trotamundos camina hacia la terminal B del aeropuerto de Prat del Llobregat dando paso a otra de sus aventuras:
(Partiendo de la frase de Larisavel…)
Confusa, se despierta entre sueños mi mente al escuchar por el megáfono la voz del capitán cuando nos informa que sobrevolamos por tierras meigas. Noto que llegamos a tierra cuando mis oídos notan esa sensación de dolor que la presión atmosférica causa en ellos.
El taxi me deja en la puerta de la catedral, frente a un lujoso hotel que se levanta majestuoso gobernando un lateral de la Praza del Obradoiro. Por supuesto no era mi lugar de residencia. No hay lujos a permitirse en la vida de trotamundos.
Perdido entre históricas calles, donde la niebla y la humedad intentan explicarme las leyendas que han poblado, consigo encontrar el pequeño albergue donde me hospedaré este mágico fin de semana.
La chica de recepción no me deja entrar en la habitación hasta las 13 horas, así que dejo la mochila, cojo las llaves del piso y marcho a deambular por los callejones que circundan el edificio que guarda con tanto recelo el famoso botafumeiro.
Un pequeño y tranquilo local me cobija del frío sirviéndome un café bien calentito. Con la única compañía de un libro y un paquete de tabaco voy dejando pasar las horas hasta que el móvil me avisa, escondido entre los bolsillos, que alguna persona me busca conversación.
Níobe era quien estaba al otro lado de la línea. Me llamaba para darme los buenos días y charlar un rato preguntando qué tal el viaje. La conversación se alargaba sin apenas concebirlo. Nos despedimos y salí del local. ¿Destino? A desgastar las suelas de mis bambas viajeras.
El tiempo pasa y, llegada la una del mediodía vuelvo al albergue pudiendo entonces echar una cabezadita.
Las cinco de la tarde deben ser cuando me siento en unos bancos de piedra frente a la catedral esperando la llegada de Tressa. No hizo falta esperar mucho ya que le vi a lo lejos como llegaba. Tras los 2 besos de rigor para sendas presentaciones, me introdujo en la catedral para hacer visita obligada a algún santo al que hay que golpear con la frente sobre su testa 3 veces. Llámenme estúpido si quieren, pero yo lo llamo incredulidad ateísta y, como bien deben imaginar, no lo hice.
Paseamos por parte de la ciudad mientras me explicaba historias insólitas. El parque de la Alameda, la parte vieja, la parte nueva, la zona de prostitutas donde el amigo Joaquín Sabina era asiduo cliente cuando visitaba Santiago,...
Era hora de catar algún vino de la tierra y Tressa tuvo la genial y arriesgada idea de apostar contra mí un cuento dedicado a que me tumbaba esa noche a base de licores regionales. Pobrecilla…el local donde reside el dios Baco nos cobijó para dejarnos entablar amistad entre pinta y pinta. La codorniz nos sirvió mesa para degustar un exquisito pulpo a feira y unos calamares, y un buen vino de la tierra; donde una botella no fue suficiente pidiendo y acabando una segunda. Y el local de jazz que nos sirvió los últimos mojitos hizo de maestro de fin de ceremonias. Acompaño a la chica hasta el hotel donde dormía guiándola acompañada del brazo hasta la mismísima puerta donde, al franquearla, un mal gesto hizo que aterrizara sobre la rampa colocada a un lado de las escaleras.
Volviendo al albergue no encontraba la calle. Una chica preciosa me hizo de guía hasta la Praza Roxa y allí, tras unos quince minutos de charla e insinuaciones, se llevó mi número para la próxima visita que hiciera a Barcelona. Espero ver de nuevo a Lucía, era preciosa.
Al encontrar mi lugar de descanso, y sin hacer mucho ruido, me cobijo bajo las sábanas de la litera contraria a la que ocupaba una chica inglesa. Los 2 solos, completamente desconocidos, sin ataduras y con algunas horas por delante hasta que el alba nos anuncie el cambio de día, pues… (continuará)
(continuación)
...pues no hubiera estado nada mal, pero recuerdo que de la puerta colgaba un cartel prohibiendo hacer cualquier tipo de ruido pasada la medianoche; en fin…dejemos que pase la noche rápida.
11:50 am. El teléfono suena mientras camino por las mismas calles del día anterior.
-¿Si? -¿Hell? -Hola nena, ¿qué tal? -Nosotros estamos ya en la Praza del Obradoiro. –La inconfundible voz de Niobe fue la que marcó mi sonrisa. -¿Dónde estás? -Detrás de ti, ¿no me ves? –Sabía que se pondría nerviosa. -¿Dónde? No te veo. -Es broma nena, estoy muy cerca, ahora llego. -¡Payaso! -Je je je.
Entraba en la plaza cuando veo a un trío frente las escalinatas de la catedral. Niobe estaba de espaldas a mí y supongo que Tressa le avisó de mi presencia cuando ella y el chico que las acompañaba me miraron. Niobe no se giraba debido a los nervios pero finalmente accedió a darse la vuelta quedando cegada por el radiante sol que se posaba tras de mí.
Saludo a David, el novio, con un buen apretón de manos. Saludo de nuevo a Tressa y con mi galeguiña…un par de tímidos besos fueron suficientes. En realidad le hubiera dado uno de esos super-achuchones que le tenía prometido, pero el novio me daba algo de respeto; al menos al principio.
Tressa sacó de su mochila unas camisetas para regalarnos y, cuando vi de qué se trataban, me quedé sonriendo sin saber qué decir. Simplemente eran geniales, una muy grata sorpresa. Las camisetas de Cuentacuentos con sendos nicks bajo el logo. Tras las fotos de rigor con el obsequio puesto nos dirigimos a desayunar algo para empezar bien el día. Una cafetería algo… ¿pija? Nos sirvió de escenario para tomar un café, un zumo y continuar con la tanda de regalos que esas meigas tenían guardados para mí. Una especie de mini tinaja decorada con motivos gaélicos y un osito de peluche para cada uno en los que firmamos todos para dejar constancia en nuestras vidas del encuentro.
Hablamos, reímos, desayunamos y, mientras, recibo un sms de Aarón deseándome pasar un buen fin de semana con los gallegos. Como quise compartir el momento con mi socio, le llamé acto seguido; el teléfono con la voz de Aarón al otro lado pasó de mano en mano llegando a las mías al cabo de un rato. Paseo de arriba abajo charlando con el socio y veo como un anciano con bastón pasa por mi lado y se sienta en una mesa próxima a la nuestra. No rendí cuenta de que las chicas hablaban de él refiriéndose al Señor de las Historias. Pero a mi me hizo sospechar que no fuera el padre de Marilyn Manson.
Acabamos en la misma cervecería que Tressa intentó emborracharme la noche anterior ya que, según se comprobó momentos antes, en Santiago casi nadie trabaja en domingo. Y allí, a un lado del dios Baco, continuamos charlando, fotografiando, tomando pintas y comiendo. La camarera me cae en gracia y tengo con ella un intento de entablar conversación, pero su resistencia era mayor a mi simpatía. Al menos nos echamos unas risas gracias a ello. Pero al irnos me doy cuenta que lo hago sin su teléfono. (tendré que volver por ese local algún día…). Tressa se marchó momentos antes dejándonos con la boca abierta cuando, al ir a pagar, el camarero nos dice que la chica que estaba con nosotros ya había solventado los gastos. Supongo que fue en ese mismo instante cuando, supongo, que a Tressa le pitaban los oídos a más no poder.
Caminamos y caminamos hablando entre nosotros. Explicando anécdotas, contando chistes, riendo y conociéndonos mejor hasta caer de lleno al Galeón, un bar de comidas rápidas donde una placa que había en la puerta que anunciaba “cerveza de la casa” nos dio a entender que se trataba de una cervecería; a 2 calles de la catedral, en el casco viejo de la ciudad. ;)
Allí nos pedimos algunas cervezas más y continuamos hablando sin parar. No importaba cual fuera el tema de conversación. Lo importante es que estamos a gusto, como si nos conociéramos de hacía ya tiempo. En un momento dado, Niobe, soltó el famoso chiste de las ovejas y me dejó a cuadros su arte de escenificación. Tan rápido nos pasa el tiempo que decidimos cenar algo allí y tomar la última cerveza Juntos antes de partir en busca del coche de David en una zona bastante apartada del centro. Las últimas fotos para gastar el carrete de la cámara de mi niña de Cangas se hacen justo antes de que me acompañen al centro y nos demos, no un adiós, si no un hasta pronto.
Ya en la cama del albergue hago una llamada a Ratoncita y a Jara antes de concebir el sueño que dará paso a un nuevo día.
10:45 am. Aterrizo de nuevo en el aeropuerto del Prat del Llobregat. Me subo en el coche y, mientras paseo por la autopista, la sensación de que todo esto ha sido un sueño me entristece. Todo vuelve a la normalidad, como si nada hubiera pasado. Pero cuando deshago la mochila y coloco sobre la cama la camiseta, el osito y la mini vasija, se me ilumina la cara de nuevo.
No ha sido un sueño.
P.D.: Muchas gracias por haberme hecho pasar este finde tan genial. P.D.2: Al final sí que le di ese superachuchón gigante a mi Cangueira!!! Bss!!! January 29 Cuentacuentos 5 (29-01-'07)Recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía, tus pequeñas manos intentando mover mi boca, pero entonces no tenías fuerzas suficientes para ello.
El día que me cogiste de la mano y me abrazaste contra tu pecho sentí que sería tu mejor amigo, que te acompañaría en la gran parte del camino de tu vida. Recuerdo ese día como si fuese ayer: tú, sentada en el sofá, llorando, mirando la tele pero sin prestar apenas atención. Creo recordar que te dolía el estómago al comer tantos dulces después del comedor del colegio. Era tu cumpleaños y tus padres nos presentaron así, sin más…
-Aurora, mira quien ha venido. –Dijo el padre sonriendo.
Miraste a papá, luego a mamá y por último bajaste la vista para verme. Ahí es de donde tengo el recuerdo de tu primera sonrisa, al saltar del sofá para venir corriendo a buscarme. Fuimos a tu habitación, escaleras arriba, veloz; entramos y cerraste la puerta con el cerrojo. Allí estuvimos jugando hasta altas horas de la madrugada sabiendo que al día siguiente había que ir a le escuela, pero aún así…no nos fuimos a la cama. Decidiste que me llamarías Escabel y acepté sin reproche alguno, me gustó ese nombre, me hacía sentir especial.
Y pasaban los años e ibas creciendo, querida Aurora. Me explicaste todos tus pensamientos, día tras día. Me hablabas como si fuera el chico que te gustaba. Me abrazabas, me besabas, me mimabas…y yo siempre con una sonrisa para ti.
Anoche me explicaste que habías conocido a un chico fantástico, genial; que cada vez que lo veías, unas nerviosas mariposas revoloteaban en tu estómago; más al decirte que tenía un regalo que darte hoy.
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Si llueve esta noche no es casualidad. Quería celebrar tu cumpleaños como todos los anteriores, juntos, en tu habitación, con ese pastel de nata y fresas que preparaba tu madre y que intentabas hacerme comer. Pero esta noche Aarón pasaba a buscarte y pedí con todas mis fuerzas que algo ocurriera para no permitir que me dejaras solo. Y allí estás, sentada en la ventana, mirando la calle y buscando a ese chico entre la densa lluvia y los claros que las farolas dejan sobre las aceras.
Estás nerviosa. Revuelves los cajones para encontrar nada. Miras en el armario y debajo de la cama, preguntas porqué, pero no tienes respuesta y me ves, allí a lo lejos en una esquina. Me coges, me abrazas y nos sentamos los dos a los pies de la cama. Apoyas tu barbilla sobre mi cabeza y me estrujas de nuevo entre tu pecho, como la primera vez.
Restas callada mirando a la ventana. ¿Qué estarás pensando? Aunque lo imagino…
Me separas de tu cuerpo y me miras con ojos tristes mientras te muestro mi mejor sonrisa, pero ella ya no te hace feliz. Ya no es como….
Toc, Toc, Toc, …
-¿Aurora? –Dice la voz de la madre. –Aarón está abajo en la puerta esperando para llevarte en su coche.
Te levantas rauda dejándome caer al suelo sin apreciarlo. Coges la chaqueta de la silla y al girarte me pisas, pero no tienes tiempo de agacharte a recogerme. Me das una suave patada que me conduce debajo de tu cama. Apagas la luz, cierras la puerta y lo último que escucho son tus veloces pasos bajando por las escaleras.
Me has dejado solo, te has salido con la tuya, así que pediré con todas mis fuerzas que deje de ser un osito de peluche para convertirme en tu hombre del saco.
Hell. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. January 18 Prólogo para el Cuentacuentos del Domingo que vieneLa luna resplandece sobre el campamento impregnando de luz y sombras el suelo donde reposan las primitivas caravanas. Tan solo se escuchan los nerviosos grillos que con su ronroneo acompañan la noche esperando el rocío. Una fina y larga columna de humo se extingue sobre las ya casi apagadas brasas del fuego que han servido para hacer la cena, calentar el ambiente y reunir, una vez más, a la comunidad. La luz de un viejo candil sale entre las cortinas que cubren la ventana de una de las viviendas móviles.
Dentro, se escuchan susurros cerca de la luz. Sobre una cama repleta de mantos y almohadas descansa la vieja Almarita junto a sus dos pequeños sobrinos. Yago y Brekta esperan ansiosos que les explique alguna historia para hacerles dormir; pero esa noche, la anciana gitana está triste.
-Abuela –Pregunta Yago, el más pequeño de los dos hermanos. -¿Qué te ocurre esta noche? Te ha desaparecido la sonrisa.
-Si, abuela, cuéntanos alguna historia. –La voz de la niña Brekta suena aguda y frágil en la estancia. –Alguna historia sobre la Martisor y así sonríes de nuevo.
La vieja gitana acaricia la cara de la niña y la mira con ojos tristes. Una lágrima resbala por la castigada piel de sus mejillas; alza la vista y mira al techo.
Es la noche del último día de febrero de este año bisiesto. Cada cuatro años, Almarita recuerda con pena y dolor una historia que pasó hace ya tanto tiempo…
-Mirad niños, vivís en una comunidad donde las tradiciones, arraigadas con el tiempo y la historia de nuestros antepasados, hacen que nunca olvidemos lo que somos. No vivimos entre la gente, no tenemos un lugar fijo. Somos nómadas en el tiempo y, como tales, tenemos nuestras propias creencias.
Los niños se recogen bajo sus brazos apoyando las cabezas cerca de su pecho. Lo notan caliente. Almarita piensa en empezar la historia; un nudo en la garganta hace que respire hondamente cuando más lágrimas brotan de nuevo.
-Una de las tradiciones –Continua la anciana. –es, como bien conocéis, la Martisor. Y hace mucho, mucho tiempo, cuando yo era jovencita, tenía mucha ilusión en que llegara ese día. Todo era felicidad y colorido, música y risas, festividad y alegría. Pero una vez, una chica escapó del campamento, subió a la colina, miró a la luna y al cerrar los ojos, despertó... Hell. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. January 14 Tras la pista del Señor de las Historias (Aarón & Hell investigadores)Pensaba que no acabaría nunca esta historia. Tantas pistas, tantas pruebas…y casi se nos escapa. La habitación estaba llena de humo. Los nervios me traicionan y consiguen que consuma en dos caladas cada cigarro que mi boca saborea. Me duele la cabeza, quiero irme a casa, pero allí estaba mi compañero Aarón archivando las fotografías del caso “Eisenheim”; había concluido su informe satisfactoriamente; solo quedaba recibir las congratulaciones correspondientes al conseguir destapar el fraude que una aseguradora se traía entre manos, haciendo de la empresa una sucia tapadera. De pie, junto al perchero de la puerta y dispuesto a coger la gabardina y ese sombrero que tanta suerte me ha traído. Cuando, justo antes de despedirme de mi compañero, unas largas, elegantes y finas piernas atravesaron el umbral de la puerta que nos separaba.
-Bb..b…buenos días s…señorita. – Los nervios me jugaban una mala pasada.
Incliné la vista para reverenciarme con el sombrero cuando esas piernas desaparecieron de mi vista. Caminaba con paso firme, decidido, clavando los finos tacones sobre la madera crujiente de esta vieja oficina. Y allí, sobre la silla postrada frente a mi mesa, descendían lentamente aquellas sinuosas caderas. Caderas dueñas de un cuerpo que cautivaba a todo aquél que la observara. Dejé la gabardina sobre el respaldo de mi sillón y coloqué mi sombrero entre los escasos centímetros que me separaban de esa belleza. No parecía que fuera a mediar palabra alguna. Callada, con esos grandes ojos verdes clavados en mis pupilas, su morena cabellera escondiendo el contraste de su piel blanquecina y esos labios…que desearía sellarlos suavemente con los míos.
-¿Qué podemos hacer por usted? -Necesito que encontréis a una persona. –Dijeron esos apetecibles labios carmesí. -¿Y cómo se llama esa persona, señorita… -Señorita Márquez. –Respondió ella. –No conozco el verdadero nombre de esa persona. -Eso puede resultar algo difícil… en todo caso, necesitaremos que nos diga todo lo que sepa sobre la persona en cuestión. Y por supuesto, si no es molestia, los motivos de su búsqueda. -¡Quiero que encuentren al Señor de las Historias!
Callé, pensé, y busqué la mirada de mi compañero disimuladamente. La complicidad de nuestra experiencia conseguía comunicarnos sin abrir la boca. Es cierto que habíamos hablado entre nosotros sobre ese personaje; tanto por escritos en los periódicos de la comunidad como por la radio o, incluso, por el boca a boca que los chivatos de la zona hacían llegar a nuestros oídos. Una historia que nos mantenía en la curiosidad al estar envuelta en tanto misterio. Pero nunca habíamos hondado en esa investigación. Todo acababa en habladurías y comentarios tras la última pinta en el bar de Tomy’s; y las conclusiones eran mínimas. Nadie sabía ni su paradero ni nada acerca de su verdadera identidad.
Con los viejos trucos que nos enseñaron en la academia me dispuse a sacarle toda la información posible, tanto del caso en sí, como de ella misma. Algo de misterio había también tras esa mirada lapislázuli. -¿Y para qué quiere usted saber dónde se encuentra? -Creo que no me he explicado bien. Perdone señor… -Hell, señorita Márquez, para servirle. Y mi compañero y socio Aarón. -Verá señor Hell…en realidad no quiero que me indique su paradero. Simplemente quiero saber de quién se trata. Me han asegurado que ustedes son los mejores investigadores de la ciudad y espero no haberme equivocado de lugar. -No lo ha hecho, señorita, y le han informado correctamente. –Señalé con los ojos a mi compañero mientras comentaba…-Y, si a mi socio le parece bien, aceptaremos con gusto su encargo.
La chica se volvió hacia Aarón al haberlo nombrado. Entrecerraba sus bonitos ojos para persuadirle y, conociéndole bien, sabía que se dejaría hacer. Asintió con la cabeza el encargo, desde la otra punta de la sala, sonriendo y ensimismado en los ojos de la dama. La verdad es que deseaba aceptar este caso. El misterio que lo envuelve lo hacía diferente. La curiosidad por involucrarnos en algo tan surrealista desataba el hambre de investigación. Como en los viejos tiempos, donde en la academia nos retaban en casos irreales con finales sorprendentes. Así veía yo este asunto; como un juego…real. La señorita se despidió de nosotros con un insinuante guiño de ojo acompañado de una ligera sonrisa medio escondida entre su negro pelo. Y allí restamos los dos, callados, esperando que la puerta llegase a cerrarse del todo. El silencio que manteníamos dejaba escuchar el golpeteo que sus bellas piernas tocaban al bajar los escalones.
Nos sentamos en la mesa de Aarón, bastante más ordenada y limpia que la mía, sin un oxidado cenicero repleto de colillas, sin anotaciones a lápiz sobre la madera y sin la foto de mi ex mujer vigilando mis movimientos.
-A ver, Aarón, ¿qué sabemos sobre ese personaje? Datos que tenemos, venga. -Déjame anotar…-Decía con una sonrisa de satisfacción al haber aceptado el caso.- Tenemos lo siguiente: ·Cada martes publica una historia que hace llegar a los ordenadores de todo aquél que se lo pide. ·Estas historias traen consigo una frase que dará lugar, a su vez, a cientos de historias creadas por sus seguidores. ·Se trata de un varón, o eso han hecho creer durante todos estos años. ·Nunca a revelado su identidad públicamente, los premios que le han sido otorgados han sido siempre recogidos por un participante de su página, siempre uno distinto; así quedan los premios repartidos por la largo y ancho de este país.
La información que teníamos no era la suficiente para comenzar una investigación formal. Debíamos buscar, interrogar, registrar; en definitiva: dejar, si fuera el caso, la ciudad patas arriba hasta encontrar un mínimo de indicios que nos permitiera iniciar la búsqueda. Subimos al viejo 2CV, que a tantas historias nos ha llevado, y cogimos ruta hacia el local donde un soplón dijo que vio realizarse la última de las reuniones de los cuentacuentos. Estos eran los encargados de realizar los centenares de historias que, semana tras semana, publicaban ilícitamente por orden del Señor de las Historias. Un bar tosco, sombrío, donde el hedor a cerrado hacía mella en mi refinado olfato. La madera vieja apestaba a noches de largas estancias en torno a estas mesas forjadas con los años. El guarda de la puerta debió haber pasado un mal día, pues no ayudaba lo suficiente a dejarnos entrar por las buenas.
-Buenas tardes. –Le dije sin apenas mirarle a los ojos. –Veníamos buscando al dueño del local. ¿Sería tan amable de dejarnos pasar? No he tenido muy buen día y no estoy para leerle el código penal a alguien que no tiene permiso para llevar el arma que guarda bajo su cazadora, ¿Me entiende, no?
El portero nos miró con cara de pocos amigos, pero sabía que tenía razón; no era el momento de discusiones con alguien que conoce la ley. Pobre iluso, tan siquiera tengo placa.
Dejó que pasáramos a la antecámara no sin antes lanzar una mirada…¿atemorizadora? Hasta mi pequeño Bulldog lo hace mejor. Al fondo había un hombre sentado tras una mesa robusta, contando billetes y guardándolos en una pequeña caja metálica. Debería tener entre 40 y 42 años, metro setenta y algo y una fuerte constitución. Quizá ha tenido problemas con la alopecia o, al menos, eso nos mostró su calva testa. Darío López, resultó ser el dueño del local, pero con pocas ganas de cooperación por su parte. Sólo comentó que, días antes, alguien telefoneó para alquilar su local con la excusa de llevar a cabo una reunión. No querían a nadie en el garito; simplemente que estuviera en condiciones de ser utilizado y que la recaudación de esa noche iría a parar a sus arcas; seguramente el dinero que estaba contando en ese preciso instante. Empezó ha hablar sobre problemas de personal que tenía por no dejar ver el fútbol los sábados por la tarde, pero eso a mi me importaba más bien poco; el pobre Aarón tuvo que consolarle con su escucha. Algo llamó mi atención en sus comentarios. Según el calvo, recuerda que dos de los cuatro chicos que vinieron horas antes para decorar el local llevaban idénticos tatuajes en sendos dorsos de sus manos. Algo parecido a un libro abierto en colores azules y amarillos, el resto de los chicos llevaban guantes, así que no pudo saber si había alguna relación con el tatuaje. Dibujó en un papel algo que, según él, era parecido a la marca de los chicos, para mi no dejaba de ser un penoso garabato; pero era lo único que teníamos. Así que salimos del local, contentos, y mi compañero más que satisfecho.
Hicimos copias del dibujo y decidimos tomar caminos opuestos para ampliar así la zona de reconocimiento. Aarón decidió ir a visitar a todos los tatuadores del distrito ya que, al ser yo una persona que frecuenta asiduamente estos locales, no le pareció correcto involucrarme en mis posibles futuros clientes. Así que tomé ruta con destino a lugares donde se puedan reunir personas con afinidades a la escritura y, no vi del todo mal, empezar a meter mis narices en la antigua biblioteca nacional de literatura.
Media hora tardé en cruzar toda la avenida hasta llegar a los campos que circundan el edificio. Grande, imponente, y envuelto de grandes columnas de mármol blanco, se alza frente a mí con gran poderío al resistir todos estos siglos. La entrada era majestuosa, con grandes y largas escalinatas que conducían a una sola puerta en mitad del gran muro blanco. En su interior una jovencita estaba sentada en la entrada revisando que todas las personas llevaran sus carnés correspondientes.
-Perdone, señorita… -Carol, para servirla, ¿Lleva usted consigo el pase? -Perdone de nuevo mi intromisión, señorita Carol. Me llamo Hell, investigador privado, estoy buscando algo que me indique el paradero de la persona a la que estamos buscando y le pido, con todos mis respetos, si sería tan amable de dejarme pasar para observar el edificio, es todo. -No se yo si puedo dejarle acceder. –Dijo algo nerviosa. –Sólo soy la chica de… -Schhh. Por favor. Serán solo cinco minutos, ni uno más; además, nadie notará que estoy aquí para algo que no sea buscar un libro, ¿de acuerdo?
Agachó la cabeza con timidez dejando escapar un “como usted diga, yo no quiero tener problemas”. Le sonreí guiñándole el ojo para que viera que no tenía que preocuparse de nada. Dulce mirada la de esa chica, con una cara llena de vida. Pero no es hora de ligues, el deber me llama.
Paseaba arriba y abajo de los pasillos, más pasillos, repletos de estanterías cargadas de historia en sus páginas. Literatura, historia, artes de la ciencia, física, filosofía,… ¿Cuentos? ¡Había una estantería de cuentos! Todos bien ordenados alfabéticamente. Todos menos uno de la fila de la C. Justo miré a un lado que un pequeñuelo se acercó y dejó el libro que faltaba en ese hueco. Marchó sin ni siquiera mirarme. Agaché mi cuerpo para observar el título: El Cuentacuentos. Algo me daba mala espina en ese libro. Me levanté y di la vuelta a toda la estantería para averiguar de qué tipo de libros estaba repleta. Nada. Detrás sólo había Geografía. Un chico se acercó al estante y metió las manos hacia adentro sacando de allí un libro y llevándoselo. Cuando quise darme cuenta, ese niño estaba al final del pasillo. ¡Se llevaba el Cuentacuentos! Corrí tras el niño sin armar demasiado alboroto y pensaba… ¿qué relación tenía ese libro que puedes sacarlo por los dos lados? Cuentos, geografía…geografía, cuentos,…el mismo libro…sabía que había alguna combinación de las dos cosas en ese libro, pero el chico se percató que le seguía y echó a correr escaleras abajo. Las aceras repletas de gente entorpeciendo el paso y el niño escabulléndose entre la multitud. Giró hacia un callejón largo y estrecho, nauseabundo, lleno de basura a ambos lados. Notaba el mal que me hacía el tabaco con los años, mis pulmones me lo recordaban, pero aún así lo tenía al alcance; sus piernas cortas le hicieron perder distancia ante mis largas zancadas y, tras un salto al más puro estilo de rugby, le di caza hasta tirarlo al suelo. Movía las manos como un poseído y las aplasté contra el suelo para calmarlo. La felicidad invadió mi cara dejando ver una sonrisa bien clara: el niño tenía en la mano el mismo dibujo que nos mostró el calvo del bar. El libro abierto. Y debajo de él se encontraba otro libro misterioso que guardaba con recelo. Conseguí girar su cuerpo de un bandazo y allí me quedé helado. No se trataba de un niño, si no de un enano. Un hombre de esos bajitos que tantas veces hemos visto en el circo.
-¿Cómo te llamas pequeño? -Erwan. –Contestó el hombrecillo. -¿Qué es lo que deseas de mí? -Quiero saber por qué escapabas de mí con ese libro entre las manos.
Le arranqué el libro de entre los brazos y, cuando disponía a hojearlo, el maldito enano me lanzó algo de tierra que cogió del suelo, escapando de mí como si del demonio se tratara pero…el libro quedó en mis manos.
Casi me multan por mal estacionamiento, pero conseguí convencer al guardia que tan solo habían pasado un par de minutos desde que lo dejé allí. Me miró de arriba abajo, incrédulo al ver que iba sudado, descamisado y con las rodillas sucias de polvo. Pero no hizo preguntas, dejó que me fuera sin tan siquiera acabar la multa que estaba escribiendo.
-¡Maldito coche! –Grité. –Ya sé que los años no pasan en balde ni para ti ni para mi, viejo compañero, pero no es hora de que me dejes tirado. ¡Venga!
Mi grito se fundió en el despertar de ese viejo motor.
Siempre había soñado ser un detective de película. Conduciendo mi Aston Martin del ’46, resolviendo casos importantes y llevándome a la guapa a la cama. Pero esto no es Holywood ni mi vida una película y las guapas se las llevan los guapos y adinerados. Una cruz bastante común en lo que llevo de detective. En fin…ahí hay un hueco para aparcar el trasto.
-Buenos días señor Hell. -Buenos días señorita Laura.-Me quito el sombrero frente a tal belleza.
Quién la tuviera como secretaria… y esperé a que desapareciera tras el portal vecino al nuestro mientras observaba esa ajustada falda tambaleándose de un lado al otro. Subí las escaleras pensando en la extraña señorita Márquez. En su cara, en sus ojos, en su pelo; y en quién sería ella realmente y por qué nos pidió tal encargo. ¿Qué tenía que ver ella con el Señor de las Historias? ¿Qué lazos los unían para querer descubrir su identidad? Preguntas y más preguntas que seguramente ese libro me revelaría.
La mesa, como siempre. El orden lo dejé en mi cama trayéndome conmigo tan solo el caos de mis pesadillas transformadas en barullo material. Vacié el atiborrado cenicero para comenzar a llenarlo de nuevo. Encendí el flexo, coloqué el libro sobre la mesa, por la radio sonaban The Cramps, prendí un cigarro y metí la nariz a través del humo para iniciar la búsqueda. El sonido del contrabajo parecía los latidos de un corazón inmerso en ese libro. Tum tum tum…da la sensación que esté vivo. Encuadernación perfecta, antigua pero bien conservada. Paseo la mano sobre su lomo y cierro los ojos esperando alguna respuesta, pero no me dice nada más que es un libro bastante viajero por las marcas de desgaste de sus puntas. Abrí la tapa y me encontré un escrito en forma de prólogo:
Aquellos que creen en los sueños, que creen en la magia, que creen en los encantos de las historias. Aquellos que ven más allá de unas simples hojas repletas de letras y signos, que ven más allá que la mente deja, serán aquellos que se servirán de este libro para dejar volar su imaginación y volver a sentir la chispa que perdieron al crecer. No es una simple leyenda creada por las más antiguas meigas gallegas, ni por las mágicas gitanas sureñas, ni tan siquiera las brujas de las montañas catalanas; es algo creada por todas ellas, por todos ellos, por todos nosotros. La magia de los bosques del norte, los sueños de las tierras del sur, la historia forjada por las tierras castellanas son el fruto de este manual mágico que desvela secretos inimaginables a pensamientos banales. Así pues, tenéis frente a vosotros, el mundo de la magia y de los sueños mejor guardado. Tenéis en vuestras manos el mayor de los secretos escritos jamás. Tenéis en vuestras manos el único ejemplar donde se recoge todo lo descrito y muestra, al que sepa verlo, el lugar verdadero donde nacen las historias Allí donde nace el Cuentacuentos.
Paso una página en blanco, dos, tres. No entiendo. ¡El libro está completamente en blanco! Hojeo rápidamente, pasando hojas y hojas sin comprender nada. No hay nada, de nada. Al cerrar de un golpe el libro, de entre las cientos de hojas salió una pequeña punta, alguna debía estar mal enganchada. Abrí de nuevo por esa indicación y vi algo que acabó por descolocarme del todo. Allí se hallaba escrita una historia, sin título, sin final, pero una historia muy bien caligrafiada. Y esa punta que había sobresalido se trataba de un mapa con decenas de nombres escritos en él. Lugares que me decían algo. Esa zona… ¿la Casa de campo? ¿Tengo un mapa de la casa de campo? Río de la incertidumbre que se aglutina en mi cabeza. Esto no es posible, es surrealista. Extiendo el mapa y acerco el flexo para iluminarlo mejor. Pero no me dice nada, aparte de nombres de lugares. Vuelvo a escudriñar la historia del libro pero no le veo nada de extraño. Trata sobre un hombre que busca la respuesta de un acertijo: ¿Qué tiene poder sobre las personas, sobre el Sol y la Luna, y sobre las fuerzas que pueblan la tierra? Algo sobre la marca de los sueños y poca cosa más, aparte de la última frase: aprende a mirar el camino según el ángulo del prisma que tus ojos poseen.
Enciendo otro cigarro y pienso qué estará haciendo mi compañero Aarón, ¿Habrá descubierto algo? ¿Seguirá perdido por la cuidad? Voy a llamarle. Descuelgo el auricular y voy marcando sus números mientras se cambia de canción en la radio. Suenan ahora Nekromantix con sus golpes de bajo acelerados. La mejor banda sonora que puede tener esta historia. Allí, escuchando los tonos intermitentes calmos del teléfono, inmerso en una aventura que no avanza y el ritmo de esa banda que parece que fuerce la situación a darse más prisa.
“…avanza, avanza, no mires atrás, ellos vienen en tu busca, debes escapar. Avanza, corre a través de las cruces, zombies que te siguen, te intentan acorralar. Grandes hombres verdes hambrientos intentándote cazar, cruza en diagonal el cementerio, así lo llegarás a encontrar. Avanza, avanza, …”
Nada, Aarón comunica, le llamaré más…
“Según el ángulo del prisma, cruza en diagonal, aprende a mirar el camino,…” Fíate de las corazonadas fue la última frase del rector de la academia, y no se por qué me daba la sensación que había algo de cierto en esa frase.
Apago la música y me centro en el relato “cruza en diagonal para encontrar el camino…”. Saco una regla del último cajón y la coloco en diagonal sobre el papel, de esquina a esquina. Con el lápiz voy marcando todas las letras que hacen comenzar las palabras que hay en esa línea. Y parece algo sacado de algún libro de aventuras, no puede ser posible. “e c l i p s e”.
Eclipse es una zona que hay señalada en el mapa y le dibujé una gran cruz antes de doblarlo, guardarlo y salir de la oficina. Se me había tirado el tiempo encima sin apenas percatarme. Bajo las escaleras del edificio buscando las llaves del coche por alguno de mis bolsillos y noto que me falta la cartera; empezamos bien. Pienso en dónde la abré dejado cuando al salir a la calle embisto a alguien que hago caer al suelo.
-Perdone señorita.. -¿Perdone qué? –Dijo bastante enfadada. – ¿Es que no mira usted por donde camina? -Le pido disculpas señorita. –Y mientas la ayudo a levantarse continúo con la búsqueda de la cartera. –He salido corriendo de la oficina, lo se. ¿Se ha lastimado? -No, no, deje. Estoy bien. ¿Sabe? Es usted el primer hombre que me tira al suelo sin querer aprovecharse de mí, se lo agradezco.
Esa sonrisa picaresca, esa manera de arreglarse el pelo, ese lunar en la mejilla… La chica deseada por todos y tenida por nadie. Se apoya en mi hombro para colocarse bien el zapato y puedo oler su perfume delicado. Me mira y sonríe de nuevo. -Si le interesa, puede usted llamarme Niobe, señor… -Hell, investigador privado, para servirla. –Alcé su mano para besarla mientras la miraba. –Perdone de nuevo el atropello, pero ando un poco atosigado y las prisas me devoran. ¿Le apetece que le invite a una taza de café?
Supongo que quiso decir que si al guiñar el ojo tan sensualmente. Le cedo el paso, me coloco a su altura y caminamos hasta el cruce, frente al semáforo.
-¿Me permite hacer una llamada Niobe? Será cuestión de un minuto. -Haga, haga, no se moleste por mí, por favor.
¿Dónde debes estar socio? No he recibido llamada alguna y es tarde ya. Las tiendas han cerrado y las de los tatuadores se rigen a las nuevas normas. Debes estar al caer. Con el teléfono en marcha miro al final de la avenida, donde el bullicio de coches pierde la definición. El móvil de mi compañero da señal, pero poco tarda en saltar el contestador, mejor cuelgo, debe estar ocupado.
-Mire Niobe, es…
No está. La busco por todos lados, pero ha desaparecido, esfumado. Sin tan siquiera decir nada. Que chica tan extraña. Inspecciono los bolsillos dudando de la curiosa chica pero todo está en orden. Lo más importante lo llevo a buen recaudo en el bolsillo interior de la americana.
Encuentro el viejo 2CV y busco las llaves, pero el caos gobierna en mis atuendos también y los nervios hacen entorpecer más mis manos. El ruido de un volantazo llama mi atención haciéndome mirar justo en el momento que un auto intenta arrollarme, pero con el suficiente tiempo para saltar dejándome caer sobre el capó de su morro. El golpe me asegura que ha acariciado generosamente mi coche, pero este no para. La cara de estúpido que puse debió ser lo que hizo sonreír a Niobe, la conductora del auto suicida. Continúo sin entender nada y esta loca no detiene su coche. Me aferro a los laterales como puedo mientras me da bandazos con el volante para hacerme caer al suelo. Los pies los noto libres, a cada volantazo puedo verlos aparecer por un lado u otro de mi campo de visión. Al girarme, veo que entramos de lleno a la esquina de la gran avenida. Debo pensar rápido. ¿Qué hago? Uno de los giros bruscos me pone los pies a la altura del hombro y dejo irme del coche, saliendo disparado contra un Aston Martin gris de ’46 hundiéndole considerablemente parte de la chapa de la puerta delantera.
El coche desaparece. Lo que aparece enseguida son las magulladuras de mis manos y las partes deshilachadas de la chaqueta. Era ya tiempo de cambiar de traje, y lo del coche…siempre quise tener uno, pero un Aston Martin abollado no es coche para un detective.
El dolor que mi cabeza sufría tras el golpe no me dejaba mover las piezas de este extraño puzzle. Por un lado está Márquez, por otro el enano, el libro, el mapa, el acertijo, el calvo del bar y, ahora, Niobe; Una pieza más
Volví a la oficina a cambiarme la chaqueta y a lavarme las manos. Al abrir la puerta noté que Aarón había estado allí; esa manera de colgar el teléfono haciendo girar el cable alrededor del aparato es solo suya. Me echo alcohol en las manos para desinfectar las quemaduras y tiro la chaqueta al cubo de basura. Enciendo un cigarro y miro a través de las cortinas, a la calle, mirando a la nada y pensando en qué hacer.
Ese sillón acoge y resguarda mi cuerpo mientras tomo un leve descanso y me enciendo otro cigarro. La foto de mi mujer me observa, parece que me hable, pero la borro de mi vista con una cargada bocanada de humo.
La idea de ir al lugar del mapa invade mi cabeza. Cojo la primera americana que encuentro en el armario y salgo disparado de nuevo escaleras abajo. Cruzo la calle sin ni siquiera mirar, esta vez, si embisto a una bella señorita. Cruzo la calle, llaves en mano, y no reparo en el daño ocasionado a mi pobre coche. ¿Dirección? Casa de campo o…a donde llegue con esto. Estoy demasiado metido en el caso como para inmutarme ahora en cómo acabará la historia. Giro Gran Vía a la derecha rumbo a mi destino.
…
No puedo avanzar más. El camino que el mapa indica está vetado por enormes setos. Dejo el coche en ese descampado y llamo a Aarón de nuevo para informarle la situación y dónde me encuentro; sólo espero tener más suerte esta vez.
-¿Si? -¡Hombre, Aarón! –Por fin. –Escucha. Me encuentro en la Casa de campo. He encontrado un mapa y algunas cosas que no voy a tener mucho tiempo de explicarte ahora. -Si, oye, tengo unas pistas que me conducen al mismo lugar donde te encuentras, estoy llegando con mi coche. Espérame en el punto que indica el mapa que voy hacia allí. No preguntes por qué se lo de ese mapa, ya habaremos cuando nos veamos, ¿de acuerdo, socio? -¡De acuerdo, compañero! Te espero.
Vuelvo al coche en busca de mi arma. Aarón sabe lo del mapa también y yo no creo en las casualidades, así que más vale ir prevenido. Cierro el coche a llave, coloco la pistola tras el pantalón y me adentro por la foresta. El camino es denso, esquivando ramas y arbustos hasta llegar a un claro en medio de ese bosque. Un espacio en el que hay un camino que cruza de lado a lado del claro con una pequeña casita de madera en el centro. Justo el punto que el mapa me indica. Doy la vuelta a la casa para inspeccionar, pero al doblar la primera esquina, un cañón bien redondo y profundo apunta hacia el lugar donde mis neuronas se pelean.
-Hola de nuevo. Encantada de que haya venido a visitarnos. -¿Usted? –Exclamé con asombro. –Señorita Márquez, ¿se puede saber qué hace usted aquí? -No se altere, Hell. –Esa voz tranquila no me aseguraba nada bueno. –Hice que investigaran para poder encontrar al Señor de las Historias, es cierto. Y me ha conducido usted por buen camino. Cuando pensaba que iba a desistir intenté liquidarle con ayuda de mi hermana Niobe, supongo que la habrá usted conocido, ¿no? -Si, señorita, desgraciadamente su querida hermana ha sido algo grosera conmigo, aparte de destrozarme una americana muy querida. -No se lo tenga en cuenta Hell, es buena chica. -En todo caso, señorita, ¿podría explicarme qué intenta conseguir con todo esto? -Simplemente la exclusividad de poder conocerle y enseñarlo al mundo entero, mi querido detective. –Alzó la mano para acariciarme pero giré bruscamente la cara. -Está usted enferma señorita. -Si, quizá sea eso pero, por favor, acompáñeme hacia la puerta del caserón si es usted tan amable.
Y allí me encuentro con una belleza armada frente a una casa vieja y cerrada, esperando que el destino me guíe.
-Verá, señor Hell, no sabe usted…
Una voz familiar hizo que nos giráramos los dos. Mi querida amiga Niobe se hallaba justo detrás de mi compañero también encañonado. Vi su arma en la mano y pensé en la mía, aguantada por el cinturón; demasiado arriesgado, mejor la dejo.
- Veo que ya conoce a mi hermana.-Dijo la señorita Márquez cuando mi compañero y Niobe se acercaron. - ¿Su hermana? –La cara de poker de Aarón decía bien claro que no entendía nada- ¿Qué narices está pasando aquí? - Su socio se lo podrá explicar enseguida. Ahora, si son tan amables de marcharse, su labor aquí ya ha terminado.
Niobe se acerca a la puerta para arrancar un sobre que hay clavado a la altura de la mirilla. Lo abre cuidadosamente y esos ojos aturquesados se abren a más no poder. Una carcajada sale de su boca inundando nuestros oídos.
-Váyanse, por favor, déjennos a solas. –Dijo la fiera del volante.
Cojo a mi socio del brazo y nos despedimos de aquellas dos locas. No me preocupa lo más mínimo averiguar qué había dentro de aquel sobre.
-¿Qué crees que había escrito en aquel sobre Hell? -No lo se compañero. –Le dije mientras le envolvía con el brazo. –Lo que empezó como un misterio a acabado siendo un misterio, ¿no crees?
Miré mi viejo 2 caballos y pensé que ya era hora de jubilarlo. Era hora de empezar algo nuevo, tomar una nueva vida. Seguí con mi compañero y sonreí como siempre mientras arrancaba su coche. Embrague, primera y rumbo a dejar el camino.
-¿Sabes qué, compañero? –Le dije con voz satisfecha. –Creo que he decidido dejar de fumar.
Hell.
"imprescindible leer la historia de mi socio y compañero Aarón...si quieres saber toda la verdad": http://rapsodia1981.spaces.live.com/?owner=1 January 05 Cuentacuentos 02-01-'07
-Matar formaba parte de la naturaleza de Laura, eso lo sabemos y por tanto, creo que estoy en mi sano juicio de decidir por su futuro y velar por su seguridad y la de los demás.
-¿Pero no crees que esto será demasiado duro para ella? – Ötto no estaba de acuerdo con nuestra decisión. –Creo que deberíamos darle una oportunidad más para integrarla de nuevo en la sociedad.
-¿Pero estáis locos?- Gritó Lotta llevándose las manos a la cabeza. -¿Es que queréis que vuestros hijos acaben en el mismo pozo?
Lotta tenía razón y yo la apoyaba, pero Ötto no estaba de acuerdo con ello. El no ve que una chica, de apenas 15 años, deba ingresar en un centro, recluida, lejos de estar libre en la sociedad. Ve que es una niña, pero no llega a entender el demonio que lleva en su interior. El equipo de homicidios de la Polizei ha logrado encontrar hasta 8 niños en el fondo de aquél pozo. El último rescatado presentaba graves avances de descomposición; dedujeron que yacía dentro desde unos 6 meses atrás. Es una niña, si; pero peligrosa y asesina. Nada más.
-Creo que podríamos llegar a un acuerdo.-Expuso de nuevo Ötto.-Si encontráramos alguna solución conjunta y no tan radicalizada quizá, y digo quizá, habría un halo de esperanza para reinsertar a esa niña.
-Pero es que…
-¡Pero es que es una niña! –Gritó Ötto con nerviosismo.
-¡Es una asesina! –Enfurecido, golpeé con fuerza el hombro de mi compañero.
Nos desafiamos con miradas penetrantes y el silencio se adueñó de la sala. La tensión del caso nos enloquecía.Lotta se tornó hacia el muro tapándose los ojos con las manos. Era impensable dejar a un monstruo como ese rondar de nuevo las calles, las escuelas, los centros de ocio, … no. Imposible, hay que hacer justicia y darle la misma oportunidad que les dio a esos pobres niños.
-Mira Ötto…-Le decía calmadamente.-Lo siento. No puedo asegurarte que esa niña recobre la conciencia que necesita para vivir en libertad, pero tampoco me gusta cerrar las puertas a posibles cambios, si son para bien. Mi idea es dejarla, no encerrada, sino bien hospedada bajo vigilancia y trabajando con ella poco a poco y, si vemos que hay cambios positivos en su conducta, dejarla salir cada cierto tiempo para que se adapte al mundo. Pero, por el instante, lo veo difícil. Cree que lo siento, de veras, pero es mi decisión.
Ötto…-Comenzó a balbucear Lotta. –Yo espero que nunca llegues a vivir este drama pero, ¿qué pasaría si hubiera sido tu hija una de las niñas que hay en las camillas ahora mismo? –Lágrimas que empezaron a brotar en sus ojos, voz temblorosa; estaba cansada.
Es más –Le comenté. -¿Qué pensarías si fuera tu hija quien está encerrada en aquella celda? ¿No querrías que se recuperara? ¿Qué se curara? Piénsalo bien. Detente por un instante y piensa con el corazón en la mano.
El cansancio hacía mella en nuestras cabezas. Me senté, cogí un cigarrillo y me quedé pensativo mirando el mechero. ¿Cuál sería la mejor solución? Miraba a mis compañeros dando vueltas por la sala, discutiendo entre ellos, pero estaba cansado y todas voces, sonidos, gritos, ya no afectaban a mis oídos. Sólo el golpe que dio la puerta al abrirse violentamente hizo que perdiera la concentración.
-¡Profesor! ¡Herr Hönnefman! –Exclamó la enfermera que atravesó aquella puerta con cara de pánico. –Venga rápido. ¡Es esa niña, esa niña!
Mis compañeros no reaccionaron al salto que di para echarme a la carrera pasillo abajo hasta que escuché sus pisadas bastante más atrás.
-¡Oh, Herr Doctor! –Decía llorando. –Es horrible. Esa niña está enferma.
-¿Pero qué…-No me dio tiempo de formular la pregunta cuando llegué a la puerta de su celda. Abierta, y con algunos enfermeros en su interior con las manos tapando sus bocas. Mirando con pánico hacia una de las esquinas.
Mis compañeros llegaron deprisa flanqueándome para poder ver lo ocurrido y sus caras presagiaron algo que no estaba previsto. Lotta se arrodilló con la mano en el estómago, amagando nauseas. Ötto apoyando la frente contra la pared mientras la golpeaba con su puño y yo…allí inmóvil, pensando qué hacer: entrar, dejar, irme y abandonar, …entré. Y al apartarse los enfermeros que cubrían a la chica vi que estaba en aquella esquina, sentada, con la boca llena de sangre y sus muñecas desgarradamente abiertas en canal. Así solucionó su problema.
Matar formaba parte de la naturaleza de Laura, era cierto. |
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