M.'s profileCuando la verdad no es l...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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November 04 Cuentacuentos 20, frase de CarabiruUna mancha de vino en el mantel, el sonido del disco de pizarra arañado por la aguja del gramófono al haber llegado a su fin, los zapatos tirados por el suelo y el traje gris oscuro de Armani mal colocado sobre el respaldo del butacón de flecos. Isaac se mueve nervioso mientras descansa bajo las sábanas negras de raso. El sol penetra entre las grietas paralelas de la persiana mal cerrada. Impactan sobre su rostro, pero no le perturban el sueño. Estira el brazo suavemente hasta colocarlo bajo la almohada. Suspira, tose y suspira de nuevo. Murmulla algo ininteligible y aparece una sonrisa tímida. En el baño, el vaho del agua caliente de la ducha empaña el espejo. La cortina mojada trasparenta la silueta del cuerpo voluptuoso de Martinique mientras se aclara el jabón. Cierra el grifo, se envuelve en la toalla sedosa y se recoge el pelo con otra un poco más pequeña. El teléfono móvil de Isaac vibra en silencio sobre la mesita de noche, al lado del libro que no consigue terminar. Alarga el brazo y tantea hasta encontrarlo. Abre los ojos, respira profundamente y se atusa el pelo hacia atrás. Era Ana, su pareja, desde hace ocho años. Entorna los ojos en blanco y lanza el aparato al lado vacío de la cama. Se incorpora y ve, bajo la ranura de la puerta, que la luz del baño está encendida. Cubre su cuerpo con su albornoz preferido y va hasta la cocina para prepararse un café. Se sienta sobre uno de los taburetes de madera altos como el mostrador a esperar que el borboteo del hervor cese para poder servirlo. Martinique se coloca el tanga negro con transparencias, el sujetador que lleva a juego y se enfunda en el vestido, extremadamente ceñidísimo, tapando tan solo la mitad de su cuerpo. El contraste del negro del minivestido con el blanco de sus piernas y escote difiere a la perfección. Limpia el vaho del espejo con la toalla que llevaba enrollada en el pelo. De su bolso extrae un pintalabios rojo pasión y se los pinta con sumo cuidado, con elegancia. Un poco de rímel en las pestañas para realzar el azul radiante de sus grandes ojos. Con su larga melena rubia, aún húmeda, se hace una trenza que le cuelga por el hombro derecho. El frío del suelo hace que acelere el paso desde el baño hasta la habitación. Ve que Isaac se ha despertado ya; imagina que está en la cocina. Recoge las medias que hay bajo la ropa del chico y se las coloca acariciándose las piernas. Se calza los zapatos negros con un talón de vértigo, recoge su bolso y va en busca de Isaac. El joven está tomándose el café mientras hojea el periódico del día anterior. Levanta la vista y ve a Martinique radiante, como la noche anterior. Él le sonría, ella le guiña un ojo y mira al derredor. -¿Lo tienes preparado? -¿Cuánto me dijiste, cariño? –preguntó el chico. -Toda la noche son 400€, cielo. –responde la chica. Isaac coge la cartera de la mesita bajera que hay entre el televisor y el gran sofá negro. Saca un billete de 500, se lo entrega y le da un beso en la frente. -Me lo he pasado genial. Eres divina. -Muchos me dicen lo mismo, pero debo reconocer que has sido cariñoso conmigo. -¿Volveremos a vernos? -Depende de tu bolsillo, ¿no crees? Isaac agachó la cabeza y se fijó en el poso que el café había dejado en el fondo de la taza. -Cierra la puerta cuando salgas. –le respondió cabizbajo. -¿Qué te ocurre, cielo? –pregunta Martinique extrañada. -¿No habrás pensado que contigo es diferente, no? -Pensé que… -guardó silencio. –Nada. Cuando tenga ganas de verte ya me pasaré por allí. Muchas gracias por tus servicios. -De nada mi amor. –dicho esto giró sobre sus talones y camino hacia la puerta. -¿Sabes? La chica se dio la vuelta con el pomo de la puerta en la mano y miró fijamente a los ojos de Isaac. Él la miró con los suyos vidriosos. -Si crees que pagando encontrarás a una chica decente pierdes el tiempo. –le lanzó un beso con la mano y, antes de cerrar la puerta añadió: -Espero tu llamada, cariño; porque sé que lo harás. Los tacones se escucharon hasta que llegaron a la planta inferior. Isaac volvió a coger el periódico, se sirvió otra taza de café y se sentó en el sofá. Y allí, frente al televisor, pasó el resto de la tarde del domingo; mirando películas románticas y esperando que Ana le llame de nuevo.
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