M.'s profileCuando la verdad no es l...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
|
November 06 Cuentacuentos 21, frase de Jara“-¿Qué haces? -Ver porno. ¿Y tú? -Pensar en ti. -¿Con un cuchillo en la mano? -Estaba cortando zanahorias. -Ah, claro. Y mientras estabas cortando zanahorias con un cuchillo pensabas en mí; que gracioso. ¿En alguna zona en particular o en todo mí, en general? Clara se acercó a Isaac lentamente, mostrándole su cara de niña mala que tiene ganas de jugar. Pasó por detrás del sofá y se reclinó a su lado. -En realidad tenía ganas de matarte. –le contestó mientras le colocaba la hoja del cuchillo frente a los ojos. –Pensaba que te gustaría saberlo antes de que lo hiciera. Que después me dices que no te aviso de nada. -¡Vete a freír espárragos! –vociferó mientras apartaba el cuchillo de un manotazo. Clara se marchó hacia la cocina soltando carcajadas. Era una chica irremediable. Le encantaba gastar ese tipo de bromas aun sabiendo que eran de mal gusto. Abrió la nevera para mirar que había para beber que estuviera decentemente fresco. El calor de ese agosto era insoportable y el poco dinero que tenían para subsistir no les permitía gastarlo en reparar el aire acondicionado. Una botella de cola a punto de acabarse y un par de latas de cerveza. Optó por lo segundo. Continuó preparando la comida. Tiró las rodajas de zanahorias a la sartén y esperó que el aceite las dorase. En el comedor, Isaac se estaba empapando de sudor entre el calor de la estancia y el porno que miraba. Era un chico sin remedio. Un salido, como dice Matilde, su hermana pequeña. Isaac escuchó el sonido del gas que se libera al abrir una lata de cerveza. -¿Qué estás bebiendo, cariño? -Una de las cervezas que quedan en la nevera. -¿Me traes la otra? -Mueve tu culo y levántate a cogerla tú mismo. -¡Anda y que te jodan! -¡Ya me gustaría que me lo hicieran! Isaac acabó por quitarse los pantalones y dejarlos sobre la camiseta, a un lado del sofá. Se levantó a abrir las persianas para dejar correr el aire y se acercó a la cocina a por esa lata fresca. Clara, su mujer, llevaba tan solo un camisón sin nada debajo. El sudor hacía que se le trasparentaran los pezones. Él se le acercó por la espalda y le paseó la mano por encima del izquierdo. -¿Se puede saber qué haces? -Es que te veía tan sensual que… -Si estoy caliente no es gracias a ti, sino a esta maldita ola de calor que nos va a dejar a todos secos. No vas a calentarme tú con las pintas que me llevas. ¿Son los mismos calzoncillos o tienes cuatro pares iguales? El aceite empezó a crepitar de manera escandalosa. Una brisa de aire caliente se introdujo por la ventana de la cocina. Clara abrió la boca para poder respirar algo mejor e Isaac abrió la nevera para aprovechar ese aire y enfriarlo un poco. -¿Y si dejamos la puerta de la nevera abierta, cariño? –le preguntó el chico mientras introducía su cabeza en el interior. –Se está fresquito aquí dentro. -Haz el favor de cerrarla. Poco dinero tenemos para que nos suban la factura de la luz. Además, por la tele dijeron que esto duraría menos de una semana. Ya llevamos cinco días así y parece que no para de subir. ¿Se acabará de un momento a otro, no? -Eso espero. Esta mañana he tenido que salir a buscar agua al supermercado protegido con un paraguas. No había casi nadie por la calle y los que había iban igual que yo. Alguno incluso iba tan solo con el bañador y las chancletas para no quemarse los pies en el asfalto. Isaac volvió al comedor. Observó que las aspas del ventilador del techo no hacían más que remover el ambiente caldeado. Colocó bien la sábana que cubría el sofá y se estiró para continuar mirando la tele. Por la pantalla se veía el plató del telenoticias vacío y una pequeña pantalla digital mostraba un mensaje repetidas veces. Alerta roja por la ola de calor. Alerta roja por la ola de calor. Alerta… El olor a humo hizo que el chico se levantara para ver qué ocurría en la cocina. La sartén estaba humeante. Corrió a quitarla del fuego pero este estaba apagado. Escuchó una leve explosión a su derecha. Otra más, y otra. Al girarse vio como los huevos que había en la cesta de aluminio estallaban solos. La temperatura aumentó unos grados más y le costaba respirar. Cada bocanada de aire aspirado le quemaba la garganta. Se giró para dirigirse hacia la nevera y encontró a su mujer con la cabeza metida en ella. -¿No decías que no hiciera eso? –preguntó con dificultad. –Déjame un lado, cariño. Este calor nos va a matar. Al intentar apartar a su mujer su cuerpo inerte cayó de espaldas al suelo. El rostro de Clara era horroroso. Tenía las venas del cuello y de la cabeza hinchadas. Su cara inflada de un color tirando a morado y su boca abierta con la lengua tiesa hacia fuera. El chico se echó hacia atrás golpeándose la espalda contra el mármol de la repisa. Apoyó las manos sobre este y el calor que irradiaba hizo que las quitara rápidamente. Los nervios hicieron que necesitara oxígeno en sus pulmones y respiró agónicamente ese aire abrasivo. Su mente empezó a nublarse y caminaba tambaleándose hacia el teléfono. Unos metros antes de alcanzarlo perdió las fuerzas y cayó de bruces al suelo. Se esforzaba en abrir la boca al máximo para poder insuflar algo de oxígeno aunque le quemara los pulmones. Estiró las manos para arrastrarse, clavando las uñas en las rendijas de las baldosas. Su cuerpo experimentaba una sensación asfixiante. Se quemaba por dentro. Tenía que intentar llegar al teléfono y marcar el número de urgencia. Faltaban dos metros y sus fuerzas le abandonaban. En sus ojos veía la mesita del aparato muy borrosa. Notaba la presión en su cabeza y como los globos oculares se hinchaban con cada palpitación de su corazón. Estiró el brazo intentando alcanzar la mesita para hacerla caer y vio su piel llena de ampollas. Como se tornaba de un marrón rojizo y sus músculos se quedaban lentamente tiesos. Sacó la lengua y palpó el aire con ella, le quemaba. Un olor a chamusquina flotaba en el aire. Dejó de notar su cuerpo justo antes de entrar en combustión. El fuego se propagó lentamente por su piel haciendo que se retorciera convertida en pequeños jirones chamuscados. Olió el hedor a plumas de pollo quemadas cuando el fuego arrasó su corto pelo rebelde llegando a derretirle las orejas. Todo su cuerpo quedó envuelto en llamas.” -¡Joder! –exclamó Marc. -¿Vaya historia más buena, no? -¡Vaya! –contestó Ivan mientras cerraba el libro. –Tengo ganas de leer más. Quizá esta noche, antes de irme a la cama. -Oye, preséntame a tu abuelo. Debe ser una persona genial. ¿Ha escrito más libros como este? -¡Ivan! –entró su madre gritando. –Te tengo dicho que no leas las cosas del abuelo. Trae ese libro aquí ahora mismo. -No te lo puedo presentar –le susurró a su amigo antes de devolvérselo a su madre. -, está encerrado en un centro psiquiátrico. -¿Y qué hace allí? -Dicen que está loco.
Hell. Comments (6)
TrackbacksThe trackback URL for this entry is: http://loikaeimie.spaces.live.com/blog/cns!3E155481E0DA93DC!1184.trak Weblogs that reference this entry
|
|
|