M.'s profileCuando la verdad no es l...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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November 08 Cambio de domicilioPues sí...
Visto el resultado con las conexiones con las que el señor Gates nos tortura, he decidido seguir el ejemplo de muchos compañeros y mudarme al mundo Blogger.
Quién sabe si será a mejor o a peor, pero esto necesitaba un cambio y voy a por ello.
Así que, a partir de ahora, todos los relatos escritos por iniciativa de El Cuentacuentos van a publicarse en mi nuevo hogar.
Espero que no os dé muchos problemas (a aquellos que quieran pasar a leer un rato).
No voy a cerrar este espacio tampoco ya que en él voy a ir colgando fotos y, seamos sinceros, lo que me dé la gana; que para eso es mío! (con el permiso del señor Gates, por supuesto).
Ahí os dejo la dirección: http://apetitosangriento.blogspot.com
Bon appetit!
Vuestro amigo y compañero de letras:
Hell. November 06 Cuentacuentos 21, frase de Jara“-¿Qué haces? -Ver porno. ¿Y tú? -Pensar en ti. -¿Con un cuchillo en la mano? -Estaba cortando zanahorias. -Ah, claro. Y mientras estabas cortando zanahorias con un cuchillo pensabas en mí; que gracioso. ¿En alguna zona en particular o en todo mí, en general? Clara se acercó a Isaac lentamente, mostrándole su cara de niña mala que tiene ganas de jugar. Pasó por detrás del sofá y se reclinó a su lado. -En realidad tenía ganas de matarte. –le contestó mientras le colocaba la hoja del cuchillo frente a los ojos. –Pensaba que te gustaría saberlo antes de que lo hiciera. Que después me dices que no te aviso de nada. -¡Vete a freír espárragos! –vociferó mientras apartaba el cuchillo de un manotazo. Clara se marchó hacia la cocina soltando carcajadas. Era una chica irremediable. Le encantaba gastar ese tipo de bromas aun sabiendo que eran de mal gusto. Abrió la nevera para mirar que había para beber que estuviera decentemente fresco. El calor de ese agosto era insoportable y el poco dinero que tenían para subsistir no les permitía gastarlo en reparar el aire acondicionado. Una botella de cola a punto de acabarse y un par de latas de cerveza. Optó por lo segundo. Continuó preparando la comida. Tiró las rodajas de zanahorias a la sartén y esperó que el aceite las dorase. En el comedor, Isaac se estaba empapando de sudor entre el calor de la estancia y el porno que miraba. Era un chico sin remedio. Un salido, como dice Matilde, su hermana pequeña. Isaac escuchó el sonido del gas que se libera al abrir una lata de cerveza. -¿Qué estás bebiendo, cariño? -Una de las cervezas que quedan en la nevera. -¿Me traes la otra? -Mueve tu culo y levántate a cogerla tú mismo. -¡Anda y que te jodan! -¡Ya me gustaría que me lo hicieran! Isaac acabó por quitarse los pantalones y dejarlos sobre la camiseta, a un lado del sofá. Se levantó a abrir las persianas para dejar correr el aire y se acercó a la cocina a por esa lata fresca. Clara, su mujer, llevaba tan solo un camisón sin nada debajo. El sudor hacía que se le trasparentaran los pezones. Él se le acercó por la espalda y le paseó la mano por encima del izquierdo. -¿Se puede saber qué haces? -Es que te veía tan sensual que… -Si estoy caliente no es gracias a ti, sino a esta maldita ola de calor que nos va a dejar a todos secos. No vas a calentarme tú con las pintas que me llevas. ¿Son los mismos calzoncillos o tienes cuatro pares iguales? El aceite empezó a crepitar de manera escandalosa. Una brisa de aire caliente se introdujo por la ventana de la cocina. Clara abrió la boca para poder respirar algo mejor e Isaac abrió la nevera para aprovechar ese aire y enfriarlo un poco. -¿Y si dejamos la puerta de la nevera abierta, cariño? –le preguntó el chico mientras introducía su cabeza en el interior. –Se está fresquito aquí dentro. -Haz el favor de cerrarla. Poco dinero tenemos para que nos suban la factura de la luz. Además, por la tele dijeron que esto duraría menos de una semana. Ya llevamos cinco días así y parece que no para de subir. ¿Se acabará de un momento a otro, no? -Eso espero. Esta mañana he tenido que salir a buscar agua al supermercado protegido con un paraguas. No había casi nadie por la calle y los que había iban igual que yo. Alguno incluso iba tan solo con el bañador y las chancletas para no quemarse los pies en el asfalto. Isaac volvió al comedor. Observó que las aspas del ventilador del techo no hacían más que remover el ambiente caldeado. Colocó bien la sábana que cubría el sofá y se estiró para continuar mirando la tele. Por la pantalla se veía el plató del telenoticias vacío y una pequeña pantalla digital mostraba un mensaje repetidas veces. Alerta roja por la ola de calor. Alerta roja por la ola de calor. Alerta… El olor a humo hizo que el chico se levantara para ver qué ocurría en la cocina. La sartén estaba humeante. Corrió a quitarla del fuego pero este estaba apagado. Escuchó una leve explosión a su derecha. Otra más, y otra. Al girarse vio como los huevos que había en la cesta de aluminio estallaban solos. La temperatura aumentó unos grados más y le costaba respirar. Cada bocanada de aire aspirado le quemaba la garganta. Se giró para dirigirse hacia la nevera y encontró a su mujer con la cabeza metida en ella. -¿No decías que no hiciera eso? –preguntó con dificultad. –Déjame un lado, cariño. Este calor nos va a matar. Al intentar apartar a su mujer su cuerpo inerte cayó de espaldas al suelo. El rostro de Clara era horroroso. Tenía las venas del cuello y de la cabeza hinchadas. Su cara inflada de un color tirando a morado y su boca abierta con la lengua tiesa hacia fuera. El chico se echó hacia atrás golpeándose la espalda contra el mármol de la repisa. Apoyó las manos sobre este y el calor que irradiaba hizo que las quitara rápidamente. Los nervios hicieron que necesitara oxígeno en sus pulmones y respiró agónicamente ese aire abrasivo. Su mente empezó a nublarse y caminaba tambaleándose hacia el teléfono. Unos metros antes de alcanzarlo perdió las fuerzas y cayó de bruces al suelo. Se esforzaba en abrir la boca al máximo para poder insuflar algo de oxígeno aunque le quemara los pulmones. Estiró las manos para arrastrarse, clavando las uñas en las rendijas de las baldosas. Su cuerpo experimentaba una sensación asfixiante. Se quemaba por dentro. Tenía que intentar llegar al teléfono y marcar el número de urgencia. Faltaban dos metros y sus fuerzas le abandonaban. En sus ojos veía la mesita del aparato muy borrosa. Notaba la presión en su cabeza y como los globos oculares se hinchaban con cada palpitación de su corazón. Estiró el brazo intentando alcanzar la mesita para hacerla caer y vio su piel llena de ampollas. Como se tornaba de un marrón rojizo y sus músculos se quedaban lentamente tiesos. Sacó la lengua y palpó el aire con ella, le quemaba. Un olor a chamusquina flotaba en el aire. Dejó de notar su cuerpo justo antes de entrar en combustión. El fuego se propagó lentamente por su piel haciendo que se retorciera convertida en pequeños jirones chamuscados. Olió el hedor a plumas de pollo quemadas cuando el fuego arrasó su corto pelo rebelde llegando a derretirle las orejas. Todo su cuerpo quedó envuelto en llamas.” -¡Joder! –exclamó Marc. -¿Vaya historia más buena, no? -¡Vaya! –contestó Ivan mientras cerraba el libro. –Tengo ganas de leer más. Quizá esta noche, antes de irme a la cama. -Oye, preséntame a tu abuelo. Debe ser una persona genial. ¿Ha escrito más libros como este? -¡Ivan! –entró su madre gritando. –Te tengo dicho que no leas las cosas del abuelo. Trae ese libro aquí ahora mismo. -No te lo puedo presentar –le susurró a su amigo antes de devolvérselo a su madre. -, está encerrado en un centro psiquiátrico. -¿Y qué hace allí? -Dicen que está loco.
Hell. November 04 Cuentacuentos 20, frase de CarabiruUna mancha de vino en el mantel, el sonido del disco de pizarra arañado por la aguja del gramófono al haber llegado a su fin, los zapatos tirados por el suelo y el traje gris oscuro de Armani mal colocado sobre el respaldo del butacón de flecos. Isaac se mueve nervioso mientras descansa bajo las sábanas negras de raso. El sol penetra entre las grietas paralelas de la persiana mal cerrada. Impactan sobre su rostro, pero no le perturban el sueño. Estira el brazo suavemente hasta colocarlo bajo la almohada. Suspira, tose y suspira de nuevo. Murmulla algo ininteligible y aparece una sonrisa tímida. En el baño, el vaho del agua caliente de la ducha empaña el espejo. La cortina mojada trasparenta la silueta del cuerpo voluptuoso de Martinique mientras se aclara el jabón. Cierra el grifo, se envuelve en la toalla sedosa y se recoge el pelo con otra un poco más pequeña. El teléfono móvil de Isaac vibra en silencio sobre la mesita de noche, al lado del libro que no consigue terminar. Alarga el brazo y tantea hasta encontrarlo. Abre los ojos, respira profundamente y se atusa el pelo hacia atrás. Era Ana, su pareja, desde hace ocho años. Entorna los ojos en blanco y lanza el aparato al lado vacío de la cama. Se incorpora y ve, bajo la ranura de la puerta, que la luz del baño está encendida. Cubre su cuerpo con su albornoz preferido y va hasta la cocina para prepararse un café. Se sienta sobre uno de los taburetes de madera altos como el mostrador a esperar que el borboteo del hervor cese para poder servirlo. Martinique se coloca el tanga negro con transparencias, el sujetador que lleva a juego y se enfunda en el vestido, extremadamente ceñidísimo, tapando tan solo la mitad de su cuerpo. El contraste del negro del minivestido con el blanco de sus piernas y escote difiere a la perfección. Limpia el vaho del espejo con la toalla que llevaba enrollada en el pelo. De su bolso extrae un pintalabios rojo pasión y se los pinta con sumo cuidado, con elegancia. Un poco de rímel en las pestañas para realzar el azul radiante de sus grandes ojos. Con su larga melena rubia, aún húmeda, se hace una trenza que le cuelga por el hombro derecho. El frío del suelo hace que acelere el paso desde el baño hasta la habitación. Ve que Isaac se ha despertado ya; imagina que está en la cocina. Recoge las medias que hay bajo la ropa del chico y se las coloca acariciándose las piernas. Se calza los zapatos negros con un talón de vértigo, recoge su bolso y va en busca de Isaac. El joven está tomándose el café mientras hojea el periódico del día anterior. Levanta la vista y ve a Martinique radiante, como la noche anterior. Él le sonría, ella le guiña un ojo y mira al derredor. -¿Lo tienes preparado? -¿Cuánto me dijiste, cariño? –preguntó el chico. -Toda la noche son 400€, cielo. –responde la chica. Isaac coge la cartera de la mesita bajera que hay entre el televisor y el gran sofá negro. Saca un billete de 500, se lo entrega y le da un beso en la frente. -Me lo he pasado genial. Eres divina. -Muchos me dicen lo mismo, pero debo reconocer que has sido cariñoso conmigo. -¿Volveremos a vernos? -Depende de tu bolsillo, ¿no crees? Isaac agachó la cabeza y se fijó en el poso que el café había dejado en el fondo de la taza. -Cierra la puerta cuando salgas. –le respondió cabizbajo. -¿Qué te ocurre, cielo? –pregunta Martinique extrañada. -¿No habrás pensado que contigo es diferente, no? -Pensé que… -guardó silencio. –Nada. Cuando tenga ganas de verte ya me pasaré por allí. Muchas gracias por tus servicios. -De nada mi amor. –dicho esto giró sobre sus talones y camino hacia la puerta. -¿Sabes? La chica se dio la vuelta con el pomo de la puerta en la mano y miró fijamente a los ojos de Isaac. Él la miró con los suyos vidriosos. -Si crees que pagando encontrarás a una chica decente pierdes el tiempo. –le lanzó un beso con la mano y, antes de cerrar la puerta añadió: -Espero tu llamada, cariño; porque sé que lo harás. Los tacones se escucharon hasta que llegaron a la planta inferior. Isaac volvió a coger el periódico, se sirvió otra taza de café y se sentó en el sofá. Y allí, frente al televisor, pasó el resto de la tarde del domingo; mirando películas románticas y esperando que Ana le llame de nuevo.
Hell. September 23 Cuentacuentos 19-Incluso el que menos te lo esperas podría ser el que buscamos. –comentó Hurtado mirando a Goretti de reojo. Le pasó los binoculares y apoyó la espalda contra la pared para encenderse un cigarro.
La sargento Ana Goretti no salía de su asombro. Esa chica tan frágil, tan amable, tan cordial. La chica que días atrás la invitó a su piso para agradecerle lo que había hecho por ella. La misma chica que ahora estaban vigilando desde el tercer piso del bloque que hay justo en frente del centro comercial. ¿Con quién se habría citado en La Vaguada? ¿Con su próxima víctima? ¿Con su ayudante en los crímenes?
-No veo a nadie sospechoso, Hurtado. –la sargento se detuvo al ver la persona que se acercaba a la chica. –Esto no puede ser.
-¿Qué ocurre Ana?
-Adivina quién está ahora mismo con Sonia. –la cara de Goretti mostraba incertidumbre. Se giró hacia su compañero y aclaró. –Alonso Tarapiella está hablando con ella. ¿Te lo puedes creer?
-¿Pero es que está loco? –el inspector se arrodillaba para observar sobre la baranda. –Va a estropear la operación.
Hizo sonar tres veces el mando del walkie para avisar a los agentes que iban disfrazados por el parque del recinto. Necesitaba tiempo para pensar. No esperaba que Hell apareciese así, y menos que entablase conversación con ella. Se acercó el aparato a sus labios cuando la sargento le tocó el hombro.
-Espera, Hurtado. –pidió. –Estoy viendo un punto rojo en la ropa de nuestra sospechosa.
-¿Cómo?
-¡Que la están apuntando desde algún lugar! –cogió al inspector de una de las solapas, nerviosa. –Avisa a los chicos que no se muevan, que no hagan ningún gesto brusco. No es a ella a quien buscamos. ¡Nos han tendido una trampa!
Mientras, en el parque del centro, Tarapiella se separó un par de metros de la chica al ver el mismo punto rojo que divisó la sargento. Esperó que desde el punto de vigilancia dieran el aviso a los demás para que no hicieran nada.
-Sonia –dijo el agente. –te están apuntando desde algún lugar con un punto de mira. Tienes un puntito rojo sobre la zona del estómago. No te pongas nerviosa.
-¿Pero que… -ésta se echó hacia atrás también. – ¿Se puede saber qué está pasando aquí?
-Los del departamento te estaban siguiendo porque pensaban que eras tú la persona que había cometido los crímenes. Estaban tan seguros que querían darte caza hoy mismo, pero no eres más que otra presa del verdadero asesino; el mismo que te está apuntando desde algún lugar. No te muevas, por favor.
La chica camino hacia atrás con cara de pánico. Miraba a todos los edificios que había frente al centro comercial. Notó el duro cristal en su espalda y deslizó una mano para poder abrirla. Al momento que se giraba lentamente, Tarapiella vio que el puntito rojo seguía encendido pero estaba muy estático. Si el francotirador estuviera apostado en algún edificio no podría tener ese pulso tan perfecto. Debía estar más cerca. Miró por el reflejo del cristal las zonas donde podría esconderse alguien con un rifle sin que le vieran desde los puntos de vigilancia en donde estaban sus compañeros. Observó algo entre los grandes maceteros que habían detrás, a la izquierda de la entrada. El haz de luz salía de entre las pequeñas ramas del arbusto. Allí no podía camuflarse nadie, demasiado pequeño para una persona. Se fijó en Sonia de nuevo y consiguió ver que sostenía algo en su mano. Pensó en aquellos aparatitos de láser que vendían en algunas tiendas y entonces lo vio todo claro: lo accionaba ella misma desde un pequeño control remoto; tan minúsculo que era posible dismularlo en la palma de la mano. ¡Quería escapar!
Rápidamente sacó de debajo de la americana su Glock 31 modelo especial y apuntó a la cabeza de la chica; la misma con la que hace un par de noches inundó la cama del hotel con sudores de placer y sexo.
-¡Sonia! –gritó el agente. –Creo que me debes alguna explicación.
La chica se giró lentamente con una pequeña Beretta S92 que guardaba bajo la ancha solapa de su gabardina Burberrys, estiró su brazo y apuntó a Tarapiella también a su cabeza. La gente vio las armas y se tiraron al suelo. Fue como un gran dominó. Desde los que se encontraban al lado de los dos desafiantes hasta los más alejados de la entrada. El silencio se acusó en el momento. Tan solo se escuchaban los coches que pasaban por la calle de enfrente ajenos a lo que ocurría. No había gritos de pánico ni ruidos. Los dos allí de pié, cara a cara, apuntándose mutuamente a la cabeza con apenas diez metros entre ellos. Él la miraba con los ojos clavados en los suyos. Ella le respondía con la misma osadía.
Goretti y Hurtado no se lo podían creer. Avisaron por radio que nadie, rotundamente nadie, se involucrara en ese momento. Los chicos del puesto de perritos calientes esperaron con las manos metidas en las fundas, bajo los trajes. El agente del quiosco se preparaba con la escopeta de dardos paralizantes preparada bajo el tablero. La tensión podía respirarse.
-Quería acabar contigo la noche pasada, ¿sabes? –comentó la chica con su brazo tenso. –Pero no lo hice porque vi algo en ti que no me dejaba. Espero que me comprendas. Sólo venía a despedirme, a darte un último beso antes de desaparecer.
-Casi acabaste conmigo, cariño. –se atrevió a contestar Tarapiella mientras le mostraba una mueca con la boca. –Pero de placer. ¿Por qué el pequeño aparato para hacerme ver que te están apuntando?
-Porque sabía que me estabais cercando. Me extrañó que me quisieras citar en un lugar al aire libre y por eso imaginé que tus amigos estarían apostados por los edificios para vigilarme y esperar el momento para detenerme.
-Eres una chica lista.
-Y tú lo serías también si te dieras la vuelta y dejaras que me escapara. De lo contrario uno de los dos acabará con una bala entre las cejas y sabes que soy muy buena con el tiro. Viste mis trofeos.
-Sí los vi pero, ¿sabes qué? –preguntó mientras levanta las cejas repetidamente.
-¿Qué?
-Te falta uno de ellos.
-¿Cómo? –preguntó extrañada. -¿Cuál de ellos?
Un disparo se escuchó en el parque. Los que estaban estirados en el suelo rezagaron más aún sus cabezas por el ruido. Otro silencio. La sargento Goretti estaba con las manos tapándose los ojos esperando lo peor. Los chicos del puesto de perritos calientes y el del quiosco no podían creer lo que veían. Hurtado se quedó boquiabierto con el walkie en la boca a punto de decir algo. Y un hilo de humo denso salía del cañón de la Glock 31 modelo especial camino del cielo. Alonso Tarapiella estaba de pié mirando como la chica perdía el equilibrio, las piernas le flaqueaban y acababa desplomándose en el suelo mientras un reguero de sangre se estrellaba contra la puerta de cristal medio abierta. Más silencio.
El agente bajó lentamente el arma y se acercó a la chica para mirarla a la cara. De un agujero en mitad de su frente salía un chorro de sangre que se descendía por la nariz y surcaba las curvas de sus pómulos. Le lanzó un beso con la mano y pensó: ¿Qué premio va a faltarte? Yo. Hell. September 10 Cuentacuentos 18Se mordió los labios hasta que le sangraron los silencios y esperó pacientemente hasta que sus oídos consiguieron captar todos los ínfimos sonidos que el viento le acercaba. El oleaje brumoso estrellándose contra las rocas veinticinco metros bajo sus pies. El chillido de las gaviotas cerca del faro que gobierna este acantilado. El grave silbido del pesquero que anuncia su llegada a puerto. Incluso los pequeños granos de tierra que se mueven, rozándose entre sí, bajo sus zapatos. Todo estaba en calma.
Esperó a que su lacio pelo cambiara una vez más de balanceo a merced del aire. Que un nuevo olor fuera percibido dejando atrás el último recordado. Y esperó un poco más.
Cuando ya nada cambiaba, cuando todo era uniforme y unísono, decidió levantar un pié y avanzarlo al vacío.
Notaba como cambiaba de posición aligerando su peso al perder la gravedad del suelo. Podía sentir el aire frenando inútilmente su cuerpo y como ahora su pelo quedaba alisado hacia arriba.
Abrió los ojos para poder ver como se acercaba velozmente las rocas que quebraban el oleaje de ese mar oceánico tan querido desde niño y notaba como una leve sonrisa hacía que la piel de sus labios se tensara.
Cerró sus ojos de nuevo al oler la sal marina tan cerca. Esa sal que tanto escuece al penetrar por los desgarrones que las rocas le producen al haber rasgado brutalmente la piel. Esas rocas que han hecho resquebrajar sus huesos aún en el interior de su cuerpo. Notaba como el esternón se partía y las costillas agrietadas se le clavaban en los pulmones dejando insuflar un aire nuevo cargado de sangre. Las caderas se hacían añicos en contacto con una punta cortante y una nueva bocanada de aire fresco penetraba en su interior, en el mismo espacio que segundos antes descansaba su estómago y parte de los intestinos. No notaba ya dolor.
Esperó y volvió a respirar. Contó hasta tres y abrió una vez más los ojos –ahora inyectados en sangre-, y vio cómo el mar, su querido mar, se tornaba púrpura mientras sonreía. Ahora escuchaba las gaviotas, el pesquero, el oleaje del mar; hasta el silencio de su dolor que se iba apagando lentamente. Hell. September 03 Cuentacuentos 17-La belleza era su mayor bendición, pero también su maldición. –dijo mirando al vacío, inmóvil. –tenía algo que muy pocas chicas poseían y quiso mostrármelo a mí de esta manera tan espectacular.
-Vamos a ver… -O’Connor estaba ya más que harto de escuchar tanta necedad. Habían pasado más de dos horas desde que consiguieron una orden penitenciaria para poder interrogarle. – ¿me estás diciendo que ella quería que lo hicieras?
-Está claro, ¿no? Me lo pedía cada noche que dormíamos juntos.
-¿Sabes lo que me costará intentar sacarte de aquí? ¡Estúpido!
El grito que profirió su abogado hizo que el alguacil abriera la mirilla de la puerta para ver lo que ocurría en la sala. O’Connor, uno de los mejores abogados del Este de California estaba de pié, dando tumbos por la pequeña sala blanca, iluminada por unos parpadeantes tubos fluorescentes que dotaban de un tono pálido la piel de la cara de Johny Richards. Hijo de un magnate del petróleo que estaba en trámites para ocupar el cargo de vicepresidente del partido conservador a pocas semanas de empezar a captar los votantes que necesita para poder ganar las próximas elecciones al senado. Algo que, tras el duro golpe que la familia ha recibido al tener a su hijo en la penitenciaría estatal a punto de ser juzgado y con la posibilidad (no muy remota) de que tenga que cruzar ese pasillo bautizado como “el corredor de la muerte”, no tiene tan seguro ahora. Al chico le encontraron restos de cocaína y otras sustancias psicotrópicas en el análisis que le hicieron justo después de ser arrestado conduciendo su Hummer a toda velocidad por la interestatal camino de alguna parte lejos del estado.
-¿Sabes que te la juegas a cruzar el corredor? –preguntó por enésima vez su abogado mientas tomaba asiento y cogía la botella de agua para refrescarse la garganta. –Esto no es uno de esos juegos de los que te librará papá con su dinero. Te juegas la vida muchacho. –encendió un cigarrillo y dejó el paquete cerca del preso para que se sirviera. –Cuéntame una vez más lo ocurrido, pero esta vez quiero oírlo todo, ¿de acuerdo?
Johny se encendió un cigarro y saboreó la calada mientras miraba cómo la punta de la brasa quemaba el papel convirtiéndolo en ceniza; como quedaría él después de ser incinerado tras su ejecución.
-Todo fue como siempre, al principio, claro. –calló de nuevo y observaba el cigarro cómo desprendía ese humo hacia su cara. –conocí a esa chica gracias a mi estatus social –como a muchas otras. –y quiso quedar conmigo para que la invitara a cenar, igual que lo quieren todas; pero eso chica tenía algo especial. Era tan guapa, tan suave, con esos ojos tan grandes y verdes…
-Sigue, por favor. No te vayas por otros caminos. ¡Al grano!
-El caso es que después de cenar fuimos a tomar unas copas al pub de Luiggi, cerca de la setenta y tres con road square. Allí unos amigos nos proporcionaron lo de siempre: algunas anfetaminas y algo de cocaína. No te extrañas de eso, ¿no Twety?.
-Martin, por favor. Llámame por mi nombre y continúa, ¿quieres?
-Pues eso. Que tomamos muchas copas y bailamos como posesos hasta que ella, visto que no conseguía nada para meterse, me insinuó de ir a casa. ¡Es que todas quieren lo mismo joder! –tras los gritos, cesó de hablar. Apagó el cigarro sobre la mesa y miró fijamente a su abogado.
-Sigue.
-El caso es que fuimos a casa a tomar la “última copa”, según ella; pero estaba más que visto que quería meterse de todo y gratis la muy zorra. Nos estiramos sobre la cama y dejé el gramo encima del espejo de la mesita junto una botella de Chardonay. No tardó nada en abalanzarse sobre la papelina mientras yo me metía en la boca las anfetaminas que Lucas me dio. Abrimos la botella de vino y ella le dio un gran trago dejándome ver sus fosas nasales inundadas del polvo blanco. El efecto no tardó mucho en subirnos a los dos y nos fuimos desnudando mientras reíamos. Empezamos a follar y ella me decía que parara para poder meterse una raya más. Eso me molestaba. ¿No ves para qué quería follar conmigo? Pues bien. Antes de llegar al orgasmo me gritaba que le gustaba muchísimo que estuviera dentro de ella. Cada vez más alto, más fuerte. “más adentro, mucho más” no cesaba de gritar y empujé todo lo que pude hasta que perdí el conocimiento.
-Entonces… -Martin se encendió un cigarro más antes de continuar. El silencio se hizo sepulcral. -¿no recuerdas en qué momento cogiste el espejo y se lo clavaste en el estómago? ¿Ni cuando abriste su brecha para intentar meter tu cabeza dentro mientras gritabas “¿así de adentro me quieres, puta?” y, claro, tampoco recordarás cómo Jeffrey, tu íntimo mayordomo, te metió en la bañera para limpiar tu cuerpo repleto de sangre para que no te inculparan, llevándose el cuerpo de Lisa a un descampado poco antes de ser interceptado por un coche patrulla, ¿no?
-¿Jeffrey? –dijo mirando al vacío. -¿Quién es Jeffrey?
Hell August 02 Cuentacuentos 14,15 y 16Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir. La luz del flexo le hacía sudar; también los nervios al no poder ver quién está al otro lado del haz, en la zona oscura. Tan sólo lograba definir unos finos y clásicos zapatos negros medio camuflados por unos finales de pantalones de buen tejido, de un azul oscuro brillante; rara vez vio algo semejante. Los segundos se pasaban eternamente lentos. La respiración entrecortada le servía de cronómetro. ¿Cuánto tiempo llevaba ya despierto? Sentía dolor en las sienes, pero no de algún golpe ni algo similar sino como si la noche antes hubiera estado bebiendo sin cesar. Debió haber entrado en el apartamento justo antes que él y le esperó a que le diera la espalda, despistado y sosegado como cada noche al dejar la comisaría y apartar el caso para el día siguiente –algo no tan normal en un agente como él. –seguramente lo habría atacado con un pañuelo impregnado en formol o alguna sustancia adormidera aplicándole también algún tipo de llave para inmovilizarlo, dejándole dolorido el hombro. Intenta ganar tiempo abriendo y cerrando los ojos simulando estar en trance mientras observa todos los ángulos que sus ojos le permiten ver sin apenas moverlos. Aparte de la silla a la que está atado con una gruesa soga (unos nudos muy bien hechos, por cierto), hay una mesa con algunos papeles bien colocados, una cartera, una porra, un sacacorchos bastante rudimentario y un teléfono móvil. Un regusto a sangre le viene al tragar saliva. ¿Se habrán divertido golpeándole mientras estaba drogadamente dormido? ¿Habrán? Piensa. Sólo ha escuchado una voz ronca, grave y con acento italiano. Se siente confundido. Es hora de despertar del trance y averiguar de quién se trata, qué es lo que quiere y, en el peor de los casos, si es posible salir vivo de aquella situación. -No hay mayor desprecio que no cumplir cuando se pide algo de buenas formas, -dijo esa voz, más cercana al norte, Piomonte, que a la legendaria Roma. –se te avisó una vez, dos veces y has hecho que se te pida una tercera y, posiblemente, última vez. -No sé de qué me hablas. –masculló el agente. –No sé quién eres, ni dónde estoy, ni el porqué de todo esto. El gemido que se escapó de la boca de Aarón fue, más que del simple golpe aplicado en el mentón, del dolor que su cabeza sufrió al estar aún aturdida por lo utilizado la noche que lo raptaron. Balbuceó algo irreconocible y un largo tirón de saliva comunicaba el labio inferior con la pechera de su camisa blanca de seda desgarrada y, ahora, sucia. -Te refresco la memoria. –comentó el sicario. –Has metido tu asquerosa nariz en la casa de mi jefe. Tuviste una mini-entrevista con él donde quedó claro que no tenía nada que ver con los asesinatos ocurridos en España y, menos aún, el más reciente aquí en Toulouse. El jefe es una persona socialmente reclamada para muchos eventos de los que tú, poli de poca monta y estando fuera de tu jurisdicción, no deberías entrometerte. Es una persona… Le escuchó en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado. Necesitaba prestarle mucha atención para que el agente supiera quién era ese matón. Su jefe era claro de quién se trataba: del intento de marqués que ocupa un castillo apoderado por una subasta y autoproclamándose con un título social que el dinero (de dudosa procedencia) hacía ostentarle. Su sexto sentido le predecía que alguien más se encontraba cerca; quizá al fondo de la zona oscura hubiera una puerta y alguien tras ella vigilando que nadie más molestara. ¿Dónde se encontraba? Pensó rápidamente el las habitudes de la mafia: podía tratarse del sótano o la despensa de un restaurante italiano. Un almacén de productos de importación. El propio castillo del falso “marqués” d’Angello o… ¿un matadero? El caso es que debía actuar y rápido. Recordó la técnica que le reveló un prestigioso escapista cuando estaba en una de sus primeras misiones que le condujeron a Rumanía. Allí, en el circo…
(continuación-03-08-'07)
Allí, en el circo, todo fue más tranquilo. Artrovik, ilusionista, mago del escape y un gran ladrón de guante blanco, le enseñó todos los trucos necesarios para que con un simple juego de muñecas y la sensibilidad (adquirida con el paso de los años) de las yemas de los dedos le resultara útil por si la situación requería ese servicio. Lo malo del caso es que la única luz que había en toda la habitación enfocaba directamente sobre él. Difícil momento para probar de escapar sin desviar la atención del gorila italiano que aún no había dejado de hablar lanzando, de vez en cuando, algún improperio en su lengua y regalando uno o dos puñetazos a la cabeza del agente que en esos momentos estaba tan inmerso en sus pensamientos que apenas echaba cuentas de los golpes recibidos. Aarón intentaba pensar, y lo más deprisa posible. Pensaba en él y en su situación, en cómo solucionarla, en dónde estaría el bueno de Hell en ese momento que tanto lo necesitaba; y hubiera seguido pensando si el teléfono no hubiera hecho cesar el monólogo que el mastodonte –el tamaño de los golpes lo confirman –estaba recitando y lo alcanzara estirando el brazo, dejando a la vista del maniatado agente la mano con un gran sello de oro impregnado de una sangre bastante familiar para él. El tipo colocó el móvil en su oreja aguantándolo con el hombro mientras se limpiaba las manos con, lo que la luz dejó ver en un momento, algo que parecía una toalla colgada de su cuello. Era un profesional en el tema, lo estaba comprobando en sus propias carnes. -Pronto, comme va? –la voz del grandullón parecía más temerosa ahora que lo escuchaba hablar en su lengua. –Ok! Aarón no logró interpretar nada de los sonidos escuchados al otro lado de la línea ni de lo que su captor (y torturador) había respondido tan escuetamente. Tiempo le dio, eso sí, de conseguir liberar sus pies de las ataduras poco fornidas que le habían aplicado. “Las vueltas se dan hacia dentro” –pensó mientras una burlona sonrisa se escapaba de la comisura de sus labios. El troglodita bien vestido lo había anudado al revés. Todo fallo es humano, incluso en la mafia… -¿Te ríes de algo en especial, capullo? –preguntó mientras volvían a temblarle las manos al tener que elegir qué hacía servir primero: o la porra o el sacacorchos. Mientras, el agente pensó lo mismo e intentó que hiciera servir lo segundo porque sabía que ese aparato era aplicado en las rodillas, perforando primero la rótula haciendo que ésta estalle al llegar al tramo más grueso del utensilio. Debía hacer que atacara sus piernas, ahora libres; pero sabía que también debería hacer que el golpe y la llave que le sigue fueran certeras. Sólo tendría una oportunidad para comprobarlo ya que continuaba con las manos atadas a los brazos de la silla. -¿Vamos a brindar por algo en especial? –musitó con cierto aire teatral. –Es que no veo las copas ni el vino, pero sí el sacacorchos para abrirlo. -Así que estamos de cachondeo, encima. –el tipo del traje azul oscuro brillante alzaba el aparato acercándoselo a la cara del agente hasta clavarle la punta en la nuez de la garganta. –Pues mira, ahora que lo dices. Podríamos brindar por tu regreso a tu casa. Lástima que brindaríamos por nada, porque sería algo imposible en la situación en la que estás. Así que tienes dos soluciones: o me cuentas (utilizando igualmente el utensilio con su rodilla) a qué habéis venido tú, y el capullo de tu socio, al castillo del señor o utilizo el sacacorchos para…sacarte el menisco de un estirón. -Justo cuando el matón está a punto de colocarse bajo la luz para ser observado, un ruido tosco y sordo se oye cerca de ellos. El italiano, extrañado, deja el aparato sobre la mesa para desaparecer en la oscuridad hasta que se escuchan unos golpes en algo metálico. “Bingo” se le dibujó al agente en la cabeza. Era el momento para intentar deshacerse de los nudos de las muñecas. -Bruno! Bruno! Cosa fatti??? –el silencio fue la respuesta al gorila. –Bruno! Comme va? -Va benne, –se escuchó al otro lado que una voz decía. – beníssimo! Apre la porta que porto un regalo! El ruido de un pasador duro, posiblemente muy oxidado, rechinaba al ceder a la fuerza bruta de ese hombre con piedras como manos. -C’è cosa? –fue lo único que logró pronunciar antes de balbucear algo al escuchar el “clic” de un resorte mecánico. La luz blanca de los fluorescentes inundó la sala haciendo cubrirse los ojos al agente que ha conseguido liberarse con sus propias manos, pero demasiado tarde. Cuando los ojos de Aarón consiguieron esclarecer las sombras y definir poco a poco lo que se encontraba ante sí, una sonrisa de alivio se le dibujó en su dolorida y magullada cara. El matón que le había golpeado –grande, con camiseta de tirantes, pantalones de pinza y una toalla al cuello; tal y como lo había imaginado- estaba de rodillas en el suelo con el cañón de una pistola metido en la boca. -¡Hell! ¿Has tardado esta vez, no? –dijo Aarón sonriendo. –Mira cómo me han dejado la cara y tú por ahí, de cachondeo. -No sé quién es esta gente realmente socio. –Hell golpeó al sicario en la sien con la culata del arma. Miró atentamente la pistola. –Se trata de una Beretta 92-S fabricada a partir de 1977 y a la que sólo tenían acceso las FF.AA. italianas y la policía del mismo país y si eso tiene algo que no me cuadra es que…es posible que estemos tratando con antiguos militares (mercenarios en su caso) o policías retirados del país de los tifosis. Debemos andar con mucho ojo e intentar salir de aquí; no pintamos nada ya. Desaparezcamos y ya intentaremos acercarnos a él de otro modo. Aarón ya había atado con sus cuerdas al matón que descansaba inconsciente en el suelo. -Debería meterle la porra en la boca y el sacacorchos por el… -Démonos prisa. –ordenó Hell saliendo veloz de la habitación. –Estamos cerca del Garona. Saltemos por la ventana más cercana y dejémonos llevar por la corriente hasta el centro de la ciudad, en la Daurade. En el caso de que nos vieran no creo que intenten hacer nada en ese lugar tan concurrido. –se detuvo en la ventana que había situada justo antes de la esquina que comunicaba un pasillo con el otro. –Venga socio, ¡Salta! -¡Cuidado Hell! ¡Detrás de ti! –gritó mientras se subía al marco del ventanal a punto de saltar al agua, no tan limpia y azul como muestran las postales que venden en los quioscos. Hell se giró con sólo escuchar el primer grito y eso hizo que viera el golpe que otro de los guardianes de d’Angello iba a asestarle con una gran porra metálica. Esquivó el golpe echando su cuerpo hacía atrás y basculando rápidamente para asestarle un buen directo y un gancho al mentón. KO en el primer asalto, como en los viejos tiempos. Pero la alegría de tumbarlo en dos golpes se desvaneció al escuchar a lo lejos el ruido de una docena de zapatos corriendo escaleras arriba. Se giró y observó a su compañero colgado de la cornisa con los pies apoyados en ningún lado. Se subió también al marco y saltó al mar lo más lejos que pudo. -¡Salta! ¡Ahora! –fue lo único que llegó a decir antes de zambullirse en el agua verdosa del tranquilo río. Apareció por la superficie justo cuando Aarón se dejaba caer, dándose algún que otro golpe en la pared inclinada del castillo; hundiéndose en el agua en el mismo momento que los italianos que se asomaban en la ventana apuntaban con sus pistolas lanzando injurias al aire. Hell sabía que no iban a disparar si no era un blanco asegurado; no se pueden arriesgar a armar un escándalo en un paraje tan tranquilo como ese. Los gendarmes no tardarían en aparecer y eso no les haría ninguna gracia, ni a unos ni a otros. Los dos agentes nadaron con tranquilidad, dejándose llevar por la corriente, río abajo y disfrutando del paisaje desde una perspectiva diferente. -Aarón, ¿esa no es la camisa de seda de Armani que te regaló Sofía para tu cumpleaños? -Ni nombrar a Sofía lo de la camisa, ¿de acuerdo? –lo miró frunciendo el ceño. -¿Por qué has tardado tanto en aparecer? -Ya te lo explicaré con más calma cenando esta noche, mientras… -sonrió a Aarón poniendo cara de circunstancia. -Mira que si se entera cómo tratas lo que te regala… June 20 Cuentacuentos 13Dedicado a todos los que formais Cuentacuentos y, especialmente, a los que me habéis sorprendido hace poco con vuestras palabras personales. Que sepais que está bajo un marco colgado allí donde pueda verlo a diario.
Muchas gracias!
Para Niobiña:
Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera, se pintaba anclas, estrellas y golondrinas imitando los tatuajes de los más intrépidos marineros. Siempre quiso ser un aventurero y cada atardecer se sentaba en el acantilado que había cerca del puerto para divisar los barcos que llegaban de alta mar. Desde lo alto se figuraba que era el puesto de vigía y miraba a través de un tubo de cartón que lucía como el mejor de los catalejos.
-¡Marc! –gritó su madre a lo lejos. – ¡Entra ya en casa que se está haciendo oscuro!
Pero Marc se quedaba allí esperando ver entrar el barco que traería a su padre de vuelta a casa.
Anna, su madre, se acercaba a él con unas mantas para cubrirlo de la humedad y del frío que en aquella época el invierno traía consigo. Lo arropaba y se sentaba a su lado cobijándolo bajo su brazo y mirando también al horizonte.
-Mamá, ¿cuándo volverá papá?
La madre miraba a su retoño, le acariciaba el pelo y lo apretaba contra su cuerpo. Se quedaban en silencio y lo único que quebraba esa monotonía era el chillido de las gaviotas volteando a los barcos, esperando que desecharan el pescado sobrante para darse un buen festín.
-Venga Marc, vamos, que la hierba empieza a humedecerse y nos va a coger frío.
Se había hecho oscuro y sólo la luz de la luna les indicaba el camino y los destellos intermitentes del faro hacían que las sombras de los árboles se movieran de un lado a otro. El niño blandía su espada en contra de esas sobras juguetonas intentando proteger a la madre del peligro de los malvados piratas negros del barco del bosque y ella le sonreía agradeciéndole su valentía hasta llegar al porche de la casa; allí el niño se sentía más seguro. La madre también.
-¿Cuántas veces te he dicho que no te pintes los brazos Marc? –le gritaba su madre mientras intentaba arrancar con una esponja dura los dibujos de las golondrinas. - ¡Te he dicho mil veces que no te hagas esos dibujos! -Pero mamá… -¡No hay peros, Marc! –insistía en frotar. –No me gustan esos pájaros ni me gusta que te pintes el cuerpo como un vulgar marinero, ¿de acuerdo?
El niño, refunfuñando y con los brazos escaldados del rozamiento de la piedra, subió a su habitación y se escondió bajo las mantas de su cama escondiendo su espada de madera bajo la almohada y su catalejo de cartón bajo la cama.
Esa noche el niño no podía dormir y se quedaba inmóvil observando la luna desde la ventana que había en el techo de la habitación pensando que estaba en el camarote de un gran y precioso barco que surcaba el océano y le conduciría hasta donde se encuentra su padre. Lo imaginaba, un valiente pirata, viviendo en una isla tropical, en una casa de madera construida por él mismo en lo alto de un árbol y que se podía descender por una liana que llegaba hasta el suelo. Que podría estar sentado en una mecedora mientras su padre le explicaba mil aventuras inimaginables: cuando eran perseguidos por los marineros asiáticos esquivando lanzas y flechas o cuando atracaron el barco español que transportaba cofres llenos de monedas de oro que llevaban desde América del sur hasta la costa española.
La mañana siguiente Marc despertó sobresaltado, era tarde ya. Corrió al baño a ducharse y, aún somnoliento, dejaba que la caliente ducha acabara de despertarle. Cogió la toalla que tenía más a mano y se colocó frente al espejo mientras observaba lentamente su cuerpo que secaba con delicadeza. Allí permaneció desnudo observando las golondrinas que llevaba tatuadas a ambos lados de la estrella marinera, bajo su ombligo. Pasaba los dedos por encima. Se acariciaba el estómago paseándose por las anclas que tenía a cada lado del cuerpo y se detenía al llegar al barco de su pecho donde las caras de su padre y de su madre descansaban sobre las velas que figuraban ondear a merced del viento. Sobre ese barco llevaba tatuado una leyenda y al leer esas palabras las fuerzas le flaqueaban y no podía impedir que unas lágrimas se escaparan de sus ojos vidriosos.
Mientras se colocaba la camiseta de rayas rojas y negras iba mirando sus brazos tatuados. Cada uno tiene su historia y representan épocas de su vida, su triste vida. Ninguno de ellos tiene color. Solo tinta negra para describir bajo su piel lo vivido desde aquellos días en que el niño, intrépido pirata soñador, crecía al lado de una madre que perdió a su esposo en alta mar. Y continuó su vida cuando esa madre le abandonó el día que saltó desde el imaginado puesto de vigía esperando caer entre los brazos de su amado.
Hell. April 19 Cuentacuentos 12 (Iª parte)Nunca he sabido hacer el equipaje aunque poco me importaba esta vez porque esperaba que este viaje fuera corto y, aunque con miedo, esperaba también que acabara bien.
Siguiendo las indicaciones que el mapa del viejo me mostraba me adentré por unos caminos extraños donde parecía que los árboles me observaran. Cada vez que escuchaba un ruido tras de mí me giraba, espada en alto, atemorizado, esperando que algo me atacara por la espalda. Pero nada, simplemente veía que el camino que ya había recorrido se esfumaba camuflándose entre arbustos y ramas, juraría que antes no estaban allí; pero ya me lo empiezo a creer todo.
Algo se mueve unos metros más allá y corro a ver qué es. Una pequeña luz se oculta entre las hojas y esas risas toman de nuevo el silencio del bosque.
-¿Quién anda ahí? –grité cogiendo empuñando con fuerza la pesada espada. -¿Por qué te ríes de mí? ¿Por qué te escondes?
La luz abandona se escondite y se desplaza rápidamente entre las ramas, perdiéndose entre la maleza. Corro en su búsqueda sorteando ramas y troncos que hay por el suelo intentando no tropezar. Al rato me detengo. No sé donde me encuentro (antes tampoco lo sabía). Respiro hondo para coger algo de aliento, apoyo la punta de la espada en el suelo y me arrodillo para descansar un momento.
Todo en silencio. Cierro los ojos para poder concentrarme en lo que hay a mi alrededor y un suave chipoteo de agua penetra por mis oídos. Abro el mapa y lo extiendo en el suelo. Lo observo con detenimiento. Intento averiguar dónde me encuentro y veo el río que debo encontrar. En su mitad hay el puente con la cruz colgante y poco más arriba el pozo negro donde desembocan sus aguas. Algo llama mi atención: el mago me dijo que el agua era engullida por el pozo pero ese pozo se encuentra en la parte más alta del río. Por un momento pensé que había puesto el mapa del revés pero la rosa de los vientos que había dibujada en una de las esquinas indicaba que la tramontana estaba bien colocada, hacia el norte; aunque aquí no sé si el norte es nuestro norte o el de este mundo extraño… Guardo el mapa y tomo mi ruta guiándome por el sonido del agua hasta notarlo cerca, muy cerca. Me abro paso entre unos altos arbustos y allí se encontraba el río resguardado por los dólmenes que vi en la carta de piedra. Era maravilloso. Dos hileras de interminables monumentos de piedra lisos, grisáceos, colindaban las orillas y subían hasta el puente que veía a lo lejos.
Caminé por un sendero paralelo a las piedras durante mucho rato. De vez en cuando escuchaba esas risas que me tenían en vilo. Observaba una luz fugaz pasearse de dolmen en dolmen y dejé de prestarle tanta atención, ya averiguaré de que se trata más tarde .antes debo llegar al puente que cada vez se encontraba más cerca de mí.
La cuesta se hacía pesada y esa espada no me ayudaba demasiado a avanzar con fluidez. Me estaba cansando y paré a pocos metros del puente. Me senté y lo observé detenidamente.
-Debes tener cuidado Manel.
Una voz cerca de mi oreja me asustó y me eché hacia atrás con pies y manos dejando abandonada la espada lejos de mí.
-No te asustes de mí, por favor.
Giré la cabeza lentamente hacia el lado donde escuchaba la voz y un pequeño ser se encontraba aposentado sobre mi hombro izquierdo. Una minúscula chica semidesnuda con alas estaba allí sentada de piernas cruzadas. Sonreía y dejaba escapar esa sonrisa que llevaba escuchando mucho rato antes. La miré a los ojos y me recordó a…
-¿Covi? –le dije sonriendo. -¿Eres tú?
-Soy…el alma de tu amada. Soy su interior, su corazón, sus sentimientos. Sé que vienes para acabar con el hechizo y devolverle, devolverme, a nuestro estado mortal. Veo lo que estás haciendo por ella y eso te será recompensado cuando hayas acabado con tu cometido, guerrero, así que te ayudaré en todo lo que pueda; al menos en esta prueba.
-¿Qué puedes explicarme de lo que me depara este puente?
-En el centro del puente se encuentra el cuélebre. Es un ser parecido a una serpiente con alas de murciélago. Él guarda un secreto que sólo una persona, hace muchos, muchos años, consiguió descubrir. No sé cual es ese secreto, pero si el mago imberbe te mandó hasta aquí es que tú sabrás como resolverlo o…
-¿O qué, querida hada?
-¡O morir en el intento! –gritó mientras agachaba la cabeza con tristeza. –la única manera de derrotarlo es atacándole en el centro de su garganta, pero no te será fácil; he visto perecer a muchos por probarlo.
-Lo intentaré por ella. ¡Aunque me deje la vida en ello!
Me puse en pié y agarré la espada con todas mis fuerzas encaminándome hacia ese puente maldito a tentar mi suerte. Miré atrás para despedirme del hada y, en pensamiento, de mi amada. Mi corazón late fuertemente 3 veces de nuevo. April 14 Prólogo a Cuentacuentos 12Astur (la leyenda) A Covi
Despierto en un suelo recubierto de hojas caídas de los árboles que me rodean. No noto el frío del suelo, pero sí consigo percibir el aroma a mojado verde de la hierba que se esconde bajo el manto de hojarasca. Me encuentro solo, somnoliento, sin llegar a vislumbrar qué hay al final de cualquiera de los caminos que parten del cruce en el que estoy estirado. La niebla oculta esos finales dejándome encerrado en una burbuja de ramas, hojas, árboles y olores.
Al ponerme en pie veo que el colchón sobre el que reposaba desaparece transformándose en más hojas sobre las que pisar. Miro a mi alrededor para intentar descubrir dónde me encuentro, pero nada más que un bosque es lo que veo. Oscuro, húmedo, siniestro. El ruido del viento a través de las ramas me trae sonidos de tímidas risas, pero no hay nadie más allí conmigo.
Observo que a mi izquierda hay dos árboles que difieren al resto. Rojizos y arqueados, dan la impresión de hacer las veces de puertas, pero sin estas. Me acerco a ellos para tantearlos y su tacto es suave y blando. Desprenden un olor que me resulta familiar; huelen a sueño, a amor, a alguien cercano, pero no consigo recordar con claridad.
La entrada del camino que gobiernan con recelo estos dos árboles es estrecha y larga; tanto como el camino en sí al adentrarse en la niebla. Las hojas que cubren su suelo tienden a parecer más amarillas que el resto de lo que veo. Ando hacia su interior y dejo de escuchar el crepitar de las ramas, la sequedad de las hojas enmudece y ya tan sólo escucho esas risas según avanzo. La niebla retrocede a mi paso también, me teme, pero no hay que tener miedo si no hay nada más.
Cuanto más ando más pronto desaparece el espesor de la neblina dejándome ver que el camino se acaba en un claro en mitad de la nada. Allí hay una mesa de piedra natural iluminada por un rayo solar que atraviesa milagrosamente la entramada telaraña de ramas y hojas de los frondosos árboles que rodean esa estancia. Sobre la mesa se encuentran tres placas finas de piedra del tamaño de un naipe, volteadas boca abajo. En el reverso puedo observar un dibujo grabado con precisión: un bonito y ornamentado trébol de cuatro hojas rodeado de motivos celtas perfectamente esculpidos. Dos jarras de piedra, con líquido en su interior, atienden a ambos lados de las cartas y, tras la mesa, esperando a que me siente, alguien escondido bajo una túnica púrpura recubierto con un gran capuchón tapándole la cara.
-Te estaba esperando. –dice el oculto personaje. -¿Qué hago aquí? ¿Quién es usted? –pregunté asustado. -No temas, Manel. Me llamo Argorn, soy el maestro de los Ventolines, remolinos representados como niños con cara de bebé portadores de mensajes de poetas enamorados. -Pero, ¿dónde me encuentro? -Estás en un bosque mágico cercano al lago Enol. –dice el mago maestre. –Un bosque que tan sólo los deseados pueden llegar a ver, invisible al resto de mortales. -¿Y por qué estoy aquí? -Eso es algo que deberías ya saber, ya que has sido tú quien ha querido venir hasta mí. -No entiendo. –murmuré extrañado. –Lo último que recuerdo es que estaba en casa conciliando el sueño cuando… -Cuando deseaste saber qué es lo que te pedía tu corazón antes de dormir. ¿Recuerdas?
Intentaba recordar qué es lo que pensaba antes de caer dormido. Qué era eso que merodeaba por mi cabeza antes de rendirme a los pies de Morfeo, despertando en este bosque, en este sueño tan extraño.
El enigmático personaje cogió una de las jarras y la acercó a mi mano haciéndome el gesto que la agarrara.
-Toma, bebe. –me dijo. –A ver si esto te hace recordar.
Olisqueé el brebaje y un aroma a mujer sucumbió en mis sentidos. Lo probé mojándome el paladar y el gusto de un sabor sutil, suave, dulce de esa sidra me recordó el gusto de unos labios que había probado anteriormente. Mi corazón latió fuertemente tres veces, luego volvió a la normalidad.
El maestro descubrió ligeramente su rostro para mostrarme sus ojos vacíos. Tenía la piel tersa y lisa; era como un bebé de avanzada edad, imberbe. Su sonrisa pálida como su piel me invitó a la cordialidad.
Me acercó la segunda jarra para que probara. El gusto del vino blanco que contenía me hizo recordar el aroma del cuerpo de la misma persona de la que probé aquellos labios y que me mostró la primera de las jarras.
-¿No te dice nada estos sabores? –preguntó el envejecido niño. -Claro que me recuerda. –contesté. –Pero estoy confuso. Esto es demasiado extraño para mí y no sé qué es lo que me quiere mostrar con todo ello. -Mira, Manel, conociste a una chica que para ti es muy especial. Pero para nosotros también es muy especial. Es alguien nacida en estas tierras durante el equinoccio de verano. Las más bellas chicas recién nacidas en ese tiempo son poseedoras de una magia regalada por la musa de los bosques. Por lo tanto ellas son convertidas en ayalgas. Tu amada es una de ellas pero te lo tiene escondido. La forma para poder acabar con su hechizo y hacerla humana es acabando con el mal que se apodera de su alma.
-¿Me estás diciendo que estoy enamorado de una bruja?
-No es una bruja, es una hada y, como tal, es un ser maravilloso y de belleza y nobleza extraordinarias. Pero no puede permanecer contigo mientras no consigas hacerla volver a su vida humana.
-¿Cómo puedo conseguirlo?
El imberbe personaje me muestra las tres cartas volteadas sobre la mesa. Me da a elegir una de ellas y escojo la que se encuentra en el medio. Al girarla pude ver el grabado de un río rodeado de dólmenes, un puente de piedra con una gran cruz colgando en su centro. Un hombre, parecido a un guerrero, se encuentra sobre la cruz empuñando una espada y mirando hacia el agua.
-Las cartas hablan –dice el mago. –sobre el poder de la leyenda de Astur, el primer mortal que consiguió volver a la vida real a una ayalga. Dicha leyenda cuenta que debió pasar tres pruebas tan extraordinarias que las gentes de los poblados anexos no creyeron su historia. Los magos del lugar hicieron constar, a través de las piedras, las hazañas que el guerrero hizo para liberar su amada. Esta es la primera de las pruebas, Manel. Debes partir hacia el río que vierte sus aguas al pozo oscuro. Solo la sangre impura detendrá el flujo el tiempo suficiente para conseguir obtener la primera de las soluciones. No puedo contarte más. A partir de ahora –continúa mientras saca un viejo mapa. –debes partir guiándote por tus sentidos y por las indicaciones que este viejo mapa de las tierras verdes te muestra.
Miré al curioso personaje mientras cogía el mapa y lo guardaba en el sayo que me entregó. Sobre la mesa aparecieron una pequeña bolsa de cuero cerrada con cuerdas y una gran espada. Su empuñadura, laboriosamente trabajada, mostraba algunos grabados de animales, dejando que una cabeza de cuervo la gobernara al final.
Me despedí del mago y lo dejé atrás adentrándome por el mismo camino de hojarasca amarilla por el que había entrado al lugar. Al girarme para verlo por última vez había desaparecido ya. Tomé la decisión de cumplir con el cometido. No había vuelta atrás. March 18 Juego de la semanaAl juego propuesto por Klover:
Podría hablar sobre cualquier letra del abecedario. Todas ellas tienen algo que contar. En un principio iba a hacerlo sobre nuestra querida Ñ. Pero los acontecimientos que me han ido ocurriendo me hacen escribir sobre una letra con bastante ironía.
Desde que estoy en esta comunidad virtual (ahora ya un poco más real) intento moverme para iros conociendo. Estuve en Madrid para conocer a gente formidable y en Galiza para encontrarme con 2 chicas (incluido novio) igual de geniales. Han sido encuentros satisfactorios que me han llenado de alegría, y eso todos lo sabéis. Me he animado más veces a moverme para encontrarme de nuevo a esas personas del kilómetro cero, entre otras, con muchas ganas.
Soy una persona que nunca he creído en la suerte ni en las casualidades. Que me gusta encontrar la lógica en todo lo que me rodea. Soy más científico que teológico. Todo tiene un porqué explicable, al menos, eso era lo que pensaba hasta esta tarde que me he sentado a escribir sobre el juego que Klover propone y he reflexionado en lo acaecido en mis tres últimos intentos por viajar de nuevo a la capital central. Bueno…en los tres últimos intentos fallidos y en el primero que se hizo con los Cuentacuentos que conocí en el debut de mi andadura. Por eso quiero pasar a explicar lo que significa para mí la letra M, repito, irónicamente hablando. Espero que una persona muy especial que hay por tierras de conxuros no se lo tome a mal. (nena…mil besitos para ti, sabes que me lo tomo todo a broma).
M es la letra escogida para designar las tres palabras que me vienen a la cabeza:
-Maleficio.
-Mala Suerte.
-Muerte.
Empecemos…
Mi primer viaje a Madrid, para el primer encuentro, fue todo genial hasta que, al volver a mi hogar, una llamada telefónica me anuncia la Muerte de un amigo en Moto. Primer revés. Aunque este sólo se lo conté a una persona de vosotros.
La segunda vez que viajé, volé a tierras Meigas donde, con mucho cariño, fui recibido por las personas que allí fui a visitar dándome una de ellas un paquete azul para ser entregado en mi próximo viaje a Madrid. Al volver de ese viaje todo marchó de maravilla.
Mi tercer movimiento hubiera sido la segunda vez que quería ir a Madrid a visitar a ciertas personas que ocupan un lugar muy preciso dentro de mi pecho, pero la Muerte llamó de nuevo haciéndome saber que otro amigo se había Muerto, más bien Matado. Duro golpe del que se sabe reponer uno gracias a personas como vosotros que me apoyasteis con animosas palabras. Por eso os doy mil gracias o más, si caben.
El tercer intento para volver a Madrid, cuarto viaje, fue hace una semana. La Mala suerte (o mejor dicho Mala Manipulación de un Memo) ocasionó la explosión de dos maquinarias que, de haber ocurrido cinco minutos antes, posiblemente estaría escribiendo esto ahora desde el hospital clínico. Lo de no estar allí no lo ataño a la suerte o Mala suerte, si no al complejo espacio/tiempo/momento.
Por último, y ya la quinta vez que iba a moverme, cuarto intento, fue ayer noche. Tuve que asistir a un aniversario del que intenté escabullirme, pero no fue posible. Así que decidí coger el coche después de la celebración para reunirme de nuevo con vosotros esta mañana y así pasar un día genial en Madrid, aprovechando que mañana tengo fiesta en el trabajo. No habiendo salido aún de mi querida Catalunya, con ese cuerpo especial de Mossos de Esquadra (llamados aquí “cariñosamente” Gossos de Quadra “perros de cuadra”) fui parado en la provincia de Lleida por un “control rutinario de alcoholemia”. Perfecto. No bebí apenas en la cena, quizá un par de medios vasos de rioja, muchas horas antes. Muy gentilmente y hablando en mi lengua paterna me hicieron soplar por un tubito que hacía años que no veía. Parece ser que mi organismo no consumió en su debido tiempo los restos etílicos de la bebida dando algo mísero por encima del límite permitido. Haciendo así la vista gorda me permitieron descansar diez minutos para retomar el control, comprobar que lo que les decía era cierto y esperando que me bajara considerablemente la graduación en el segundo intento pero, mientras tanto, me pidieron la documentación. Todo estaba en regla, a simple vista. Al pedirme el seguro, les enseñé el recibo del banco conforme me habían cobrado el montante pedido y allí se refleja tanto el número de póliza como marca y matrícula de mi coche. Pero no disponía de la carta verde reglamentaria porque no la había recibido aún, a día de hoy. Así que dije un par de palabras al cielo mientras lanzaba mi gorra en el interior del coche y dejando al descubierto la cresta que llevo en la cabeza, tonto de mí, dejando a los agentes con la duda de: ¿será o no un buen chico? Ante dicha duda me hicieron soplar otra vez para comprobar que me bajaba el efecto, y así fue. Lo que no les debió gustar mucho lo del seguro, lo de la cresta o lo que la Maldita maquinita les mostró que me hicieron quedarme en el coche, bien aparcado, a descansar. Tanto fue así que me quedé dormido, no antes sin avisar a ciertas personas de lo ocurrido con un escueto mensaje…justo antes de quedarme sin batería en el móvil. Claro…como no tengo cargador de coche…pues nada. Allí me encuentro durmiendo en mi coche sin poder conducir, sin poder comunicarme pero, gracias a la gentileza de mis “queridos” agentes de la ley y el orden catalán, no fui Multado. Me he levantado esta tarde a las tres. Cuando miré el reloj de mi coche no podía creerlo. Fue entonces cuando empecé a pensar qué hacer. Di media vuelta y volví a casa. Una ducha tranquila mientras el móvil se iba recargando, algo de comida que echar al estómago y sentarme aquí a escribir esto antes de conectar nada y tener que decir a todos lo mismo. Así que aquí queda expuesto.
Me planteo qué carajo llevara ese paquete que guardo con tanto recelo a la espera de entregar a su receptor. ¿Llevará algún Maleficio que me otorgue esa Mala Suerte? ¿Tendrá algo que ver Madrid con la Muerte de personas allegadas a mí? ¿Seré yo mismo que atraigo todo lo Malo por temporadas?
Mañana mismo iré a entrenar de nuevo a ver si, con un poquito más de Mala Suerte, me dejan el otro ojo negro.
Por si acaso, y haciendo ya un acopio de ironía, continuad llamándome Hell(raiser) no vaya a ser que tanta M de Mala Suerte contagie la magia de mi nombre.
Un beso a todo el mundo. Y no os preocupéis que en semana santa lo intento de nuevo (quizá sea el último intento que me permita hacer, sea quien sea…)
Hell.
March 13 Cuentacuentos 11/2(continúa de la entrada anterior)
-Jérôme d’Anjou maestro. –dice el chico a su espalda. -¿Y sabe una cosa?
-Dime joven. –contestó el anciano sonriendo alucinado. –Me has dado una grata sorpresa, ¿sabes?
-Lo sabía señor Choulet. –mientras le devolvía la pequeña copa vacía prosiguió. –Es por eso que no me gustaría que acabase con ese personaje. Un conocido me comentó sobre su existencia y sus relatos, haciendo hincapié en su personaje más celebre, el que lleva mi nombre.
-Mira, Jérôme, imagino la felicidad que te causa toda esta casualidad, pero debes comprenderme, en serio, tengo que acabar ya con todo esto.
-Si yo le entiendo, maestro, ¿pero no hay ninguna posibilidad de continuar con su obra? ¿Qué ese personaje siga sucumbiendo las noches de los jueves en ese local donde tanto le aprecian?
El viejo rodea la mesa de caoba mirando todas sus estanterías. Corre las cortinas ocultando la luna y tapando así un poco más el frío que se cuela por esas viejas y, ya levemente, desencajadas ventanas. Se acerca al fuego para remover las pocas brasas que lucen bajo la alfombra de ceniza. Callado, observa el rojo incandescente, divagando algo por su mente. El joven le observa e intenta imaginar qué es lo que estará pensando el gran maestro. Arnaud se gira, mira a los ojos del chico y vuelve a fijarse en las ascuas brillantes. Se arrodilla indeciso intentando aclarar las mil posibilidades que le vienen a hacer frente a las peticiones del joven. Sopesa cualquier motivo para tirar adelante con su obra y, al fin, se pone en pié y coge al chico por el hombro mirándole aún más fijamente a los ojos.
-Vamos a la mesa. Elige la butaca más cómoda para descansar. Tenemos una larga noche entre manos.
Jérôme, sonriente, hace caso al maestro sentándose en la más cercana a la lumbre, pudiendo así observar toda la librería que cubre la sala. El anciano se pasea por los diferentes estantes que cubren la pared oeste de la sala buscando algo con decisión. Saca algunos libros de las estanterías que, a primera vista, parecen ser escogidos al azar; pero el viejo sabe lo que hace y lo que quiere mostrarle.
Se acerca a la mesa con diferentes libros dejándolos frente al chaval para que los vaya ojeando y se dirige a llenar de nuevo las dos copitas con ese licor predilecto a su paladar.
-Toma, Jérôme, aparte de calmar el alma te ayuda a deshacerte del frío. –dice sonriendo con los mofletes sonrojados. –No pienses por esto que soy asiduo a la bebida.
El chico ríe con vergüenza agradeciéndole la invitación. Repasa los libros uno a uno. Mira las portadas, repasa la textura, hojea frente a su nariz para percibir esa sensación de antigua sabiduría. Arnaud, sentado en la butaca de enfrente, observa al joven como disfruta de ello. Pero un bloc de notas negro llama la atención del muchacho.
-¿Puedo, señor Choulet? –pregunta mostrando que quiere mirar en su interior.
-Claro muchacho. –asiente el anciano. –Si te lo he mostrado es para que lo veas.
El chico lo abre con sumo cuidado viendo que se trata de un cuaderno repleto de recortes de periódicos antiguos muy bien encolados. Todos tratan sobre asesinatos pasados hace unos cuarenta años. El crepitar de la madera que ha prendido es lo único que mancha el silencio de la sala. El chico queda atónito al ver que al menos treinta muertes salen registradas en los recortes. Todas ordenadas cronológicamente y con un único autor.
-Maestro Choulet… -vacila el chico. -¿Qué quiere decirme con esto?
-Solo quiero mostrarte lo fácil que es escribir historias de asesinatos. Simplemente debes investigar y observar lo que se mueve a tu alrededor. Seguro que de ahí consigues sacar una historia.
Los ojos del chico se clavan en el nombre del asesino que aparece en los artículos.
-Pero…pero… -balbucea. –Si Jérôme d’Anjou, el mismo que lleva el nombre de su personaje, ¡existió de verdad!
El chico continúa pasando páginas y más páginas exhorto en lo que ve. Todos los asesinatos acaecidos son los que dan nombre a las obras del viejo maestro y mayor es la sorpresa cuando, al llegar a la última página, descubre la foto del criminal apresado por la policía. El pulso se le acelera tiembla, se acalora, suda. Mira los ojos del viejo y ve reflejado en ellos la misma mirada apacible que el hombre de la fotografía.
-Como ves, pequeño –explica el viejo. –Jérôme d’Anjou existió realmente. Cometió treinta asesinatos, sí; y es por eso que pasó veinte años recluido en el penitenciario de Muret, cerca de Toulouse. Allí no fue muy bien recibido y tuvieron que separarlo del resto de presos comunes. Encerrado en una celda aislada, los años le pasaban factura a su cuerpo, pero no a su mente. Gracias al buen comportamiento y a las ayudas que prestaba en el centro consiguió que una serie de favores le fueran otorgados. Así consiguió algo de lectura para no pensar en el tiempo que pasaba sentado o estirado en aquella dura cama sin nada más que hacer. Se aficionó a las historias de intriga y policíacas e imaginó en escribir sus propias hazañas criminales. Rogó que se le fuera concedida una vieja máquina de escribir y un paquete de folios. Así empezó su andadura como escritor creando un personaje. Más que creando…siendo él mismo el protagonista.
El joven no sabía que decir, quedó paralizado. No se podía creer que la persona que tenía delante, ese hombre viejo, querido, admirado y tan tristemente apagado, fuera un asesino en serie. El calor de su cuerpo fue en aumento.
-Hace demasiado calor aquí, maestro. –murmuró el joven. –Y lo que me está explicando me está poniendo muy nervioso, ¿sabe?
-No temas chico. –contestó el escritor. –De eso hace ya quince años. No te levantes. Permite que sea yo quien airee un poco la habitación.
El anciano abrió la doble puerta de la sala y tapó el fuego a tierra con una plancha hecha para tal efecto. Dándole la espalda al muchacho, éste intentó levantarse de la silla pero algo se lo impidió. Pensó que eran los nervios y respiro hondamente para intentar relajarse, hacer que su corazón dejara de latir tan fuerte.
-¿Mejor así? –preguntó el anciano Choulet. –Continúo con la historia. El caso es que los libros de Jérôme no serían bien recibidos en sociedad, así que decidió buscarse un apodo o, en este caso, cambiar el nombre para no levantar sospecha en sus libros.
-Y eligió llamarse Arnaud Choulet, ¿no, maestro… d’Anjou?
-Exacto pequeño.
-¿Y por qué desea ahora acabar con su personaje? Porque…en tal caso…debería acabar usted consigo mismo, ¿no?
-Ese era mi propósito: acabar con el personaje. Pero siempre he escrito historias basadas en hechos reales. Mi intención era escribir este último relato para el jueves que viene y acabar con el personaje para siempre, pero algo descubrí que no me sería posible hacerlo si dejaba algún resquicio de él vivo.
-¡Explíquese, por favor! –gritó el chico muy nervioso, demasiado acalorado.
-He hecho que escucharas mi conversación con el camarero porque sabía que tú no estarías de acuerdo con el final de esta obra y buscarías explicaciones. Sabía que no te haría ninguna gracia y que vendrías a decírmelo enfadado. Lo llevas en la sangre.
-¿Cómo?
-Si la memoria no me falla debes tener ahora casi treinta y seis años, más o menos. Me apartaron de tu madre para encarcelarme y ella me juró que nunca te hablaría de mí, para no deshonrarte. Pero la sangre llama a la sangre, ¿no, Jérôme? Tu madre me amaba con locura y solo por eso dejó en ti parte de mí: mi nombre y mi sangre.
El chico emblanquecía con cada palabra que el anciano pronunciaba. La cara empapada en sudor frío y el tembleque de las manos hacía tintinear sus dedos sobre la madera. Un nudo en su garganta no dejaba escapar vocablo alguno. Sólo conseguía mantener su vista de odio y temor fijada en el que, ahora, sabía que era su padre.
-Es por eso –continúo el viejo. –que quería que conocieras la verdad de todo esto y el porqué te he traído hasta aquí. Como bien has dicho, necesito matar una vez más pero esta vez la víctima sería el propio personaje. Antes te he comentado que no puedo escribir sobre un asesinato si este no se ha llevado a cabo, pero si me mato a mí mismo nadie podría publicar esta última historia. Así que es por eso mismo por lo que estás paralizado en esa butaca, sudando, sintiendo escalofríos. Notando como el corazón deja de latir lentamente mientras pierdes de vista el mundo sabiendo la verdad y llevándola contigo, dejándome acabar con la historia, el personaje y el asesino en un mismo momento. Es un veneno lento, pero eficaz. En este momento ya no puedes mover las manos, ni la boca; ni siquiera dejar de fijar la mirada en mí. Y ahí te dejaré hasta que tu sangre deje de circular y que la última imagen que quede plasmada en tu retina sea la de tu asesino. Hell. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. March 11 Cuentacuentos 11“…la última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino”.
El viejo cerró el libro acariciando con dulzura su lomo. Cerraba los ojos y enseñaba una tímida sonrisa que dejaba ver entre su blanca barba. Asentía levemente con la cabeza, como si rezara en silencio, señalando con su puntiaguda nariz hacia el techo y cogiendo el libro con las dos manos contra su pecho.
-¿Veis chicos? –prosiguió abriendo exageradamente los ojos. –Este es el tipo de crímenes que marcó la vida de Jérôme d’Anjou.
Las personas que ocupaban aquella tarde la sala quedaron estupefactas al escuchar al viejo Arnaud narrar otra de sus historias. Otro jueves más, el anciano Cuentacuentos deleitó a los asistentes explicando las desventuras de su personaje. La gente le agradecía con alabanzas las clases recibidas dándole la mano o abrazándolo con cariño.
-¿Nos veremos el jueves que viene, maestro Arnaud? –preguntó María, una de las más antiguas asistentes a sus lecturas.
-Querida María…-dijo el viejo acariciando la cara de la chica con su huesuda mano y mirándola con sus brillantes ojos. -¿Sabes cuántos años hace que vengo por aquí?
-Muchos, maestro.
-Por favor, no me llames maestro. –le replicó sonriendo. –Exactamente quince años. Y durante ese tiempo sólo la enfermedad ha impedido, puntualmente, que pasara este mágico momento con todos vosotros.
-Entonces nos tendrá aquí, esperando otra historia con la que dejar volar la imaginación y hacer florecer nuestro miedo más oculto…maestro. –acabó por decir la joven guiñándole el ojo.
Arnaud volvió a sonreír mientras la chica se despedía con la mano, ya lejos. La gente que se agolpaba a la tarima se levantó para dejar un pasillo por donde el viejo desfilaría camino de la barra para pedir su habitual vasito de ron añejo. Sentado sobre el taburete y con el licor ya esperándole, dejó a un lado su libro de relatos y apoyó los codos sobre la barra de mármol. La mirada distraída a través del cristal observando el líquido marrón esperando que alguna imagen se viera en él.
-Otra noche virtuosa, monsieur Choulet. –comentó el camarero mientras secaba los vasos enjuagados. –Siempre deja a los oyentes bien contentos. Tiene usted el don de crear un ambiente de tensión en toda la sala.
-Antoine… -dijo con voz triste y cara de cansancio. –Sé que esto ya no va a durar mucho, pero no digas nada.
-No le entiendo amigo.
-Estoy ya muy viejo; tanto como mi personaje Jérôme. –acarició el libro con tristeza. –Son ya muchos años con este niño malo y mi cabeza ya no es la de antes. Noto que he perdido la pasión por la escritura. Las ideas ya no me surgen como lo hacían y el cansancio de los años me deja de lado.
-Pero monsieur Choulet, ¿qué va ha hacer si no? –comentó. –Toda esta gente que viene a verle quiere cada semana más de usted.
-Lo sé amigo…lo sé… Nos veremos el jueves que viene. Que tengas buenas noches Antoine.
Bebió de un gran sorbo el ron añejo y se despidió del camarero y de los asistentes de la sala.
Llegando a la puerta de su residencia notó como alguien le seguía desde su marcha del local. Se paró y esperó que le adelantara, pero en lugar de eso se detuvo justo detrás de su espalda.
-Perdone señor Choulet. –dijo la otra persona. – ¿Tendría cinco minutos de su tiempo?
-Claro que si. –dijo volviéndose. -¿Qué deseas muchacho?
El chico le miraba con ojos brillantes y muy abiertos. El viejo le dedicó una grata sonrisa y esperó a que empezara a hablar él primero. Pero el joven sólo hacía que mirarle.
-¿Te ocurre algo? –preguntó el viejo. -¿Estás bien?
-Si, si. –balbuceó el chico. –Quería decirle que llevo muchos años viniendo a ver cómo narra las criminales aventuras de su personaje y, jueves tras jueves, me deja usted boquiabierto.
-Gracias joven.
-Pero debo decirle que escuché lo que le dijo al camarero en el local y eso no puede ser cierto, ¿verdad? No puede abandonarnos así, dejando al personaje huérfano.
-Soy mayor ya…y ya no es lo mismo, en serio. –la sonrisa del anciano decayó hasta difuminarse con su poblada barba. –El jueves que viene voy a proponer una idea para que vosotros, todos vosotros, podáis pasar el mismo buen rato.
-¿y como será eso?
-Todos vosotros afirmáis habéis aprendido, historia tras historia, lo suficiente como para embarcaros en este mundo/ritual. Os propondré que sigáis mis pasos y que seáis vosotros mismos quien me sustituya.
-¡Eso no puede ser señor Arnaud! –dijo el chico alzando el tono. –Si se acaba usted se acaba la historia de Jérôme…
-Pero no puedo hacer más que enseñaros el camino que he recorrido y mostraros el que viene. Que sigáis por él con paso seguro y firme.
-Pero señor…
-Estoy cansado, hijo, y hace frío aquí fuera. ¿Desearías continuar la conversación en el salón de mi casa?
-¡Por supuesto!
El anciano buscaba a hurtadillas el interruptor de la luz del pasillo. Al encenderse, el chico se quedó maravillado al ver que las paredes de ese pasillo eran estanterías cargadas de libros, y más libros.
-Curiosa biblioteca. –comentó el chico. –Pero un lugar un tanto extraño para ubicarla, ¿no cree?
-Esto no es la biblioteca. –contestó Arnaud sonriendo. –Es el pasillo que lleva hasta ella, hasta mi salón.
Se adentraron hacia la oscuridad que escondía el final de ese pasadizo y una puerta de dos alas guardaba con recelo el apreciado tesoro del señor Choulet. Al abrir, el olor a papel viejo y a restos de fuego a tierra impregnaba el olfato de ese chico desorientado. No sabía donde fijar su vista ya que, allí donde mirara, cientos de miles de hojas encuadernadas le saludaban dándole sus nombres. En el centro de la sala había una gran mesa caoba rodeada de tres cómodos sillones acolchados, aterciopelados, de un rojo cálido que te invita a descansar sobre ellos. A un lado hay un gran ventanal que deja ver la oscuridad de la calle y al otro lado hay una pequeña mesa y una sencilla silla con un cojín. Sobre la mesa descansa una vieja olivetti y pegado a ella un paquete folios a medio acabar. El fuego a tierra con unas brasas aún candentes y frente a la lumbre hay un pequeño sofá y una mesita redonda con una botella de cristal de bohemia rellena de su querido ron añejo y una copita del mismo material que el recipiente.
-Esto es mágico, señor Choulet. –Exclamó el chico entusiasmado en mirar a todos lados. – ¡Es el paraíso perfecto de un gran escritor!
-Son años recluidos aquí dentro, hijo. –dijo mientras se servía otra copita de licor. –he pasado tantos años en esta sala que me da la impresión de formar parte del mobiliario.
El escritor saca una copita igual a la suya del cajón de la mesita redonda. La llena de ron y la ofrece al muchacho.
-Toma, bebe, te sentará bien y te relajarás.
-Señor Choulet. –pregunta el chico. -¿Puede explicarme por qué quiere dejar de escribir sobre Jérôme d’Anjou?
-No es que quiera dejar de escribir sobre él, querido amigo. El problema es que mi edad no me deja ir más allá de donde he llegado ya. Comprende que se me acaban las ideas y necesito sangre joven para continuar. Y esa sangre me la daréis vosotros cuando continuéis con el Cuentacuentos del jueves.
-Quizá tenga usted razón, maestro. Pero es que no me imagino un jueves más allí sin usted y sin las historias del asesino.
-Por cierto… ¿cómo te llamas, joven?
-Jérôme d’Anjou maestro. –dice el chico a su espalda. -¿Y sabe una cosa?
(La historia continuará con la frase de la semana que viene, si no, se me hacía muy larga). Hell. ![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. March 08 Fragmentos (I)(A partir de uno de los momentos del interrogatorio)
…en la estancia, el ambiente se caldeaba. Las preguntas se veían repulsadas con respuestas irónicas; fuera de contexto. O eso parecía.
Él callaba. La miraba con tiernos ojos de lobo escondido. Interrogándola con la mirada. Ella intentaba ganar la partida analizando sus respuestas para contraatacar con preguntas dentro del mismo cauce…
-¿Conoce usted a Amélie Nothomb, señorita Laura? -Por supuesto. –contestó la oficial. -¿A qué viene esa pregunta? -¿Ha leído por casualidad la “metafísica de los tubos”?
Laura, desconcertada, intentaba no entrar de nuevo en su juego. Pero no había salida. Tenía que permanecer flexible y no dejar que cualquier pequeño detalle se le escapara.
-No he tenido ese placer. –con aire de agobio pregunta. -¿Me lo va a explicar, imagino, no? -Trata sobre un bebé que nace vegetal pero en su interior hay una voz que le dice que es Dios. Estudia a sus padres desde su autismo de recién nacido, pero no dice nada para no levantar sospecha ninguna de sus progenitores. Así es como continúa haciéndose pasar por una enferma criatura. -Y… ¿a qué viene esa historia, señor Bonsoms? –cruza los dedos y apoya la barbilla en ambas manos. – ¿Intenta decirme que es como él? -Intento explicarle que, en cierto modo, podría llegar a serlo.
La inspectora ríe. Se recuesta sobre el respaldo y se cruza de brazos sonriendo.
-¿Conoce usted “la higiene del asesino”, de la misma autora? –ataca ella. -Si. Gran obra. –y mientras le guiña el ojo le pregunta… -¿Quiere compararse con esa periodista que acaba sonsacándole toda la información? -No, señor Bonsoms…me refiero al libro porque usted acabará como el señor Tachs: arrastrándose por el suelo pidiendo mi clemencia.
Los ojos del interrogado brillan de emoción. Sabe que está sacando la parte más fría y cruel de su investigadora. Esa parte tan serena que, en cualquier momento, con cualquier cambio de rumbo, puede resquebrajarse como el hielo.
-¿Está usted segura de eso, Laura? –retándola con mirada desafiante. -Dejaré la vida en ello si hace falta. -¿Y cree que este asunto merece perderla otra vez? -¿Se refiere que ya se ha perdido una vida? –preguntó asombrada como madre atemorizada. -¿Me está diciendo que ya está muerto? -Le estoy diciendo, querida sabueso, que ya murió una vida nada más empezar este…”lío”. Su mente está viva gracias a su recuerdo, pero su corazón, eso que lleva ahí, debajo de esa placa policial, murió hace catorce meses; desde su desaparición. ¿Me equivoco, mama Laura? -¡Es usted un indeseable! -Y usted una hipócrita, querida Laura. Piense en lo paradójico de su insulto: me llama indeseable cuando es usted quien desea tenerme aquí encerrado, cuando me desea cazar. Me desea, Laura, ¿no lo entiende?
Silencio, crispación y tensión, reflexiones en ambas cabezas sin dejar de mirarse. Él continúa sonriendo. Ella, más nerviosa, dejando sus uñas clavadas en los brazos de la butaca. Él le mira la mano y vuelve a tornar los ojos hacía los suyos.
-¿Está nerviosa Laura? -Si se refiere a estar nerviosa cuando deseo arrancarle la piel de la cara a tiras con mis uñas… pues no, no estoy nerviosa aún. -¿Podría invitarme a un cigarrillo? -¿No sabe usted que fumar es malo? -Si. Pero hay tantas cosas malas, Laura… ¿Sabe usted que perder el tiempo aquí conmigo también puede llegar a matar? –nuevo guiño de ojo. –Pero no tan lentamente, por cierto. -Le gusta a usted utilizar todas las palabras que digo para jugar con ellas y sus estúpidas respuestas con interrogantes, ¿no, señor Antoine? –esta vez es ella quien reta al acusado y prosigue. -¿Quiere que continuemos jugando? -Conozco un juego algo más divertido que nos liberará de tensiones, querida. -¿Si? –pregunta con ironía. -Si. –continúa. –Es un juego que aprendí hace unos meses. Se trata de que yo escriba una frase inacabada y usted debe continuarla (o creo que era así). Verá cómo es divertido. –sonríe con cara de hipocresía y ella le mira furiosa. -¿Empiezo, vale? A ver… -mira al techo como un niño pequeño y deja salir de su sonriente boca… -El niño está… Continúe señorita, por favor. -Tiene usted un irónico sentido del humor, ¿sabe? -No es mi humor el irónico, cielo. Es el juego en sí que lo es. Lo llaman “un cadáver exquisito”, ¿sabe?
La furia de la inspectora no deja retenerla y…
Hell.
![]() Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. March 05 Cuentacuentos 10Una de monólogos...
Apenas dos días después de mi cumpleaños, él me dejó, pero claro…supongo que no debió gustarle que le recordara mi fecha de nacimiento. ¿Saben? Es lo que tiene esto de las parejas. Yo he tenido algunas en mi vida y de todas he salido corriendo. Desde un chulo que solo me quería por sexo (con eso conseguí todas estas joyas…), hasta el típico muermo que no levantaba el culo del sofá y me dejaba libertad para que viniera un amante a hacer su faena. Recuerdo que una vez tuve una pareja que estaba siempre inmersa en su trabajo. Yo tenía todas las mañanas libres y me sentía necesitada. Recurrí al amante de turno. Ese que va a dejar a sus niños al colegio y pasa a visitarte un par de horas, justo hasta la hora del almuerzo. Pues bien, una vez mi pareja volvió al piso a buscar una americana que se había olvidado y el hombre que ocupaba su lugar se metió en el armario de un salto. Mi pareja vio unos pantalones y una camisa fucsia en el suelo de la habitación… -Nena… ¿y esta ropa? -Tuya querido, ¿no recuerdas que la llevabas ayer puesta antes de caer redondo, borracho, sobre la cama? -¿Ayer borracho? –divagó. Y hacía bien, pero como el pobre siempre tenía trabajo en la mente no reparó en ello. Total, que abrió el armario y se encontró con el chico completamente desnudo y se sorprendió… -¿Se puede saber qué hace usted aquí? -¿Usted se ha creído lo que su mujer le ha dicho? –dijo el del armario sin dejar de tapar su entrepierna… -Pues si, ¿tendría que dudar de ella? -No, no, tranquilo. Pero si me hace el favor de cerrar la puerta…es que subo al 5º, ¿sabe? Después de aquello me fui, dejando una nota antes para que el médico entendiera el estado alucinatorio de mi pareja…
Pues si, como les contaba…no es que haya tenido mucha suerte yo en el amor y menos el convivir con un hombre. Al principio todo era distinto, claro…una era más joven y más inexperta en el tema; pero ahora ya voy a lo que voy. Es como 2 parejas anteriores a la que estoy ahora, o estaba hasta ayer. Era un chaval más joven que yo que decía que era metrosexual y, claro, una no es de piedra y se le pasan por la cabeza mil cosas como… ¿será un as del coito en el metro? ¿Tendrá que ver con el tamaño? Lo malo es que la primera noche me di cuenta que era medio-palmo-sexual y entendí que se refería a la estatura.
O el típico niño que me invitaba a casa de sus padres a pasar el verano entero y solo pensaba en hacer el amor. Cada día me preguntaba si tenía ganas, pero no es que fuera muy sutil el pobre y, claro, la manera de decir las cosas no eran las más correctas y lo llevaba a rajatabla hasta que una noche escuché…
-¿Esta noche follo? -¿Cómo has dicho eso? –dije. -¿Qué si esta noche follo? -¡Claro! –reí.-¡Y mañana follo con fatatas!
Hay que ver…
Obviamente me fui enojada tras la conversación. Vi que se trataba de un niño y yo buscaba algo más de madurez en la pareja, alguien que me enseñara todos los placeres y que fuera un machote de verdad. Fui a pedirle consejo a una amiga de Pontevedra que casualmente conocí cerca de la Casa de campo. La invité a tomar un café cerca de Tirso y le comenté los problemas que tenía con todas mis parejas. Quise llegar a la conclusión de que el problema lo tenía yo con el sexo pero me dijo que no necesariamente sería la causa. Total, que hablando del tema le pedí unos cuantos consejos. Y en uno de ellos su respuesta fue algo…sin catalogar. Verán…le pregunté que si ella hacía el amor a oscuras y me respondió que si; que a os curas, a os monaguillos y a todo el que se pudiera mover… Comprendí que había tomado más café de la cuenta y que la excitación de la cafeína le alteraba las feromonas…
Y aquí sigo, soltera y entera 3 días después de cumplir los 30 y con un chico que me acaba de dejar por despistado. No es que se olvidara de mí y me dejara allí esperándole, no; si no que se olvidó de mi cumpleaños y, claro, una es detallista y le gustan que lo sean con ella.
…y hablando de detalles…no sé a que cuento os explico yo todo esto…pero bueno, que he llegado a una conclusión: que como la vida es así y hay que joderse…pienso que joderse es masturbarse una misma para disfrutar, Así que…¡mejor sola que mal acompañada! Hell. (sin ánimos de ofender a nadie) February 28 Cuentacuentos 9El silencio de la noche fue su aliado. Callado, esperaba escondido al final del túnel. Oía pasos a lo lejos. Pasos que le alentaron al percatar que se trataban de los talones de una señorita que debía ir algo bebida por los tropiezos que daba con los adoquines más salidos de esa vieja calle. Al darse cuenta que el sonido se había alejado bastante salió corriendo de su escondite para adentrarse en la maleza que bordeaba el río en busca de cobijo o una posible salida. El ruido de una docena de botas corriendo encima del puente le produjo escalofríos. Estaban ahí, lo sabía y debía refugiarse una vez más de la amenaza de esos animales.
-No debe andar muy lejos…-se escuchó más arriba. –La calle es muy larga para haber desaparecido así como así. -Vamos a mirar abajo, es posible que esté metido en el túnel –esa otra voz le resultó algo más familiar. –Venga, por ambos lados. Si está ahí abajo ya no tendrá escapatoria.
Se agachó entre los arbustos hasta quedar completamente estirado sobre la sucia tierra. Fue reptando como podía intentando hacer el mínimo ruido posible, pero las ramas que rompía a su paso crujían como estallando un vaso de cristal en el interior de una catedral completamente vacía. Esas botas bajaban sigilosamente las escaleras; apenas percibía el ruido, pero sabía que se acercaban. Y escuchó como uno de ellos iba golpeando las paredes del túnel con algún objeto contundente. Cesaron los ruidos, los pasos y las voces. En ese momento empezó a sudar y a temblar de miedo. Aguantando el aire para no escuchar ni su propia respiración pero los nervios se la jugaron y le hicieron toser. Una sola vez. Tapándose la boca para amortiguar un poco el sonido y tragando saliva para suavizar la garganta. Cerrando los ojos con fuerza mientras reza por que no le hayan escuchado. Sus perseguidores empezaron a gritar su nombre amenazándole de encontrarle y aprovechando ese instante continuó reptando hasta colocarse debajo de un tronco caído. Allí guardó silencio y esperó a que desistieran; al menos por aquella noche.
Las ramas que escuchó como estallaban a su paso eran las mismas que avisaban de que seguían su mismo camino. No pudo distinguir cuantos eran por las voces, pero sabía que los suficientes para no dejarle salir de allí con vida. Se colocó de lado y abrió los ojos para mirar el cielo pidiendo a Dios que le dejara escapar esa vez, que nunca más se involucraría en asuntos de ese calibre. Maldecía para sí mismo las veces que quiso dejar a esa gente y nunca se atrevió a hacerlo. Las lágrimas que caían por sus mejillas le recordaban las veces que él era el cazador, siendo ahora la presa.
Un chasquido tras su escondite puso su cuerpo aún más en tensión. Cerró de nuevo los ojos, ahora con mucha más fuerza. Dejó de notar el frío que su cuerpo tenía. Tras el alboroto que decenas de ramas hacían al crujir, sus oídos quedaron tapados por el zumbido del miedo. Justo hasta el momento que notó como algo tocaba su hombro.
-¿Sabes qué le hacemos a los traidores como tú, no? –escuchó de esa voz familiar.
Al abrir los ojos solo pudo ver como seis cabezas rapadas le miraban con ojos sádicos y como el que se hacía pasar por cabecilla, antiguo compañero suyo, dejaba caer con fuerza ese robusto bate de madera que acabó por dejarlo inmerso en una dolorosa y rápida oscuridad.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. February 24 Una historia de lo más cotidiano...-Muchas gracias señorita. –dice el joven sin dejar de tocar. – Con esto podré tomarme un café. Qué tenga usted un buen día.
Lo que más sorprendió a Miriam esa mañana del 14 de febrero fue, no encontrar la rosa habitual que su admirador secreto le hacía llegar mediante entrega, si no que en su lugar se hallaba un paquete en forma de corazón envuelto en un papel de un rojo brillante fantástico.
-Y ahora me dirás, Cris, que hoy tampoco sabes quién lo ha mandado, ¿no?
La secretaria levanta los hombros haciéndole entender que sabe tanto como ella.
-Querida, sé tanto como tú. –prosigue. -Esta mañana no ha venido el motorista de la tienda de flores; un cartero ha sido quien me lo ha entregado en mano a tu nombre.
-¿Y te has fijado quién era? ¿Es guapo? –cuestiona y duda. –Podría tratarse de él, ¿no crees?
-Miriam, cariño, se trataba de un hombre que, de bien seguro, se aproximaba a la edad de tu padre.
Las dos sonríen mientras observan el extraño paquete.
-¿Por qué no lo abres y sales de dudas?
Miriam abre el regalo con sumo cuidado mirando nerviosa a su colega. En el interior se halla una pequeña cajita que guarda una fina y frágil cadena de oro con un precioso colgante en forma de Clave de Sol. Por la cara interior del envoltorio hay algo escrito a mano:
“Para que continúes regalándome una sonrisa cada mañana”
Miriam mira a su compañera incrédula, sin saber que decir. Intenta imaginar de quién se puede tratar, pero no recuerda sonreír a nadie conocido habitualmente.
Pasan las horas en la oficina y el agobio del trabajo no impide que la secretaria vea la cara de enigma que su jefa tiene mientras esta mira por la ventana indecisa a dar algún nombre a tan anónimo caballero.
Imagina que puede ser alguien de los despachos anexos al suyo, o algún vecino, un cliente; incluso ese misterioso cartero que ha aparecido hoy nuevo en su vida. Quizá alguien la está vigilando desde el edificio que hay frente a su ventana. Mira de nuevo a la calle y no distingue a nadie en concreto, solo esa marabunta de gente que puebla las calles del centro de Bilbao. Recuerda como en esas películas, el efecto que hace la cámara al querer fijarse concretamente en alguien que hace bulto entre la multitud. Pero no; esto no es el cine, es una simple oficina de recursos humanos.
-Cris, por favor, ¿puedes mirarme las citas que tengo hoy en la agenda?
-No tienes nada querida. Hoy es San Valentín y la gente desea que sus citas sean con sus respectivas parejas. Creo que estamos solas tú y yo este día tan…tan. Mejor no digo más.
-Si al menos supiera de quién se trata podría invitarle a cenar esta noche.
Se sienta de nuevo en la butaca mirando fijamente la joya. Levanta el brazo y la sostiene ante sí intentando ver a través de ella el nombre de ese anónimo. Busca tras la pieza algún grabado, alguna señal; quizá el nombre de la tienda donde ha sido adquirido. Pero nada. Inspecciona el papel, cara por cara, pero solo ve lo que yace escrito en él:
“Para que continúes regalándome una sonrisa cada mañana”
Nada.
A las siete de la tarde la oscuridad se extiende sobre la ciudad. Miriam marcha sola hacia su piso mirando a un lado y a otro. Busca alguien, o algo. Unos ojos, una mirada furtiva, una sonrisa fuera de lugar. Pero las calles han acabado hallándose solitarias a medida que se aleja del centro.
Rebusca las llaves del inmueble entre las cosas que lleva en el bolso cuando la botella que tumba un pequeño gato a su paso la hace sobresaltar. Se gira y mira fijamente al felino. Este, inmóvil, hace lo mismo con ella. Y mientras, el sonido de una guitarra hace salir las notas por detrás de la tapia de la que ha saltado el animal. Sonaba una música tranquilizadora y preciosa. Pero pronto quedan tapadas por las campanadas avisando que va siendo hora de entrar en casa y descansar.
Se mete en la cama, con una jarra de sopa bien caliente y ese libro que lleva tanto tiempo dedicado a su lectura. Pero esta noche tampoco puede acabarlo. Observa el colgante que pende del cuello y piensa en su propietario. Cavila aún a quién le dedica esa sonrisa que tanto aprecia.
Cuando menos lo desea, suena el estridente despertador anunciando un nuevo día. Rauda se levanta y corre a darse una ducha, contenta, como una mañana más. Al secarse divisa algo que brilla a través del vaho que impregna el espejo; lo desempaña con la toalla y ve ese colgante que había desaparecido de su mente. Y la frase merodea una vez más por su cabeza:
“Para que continúes regalándome una sonrisa cada mañana”
Se viste aprisa con esa duda dando vueltas en su interior y se lanza escaleras abajo proponiéndose a sí misma no pensar en él durante la jornada.
Para a comprarse el periódico del día en el quiosco de la esquina próxima a su trabajo. La vuelta la guarda en la mano y se acerca a ese chico que siempre está allí sentado tocando la guitarra y esperando que alguien le eche algo de dinero dentro de la gorra que deja en el suelo.
-Toma, para que tomes un café calentito que la mañana de hoy es fría.
-Muchas gracias señorita. –responde el joven. – Por cierto…bonita sonrisa la de esta mañana.
-¿Cómo?
Hell.
February 18 Cuentacuentos 8Dedicado a todos pero especialmente a Beleita.
Brotaba pintura de entre sus dedos y de sus ojos maravillosas fotografías de bellos instantes. Así es como la vi el primer día que la conocí.
Una amiga me habló de ella y me explicó cosas maravillosas. Sus obras, su arte, la pasión empleada en ellas. Increíble era el adjetivo que utilizaba al describirla y al final sentí que era algo exagerado.
Salimos de la ciudad en busca de su estudio, a las afueras; escondida a los ojos de los curiosos. Me señaló el lugar cuando llegamos a un camino recóndito entre la maleza. Altos árboles bien alineados ocultaban un estrecho sendero que nos conducía hasta una pequeña casa de madera muy colorida. Sobre el marco que gobernaba la entrada de la puerta principal restaba una leyenda grabada en madera que rezaba: “Dejar de ser princesa para ser rana” y a ambos lados de la frase se avistaban dos simpáticas ranitas con coronas en sus cabezas.
Mi compañera me comentó que la puerta de su casa siempre estaba abierta, pero que solo la gente buena de corazón era capaz de franquearla. Y así era, la puerta nos esperaba a medio abrir, sin pomo ni cerradura; tan solo una vieja campana colgaba a un lado que nos mostraba el tiempo que hacía que no era golpeada.
Las estancia era amplia, los colores plácidos y el sol que penetraba a través de las cortinas daba a la sala un ambiente cálido. Las lámparas que colgaban de sus vigas daban una caricia de ingenio al escenario. Las paredes repletas de cuadros pintados directamente en ellas entremezclados entre sí. No lograba averiguar donde acababa uno y empezaba el siguiente, pero podía diferenciarlos. El perchero de pié que vigilaba una de las esquinas sospesaba un abrigo largo y negro, del mismo color que la gorra de lana de estilo francés mostraba desde la percha más alta. De la viga central que cruzaba la estancia colgaban unas pequeñas moscas hechas con diminutos coladores como ojos y alas de abanicos. Un calendario con dibujos de payasos de 1969 descansaba sobre la pared que vigilaba un gran loro verde caminando sobre un tronco donde descansar y una foto, no muy lejos de allí, me enseñaba a las personas que alguna vez la hicieron sonreír: Jara, Aarón, Pistachita, Larisavel, una chica de pelo rizado castaño y cara angelical, suponía que debía ser ella, y alguien a su lado que por alguna extraña razón salía completamente borroso.
Mi amiga me señaló unas escaleras que trepaban al piso de encima. Al subir por ellas me quedé fascinado al ver que sobre la barandilla había una guirnalda de luces con formas de hadas que conducían al visitante hasta un lugar mágico, más allá de la realidad.
Una puerta completamente blanca nos esperaba al final del último escalón, donde unas rojas letras nos decían: “Pasar sin llamar, sin molestar, sin dudar.” Y al entrar en aquella habitación mi fascinación creció vertiginosamente. Era toda de cristal, incluso el techo; y la luz entraba radiante sin dejar apenas espacio a sombras en toda la sala. Colores violetas, verdes, amarillos, rojos, estaban suspendidos en el aire. Una gran bola de luz brillaba en el centro de la habitación y el ruido de salpicaduras acompañaba algunas de las imágenes que ese albor despedía.
-Siéntate y observa. –dijo mi compañera. –Cuando estés preparado la conocerás por fin.
Y allí restamos los dos, callados, observando como esa luz se desvanecía poco a poco dando paso a poder ver como un reguero de colores impregnaban un gran lienzo en el que aparecía un dibujo que me resultaba familiar. La claridad de las formas venía lentamente a mis ojos y vi, sorprendido, que lo que mostraba el cuadro éramos mi amiga y yo sentados exactamente en el mismo lugar donde estábamos en ese momento. Con la boca abierta, y sin saber qué decir, miré a la chica inseparable que tenía a mi lado; la misma que me sonrío e hizo que callara con su dedo.
La luz se esfumó formando un eclipse con la figura de esa chica fantástica que cayó arrodillada con las manos llenas de pintura. Nos acercamos a ella sigilosamente y fue ahí donde vislumbré que brotaba pintura de entre sus dedos. Al girarse me miró fijamente y noté como parte de mí se congeló en sus pupilas y una sonrisa iluminó su cara justo al decir…
-Os estaba esperando.
Hell. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. soñar, gritar y no despertarHoy llovía, el cielo era de un tono grisáceo bastante oscuro y yo estaba con todos vosotros, pero solo. Pensaba en la familia que tenía a mi lado pero que no me escuchaban por mucho que dijera. Pensaba en mis amigos que no sonreían por mucho que lo pidiera. Pensaba en aquellos que estaban más lejos y que les gritaba pero no llegaban a escucharme. Y pensaba en ti, que estás aún más lejos, y que ya no me escuchas, pero soñaba…
Soñaba… …en una estancia grande donde la oscuridad reinaba en todo aquello que no fuera la tenue luz de ese pequeño candil que colgaba encima de la mesa. Un tablero incrustado en ella servía de manto a unas figuras talladas por la mano del mismo diablo esperando inmóviles que una ayuda las moviera para continuar la batalla. El rey cubierto con cargada capa, los caballos ornamentados con finas púas de acero, las torres guardando fieles avistando al enemigo y el resto callaban esperando ser manipulados al siguiente paso.
Los grilletes que apretaban mis muñecas no dejaban moverme del trono de donde os observaba, sumido en la sombra, sin apenas un resquicio de esperanza a ser visto. Concentrado piensas cual será el próximo movimiento, y la dama que hay frente a ti se levanta suavemente.
Intento gritarte pero la música de un único violín es capaz de tapar mi gemido y envenenar tus oídos estimulados al verla como te extiende la mano pidiendo que vayas hacia ella.
Esa mujer, de admirable belleza y sinuosa figura, te conduce a su son haciéndote perder el sentido. Tus manos recorren la curvatura de su cuerpo y tu cabeza descansa sobre su aterciopelado hombro semidesnudo; ella acaricia tu espalda con sus falanges esqueléticas a la vista; a mi vista. Sus ojos me miran y me enseñan de quién se trata, sabiendo que no puedo avisarte. Su rostro cambia a un aspecto cadavérico cuando se planta ante mí, y tú no puedes percibirlo. Mientras...danzáis.
Grito a más no poder, pero no me escuchas y dejo que bailes con ella hasta que ceses por fin a sus placeres. Mientras, en mi cabeza, resurgen preguntas sin respuesta e imágenes que me cuentan dudas…
Dudas… …las que tengo tras pensar en lo sucedido. Todo tiene un principio y un fin. Los hay quien se molestan en advertirte de que no has acabado, pero es el final que tú quieres darle. Preguntas que ahora no puedes responder, señales que no hay que buscar al ser imposible hallar su respuesta; pero nada es perfecto y todos pecamos por inocentes. ¿Has sido tú inocente? ¿Qué culpa es la que te lleva hasta aquí? ¿Por quién o qué es por lo que lo has hecho?
Has erradicado tu problema y, en un tiempo, los demás darán por hecha tu demanda. Que se olvide el mundo no es tan fácil. Siempre hay más. Solo falta salir a buscar. Y es mí cometido justo a que la tranquilidad visite mi alma y le explique que todo fue mentira.
Pero una mentira no es un engaño.
El talant que duïas a dins teu significaba, per davant de tot, sapiguer ser lliure. Tú ho has fet fins al punt mes àlgid; i has fet allò que sempre has volgut… …fins avui día. Hell. February 15 A propósito de JaraDulce locura la que esconden tus ojos cuando duermes.
Atrapado quedas entre los pentagramas de tu sonrisa que fue la que nos hizo hoy poder resistir a este otro día que se pudo firme a nuestros sueños.
Dulce locura cubierta de una mirada sincera
que recorre el pensar de nuestro conocimiento,
conocimiento que engorda con tus batallas y tus cuentos...
Dulce locura la que descansa a tu lado,
pegada a tu piel hasta las tantas de la mañana,
persigue tu esencia por las calles
y se convierte en tu sombra para que no la pierdas.
Dulce y amarga locura
ahora que descansas.
Dulce entre tus manos,
entre los labios,
entre tu corazón y el pecho...
Y ahora que estas sin estarlo
te digo buenas noches en silencio
para no despertarte.
Dulce locura, dulce.
Descansa.
*(de Jara)
Muchas gracias por hacerme sonreír al despertarme esta mañana.
Un beso.
Hell. |
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