M.'s profileCuando la verdad no es l...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
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Cuando la verdad no es lo que parece......y la mentira no es lo que muestra November 08 Cambio de domicilioPues sí...
Visto el resultado con las conexiones con las que el señor Gates nos tortura, he decidido seguir el ejemplo de muchos compañeros y mudarme al mundo Blogger.
Quién sabe si será a mejor o a peor, pero esto necesitaba un cambio y voy a por ello.
Así que, a partir de ahora, todos los relatos escritos por iniciativa de El Cuentacuentos van a publicarse en mi nuevo hogar.
Espero que no os dé muchos problemas (a aquellos que quieran pasar a leer un rato).
No voy a cerrar este espacio tampoco ya que en él voy a ir colgando fotos y, seamos sinceros, lo que me dé la gana; que para eso es mío! (con el permiso del señor Gates, por supuesto).
Ahí os dejo la dirección: http://apetitosangriento.blogspot.com
Bon appetit!
Vuestro amigo y compañero de letras:
Hell. November 06 Cuentacuentos 21, frase de Jara“-¿Qué haces? -Ver porno. ¿Y tú? -Pensar en ti. -¿Con un cuchillo en la mano? -Estaba cortando zanahorias. -Ah, claro. Y mientras estabas cortando zanahorias con un cuchillo pensabas en mí; que gracioso. ¿En alguna zona en particular o en todo mí, en general? Clara se acercó a Isaac lentamente, mostrándole su cara de niña mala que tiene ganas de jugar. Pasó por detrás del sofá y se reclinó a su lado. -En realidad tenía ganas de matarte. –le contestó mientras le colocaba la hoja del cuchillo frente a los ojos. –Pensaba que te gustaría saberlo antes de que lo hiciera. Que después me dices que no te aviso de nada. -¡Vete a freír espárragos! –vociferó mientras apartaba el cuchillo de un manotazo. Clara se marchó hacia la cocina soltando carcajadas. Era una chica irremediable. Le encantaba gastar ese tipo de bromas aun sabiendo que eran de mal gusto. Abrió la nevera para mirar que había para beber que estuviera decentemente fresco. El calor de ese agosto era insoportable y el poco dinero que tenían para subsistir no les permitía gastarlo en reparar el aire acondicionado. Una botella de cola a punto de acabarse y un par de latas de cerveza. Optó por lo segundo. Continuó preparando la comida. Tiró las rodajas de zanahorias a la sartén y esperó que el aceite las dorase. En el comedor, Isaac se estaba empapando de sudor entre el calor de la estancia y el porno que miraba. Era un chico sin remedio. Un salido, como dice Matilde, su hermana pequeña. Isaac escuchó el sonido del gas que se libera al abrir una lata de cerveza. -¿Qué estás bebiendo, cariño? -Una de las cervezas que quedan en la nevera. -¿Me traes la otra? -Mueve tu culo y levántate a cogerla tú mismo. -¡Anda y que te jodan! -¡Ya me gustaría que me lo hicieran! Isaac acabó por quitarse los pantalones y dejarlos sobre la camiseta, a un lado del sofá. Se levantó a abrir las persianas para dejar correr el aire y se acercó a la cocina a por esa lata fresca. Clara, su mujer, llevaba tan solo un camisón sin nada debajo. El sudor hacía que se le trasparentaran los pezones. Él se le acercó por la espalda y le paseó la mano por encima del izquierdo. -¿Se puede saber qué haces? -Es que te veía tan sensual que… -Si estoy caliente no es gracias a ti, sino a esta maldita ola de calor que nos va a dejar a todos secos. No vas a calentarme tú con las pintas que me llevas. ¿Son los mismos calzoncillos o tienes cuatro pares iguales? El aceite empezó a crepitar de manera escandalosa. Una brisa de aire caliente se introdujo por la ventana de la cocina. Clara abrió la boca para poder respirar algo mejor e Isaac abrió la nevera para aprovechar ese aire y enfriarlo un poco. -¿Y si dejamos la puerta de la nevera abierta, cariño? –le preguntó el chico mientras introducía su cabeza en el interior. –Se está fresquito aquí dentro. -Haz el favor de cerrarla. Poco dinero tenemos para que nos suban la factura de la luz. Además, por la tele dijeron que esto duraría menos de una semana. Ya llevamos cinco días así y parece que no para de subir. ¿Se acabará de un momento a otro, no? -Eso espero. Esta mañana he tenido que salir a buscar agua al supermercado protegido con un paraguas. No había casi nadie por la calle y los que había iban igual que yo. Alguno incluso iba tan solo con el bañador y las chancletas para no quemarse los pies en el asfalto. Isaac volvió al comedor. Observó que las aspas del ventilador del techo no hacían más que remover el ambiente caldeado. Colocó bien la sábana que cubría el sofá y se estiró para continuar mirando la tele. Por la pantalla se veía el plató del telenoticias vacío y una pequeña pantalla digital mostraba un mensaje repetidas veces. Alerta roja por la ola de calor. Alerta roja por la ola de calor. Alerta… El olor a humo hizo que el chico se levantara para ver qué ocurría en la cocina. La sartén estaba humeante. Corrió a quitarla del fuego pero este estaba apagado. Escuchó una leve explosión a su derecha. Otra más, y otra. Al girarse vio como los huevos que había en la cesta de aluminio estallaban solos. La temperatura aumentó unos grados más y le costaba respirar. Cada bocanada de aire aspirado le quemaba la garganta. Se giró para dirigirse hacia la nevera y encontró a su mujer con la cabeza metida en ella. -¿No decías que no hiciera eso? –preguntó con dificultad. –Déjame un lado, cariño. Este calor nos va a matar. Al intentar apartar a su mujer su cuerpo inerte cayó de espaldas al suelo. El rostro de Clara era horroroso. Tenía las venas del cuello y de la cabeza hinchadas. Su cara inflada de un color tirando a morado y su boca abierta con la lengua tiesa hacia fuera. El chico se echó hacia atrás golpeándose la espalda contra el mármol de la repisa. Apoyó las manos sobre este y el calor que irradiaba hizo que las quitara rápidamente. Los nervios hicieron que necesitara oxígeno en sus pulmones y respiró agónicamente ese aire abrasivo. Su mente empezó a nublarse y caminaba tambaleándose hacia el teléfono. Unos metros antes de alcanzarlo perdió las fuerzas y cayó de bruces al suelo. Se esforzaba en abrir la boca al máximo para poder insuflar algo de oxígeno aunque le quemara los pulmones. Estiró las manos para arrastrarse, clavando las uñas en las rendijas de las baldosas. Su cuerpo experimentaba una sensación asfixiante. Se quemaba por dentro. Tenía que intentar llegar al teléfono y marcar el número de urgencia. Faltaban dos metros y sus fuerzas le abandonaban. En sus ojos veía la mesita del aparato muy borrosa. Notaba la presión en su cabeza y como los globos oculares se hinchaban con cada palpitación de su corazón. Estiró el brazo intentando alcanzar la mesita para hacerla caer y vio su piel llena de ampollas. Como se tornaba de un marrón rojizo y sus músculos se quedaban lentamente tiesos. Sacó la lengua y palpó el aire con ella, le quemaba. Un olor a chamusquina flotaba en el aire. Dejó de notar su cuerpo justo antes de entrar en combustión. El fuego se propagó lentamente por su piel haciendo que se retorciera convertida en pequeños jirones chamuscados. Olió el hedor a plumas de pollo quemadas cuando el fuego arrasó su corto pelo rebelde llegando a derretirle las orejas. Todo su cuerpo quedó envuelto en llamas.” -¡Joder! –exclamó Marc. -¿Vaya historia más buena, no? -¡Vaya! –contestó Ivan mientras cerraba el libro. –Tengo ganas de leer más. Quizá esta noche, antes de irme a la cama. -Oye, preséntame a tu abuelo. Debe ser una persona genial. ¿Ha escrito más libros como este? -¡Ivan! –entró su madre gritando. –Te tengo dicho que no leas las cosas del abuelo. Trae ese libro aquí ahora mismo. -No te lo puedo presentar –le susurró a su amigo antes de devolvérselo a su madre. -, está encerrado en un centro psiquiátrico. -¿Y qué hace allí? -Dicen que está loco.
Hell. November 04 Cuentacuentos 20, frase de CarabiruUna mancha de vino en el mantel, el sonido del disco de pizarra arañado por la aguja del gramófono al haber llegado a su fin, los zapatos tirados por el suelo y el traje gris oscuro de Armani mal colocado sobre el respaldo del butacón de flecos. Isaac se mueve nervioso mientras descansa bajo las sábanas negras de raso. El sol penetra entre las grietas paralelas de la persiana mal cerrada. Impactan sobre su rostro, pero no le perturban el sueño. Estira el brazo suavemente hasta colocarlo bajo la almohada. Suspira, tose y suspira de nuevo. Murmulla algo ininteligible y aparece una sonrisa tímida. En el baño, el vaho del agua caliente de la ducha empaña el espejo. La cortina mojada trasparenta la silueta del cuerpo voluptuoso de Martinique mientras se aclara el jabón. Cierra el grifo, se envuelve en la toalla sedosa y se recoge el pelo con otra un poco más pequeña. El teléfono móvil de Isaac vibra en silencio sobre la mesita de noche, al lado del libro que no consigue terminar. Alarga el brazo y tantea hasta encontrarlo. Abre los ojos, respira profundamente y se atusa el pelo hacia atrás. Era Ana, su pareja, desde hace ocho años. Entorna los ojos en blanco y lanza el aparato al lado vacío de la cama. Se incorpora y ve, bajo la ranura de la puerta, que la luz del baño está encendida. Cubre su cuerpo con su albornoz preferido y va hasta la cocina para prepararse un café. Se sienta sobre uno de los taburetes de madera altos como el mostrador a esperar que el borboteo del hervor cese para poder servirlo. Martinique se coloca el tanga negro con transparencias, el sujetador que lleva a juego y se enfunda en el vestido, extremadamente ceñidísimo, tapando tan solo la mitad de su cuerpo. El contraste del negro del minivestido con el blanco de sus piernas y escote difiere a la perfección. Limpia el vaho del espejo con la toalla que llevaba enrollada en el pelo. De su bolso extrae un pintalabios rojo pasión y se los pinta con sumo cuidado, con elegancia. Un poco de rímel en las pestañas para realzar el azul radiante de sus grandes ojos. Con su larga melena rubia, aún húmeda, se hace una trenza que le cuelga por el hombro derecho. El frío del suelo hace que acelere el paso desde el baño hasta la habitación. Ve que Isaac se ha despertado ya; imagina que está en la cocina. Recoge las medias que hay bajo la ropa del chico y se las coloca acariciándose las piernas. Se calza los zapatos negros con un talón de vértigo, recoge su bolso y va en busca de Isaac. El joven está tomándose el café mientras hojea el periódico del día anterior. Levanta la vista y ve a Martinique radiante, como la noche anterior. Él le sonría, ella le guiña un ojo y mira al derredor. -¿Lo tienes preparado? -¿Cuánto me dijiste, cariño? –preguntó el chico. -Toda la noche son 400€, cielo. –responde la chica. Isaac coge la cartera de la mesita bajera que hay entre el televisor y el gran sofá negro. Saca un billete de 500, se lo entrega y le da un beso en la frente. -Me lo he pasado genial. Eres divina. -Muchos me dicen lo mismo, pero debo reconocer que has sido cariñoso conmigo. -¿Volveremos a vernos? -Depende de tu bolsillo, ¿no crees? Isaac agachó la cabeza y se fijó en el poso que el café había dejado en el fondo de la taza. -Cierra la puerta cuando salgas. –le respondió cabizbajo. -¿Qué te ocurre, cielo? –pregunta Martinique extrañada. -¿No habrás pensado que contigo es diferente, no? -Pensé que… -guardó silencio. –Nada. Cuando tenga ganas de verte ya me pasaré por allí. Muchas gracias por tus servicios. -De nada mi amor. –dicho esto giró sobre sus talones y camino hacia la puerta. -¿Sabes? La chica se dio la vuelta con el pomo de la puerta en la mano y miró fijamente a los ojos de Isaac. Él la miró con los suyos vidriosos. -Si crees que pagando encontrarás a una chica decente pierdes el tiempo. –le lanzó un beso con la mano y, antes de cerrar la puerta añadió: -Espero tu llamada, cariño; porque sé que lo harás. Los tacones se escucharon hasta que llegaron a la planta inferior. Isaac volvió a coger el periódico, se sirvió otra taza de café y se sentó en el sofá. Y allí, frente al televisor, pasó el resto de la tarde del domingo; mirando películas románticas y esperando que Ana le llame de nuevo.
Hell. September 23 Cuentacuentos 19-Incluso el que menos te lo esperas podría ser el que buscamos. –comentó Hurtado mirando a Goretti de reojo. Le pasó los binoculares y apoyó la espalda contra la pared para encenderse un cigarro.
La sargento Ana Goretti no salía de su asombro. Esa chica tan frágil, tan amable, tan cordial. La chica que días atrás la invitó a su piso para agradecerle lo que había hecho por ella. La misma chica que ahora estaban vigilando desde el tercer piso del bloque que hay justo en frente del centro comercial. ¿Con quién se habría citado en La Vaguada? ¿Con su próxima víctima? ¿Con su ayudante en los crímenes?
-No veo a nadie sospechoso, Hurtado. –la sargento se detuvo al ver la persona que se acercaba a la chica. –Esto no puede ser.
-¿Qué ocurre Ana?
-Adivina quién está ahora mismo con Sonia. –la cara de Goretti mostraba incertidumbre. Se giró hacia su compañero y aclaró. –Alonso Tarapiella está hablando con ella. ¿Te lo puedes creer?
-¿Pero es que está loco? –el inspector se arrodillaba para observar sobre la baranda. –Va a estropear la operación.
Hizo sonar tres veces el mando del walkie para avisar a los agentes que iban disfrazados por el parque del recinto. Necesitaba tiempo para pensar. No esperaba que Hell apareciese así, y menos que entablase conversación con ella. Se acercó el aparato a sus labios cuando la sargento le tocó el hombro.
-Espera, Hurtado. –pidió. –Estoy viendo un punto rojo en la ropa de nuestra sospechosa.
-¿Cómo?
-¡Que la están apuntando desde algún lugar! –cogió al inspector de una de las solapas, nerviosa. –Avisa a los chicos que no se muevan, que no hagan ningún gesto brusco. No es a ella a quien buscamos. ¡Nos han tendido una trampa!
Mientras, en el parque del centro, Tarapiella se separó un par de metros de la chica al ver el mismo punto rojo que divisó la sargento. Esperó que desde el punto de vigilancia dieran el aviso a los demás para que no hicieran nada.
-Sonia –dijo el agente. –te están apuntando desde algún lugar con un punto de mira. Tienes un puntito rojo sobre la zona del estómago. No te pongas nerviosa.
-¿Pero que… -ésta se echó hacia atrás también. – ¿Se puede saber qué está pasando aquí?
-Los del departamento te estaban siguiendo porque pensaban que eras tú la persona que había cometido los crímenes. Estaban tan seguros que querían darte caza hoy mismo, pero no eres más que otra presa del verdadero asesino; el mismo que te está apuntando desde algún lugar. No te muevas, por favor.
La chica camino hacia atrás con cara de pánico. Miraba a todos los edificios que había frente al centro comercial. Notó el duro cristal en su espalda y deslizó una mano para poder abrirla. Al momento que se giraba lentamente, Tarapiella vio que el puntito rojo seguía encendido pero estaba muy estático. Si el francotirador estuviera apostado en algún edificio no podría tener ese pulso tan perfecto. Debía estar más cerca. Miró por el reflejo del cristal las zonas donde podría esconderse alguien con un rifle sin que le vieran desde los puntos de vigilancia en donde estaban sus compañeros. Observó algo entre los grandes maceteros que habían detrás, a la izquierda de la entrada. El haz de luz salía de entre las pequeñas ramas del arbusto. Allí no podía camuflarse nadie, demasiado pequeño para una persona. Se fijó en Sonia de nuevo y consiguió ver que sostenía algo en su mano. Pensó en aquellos aparatitos de láser que vendían en algunas tiendas y entonces lo vio todo claro: lo accionaba ella misma desde un pequeño control remoto; tan minúsculo que era posible dismularlo en la palma de la mano. ¡Quería escapar!
Rápidamente sacó de debajo de la americana su Glock 31 modelo especial y apuntó a la cabeza de la chica; la misma con la que hace un par de noches inundó la cama del hotel con sudores de placer y sexo.
-¡Sonia! –gritó el agente. –Creo que me debes alguna explicación.
La chica se giró lentamente con una pequeña Beretta S92 que guardaba bajo la ancha solapa de su gabardina Burberrys, estiró su brazo y apuntó a Tarapiella también a su cabeza. La gente vio las armas y se tiraron al suelo. Fue como un gran dominó. Desde los que se encontraban al lado de los dos desafiantes hasta los más alejados de la entrada. El silencio se acusó en el momento. Tan solo se escuchaban los coches que pasaban por la calle de enfrente ajenos a lo que ocurría. No había gritos de pánico ni ruidos. Los dos allí de pié, cara a cara, apuntándose mutuamente a la cabeza con apenas diez metros entre ellos. Él la miraba con los ojos clavados en los suyos. Ella le respondía con la misma osadía.
Goretti y Hurtado no se lo podían creer. Avisaron por radio que nadie, rotundamente nadie, se involucrara en ese momento. Los chicos del puesto de perritos calientes esperaron con las manos metidas en las fundas, bajo los trajes. El agente del quiosco se preparaba con la escopeta de dardos paralizantes preparada bajo el tablero. La tensión podía respirarse.
-Quería acabar contigo la noche pasada, ¿sabes? –comentó la chica con su brazo tenso. –Pero no lo hice porque vi algo en ti que no me dejaba. Espero que me comprendas. Sólo venía a despedirme, a darte un último beso antes de desaparecer.
-Casi acabaste conmigo, cariño. –se atrevió a contestar Tarapiella mientras le mostraba una mueca con la boca. –Pero de placer. ¿Por qué el pequeño aparato para hacerme ver que te están apuntando?
-Porque sabía que me estabais cercando. Me extrañó que me quisieras citar en un lugar al aire libre y por eso imaginé que tus amigos estarían apostados por los edificios para vigilarme y esperar el momento para detenerme.
-Eres una chica lista.
-Y tú lo serías también si te dieras la vuelta y dejaras que me escapara. De lo contrario uno de los dos acabará con una bala entre las cejas y sabes que soy muy buena con el tiro. Viste mis trofeos.
-Sí los vi pero, ¿sabes qué? –preguntó mientras levanta las cejas repetidamente.
-¿Qué?
-Te falta uno de ellos.
-¿Cómo? –preguntó extrañada. -¿Cuál de ellos?
Un disparo se escuchó en el parque. Los que estaban estirados en el suelo rezagaron más aún sus cabezas por el ruido. Otro silencio. La sargento Goretti estaba con las manos tapándose los ojos esperando lo peor. Los chicos del puesto de perritos calientes y el del quiosco no podían creer lo que veían. Hurtado se quedó boquiabierto con el walkie en la boca a punto de decir algo. Y un hilo de humo denso salía del cañón de la Glock 31 modelo especial camino del cielo. Alonso Tarapiella estaba de pié mirando como la chica perdía el equilibrio, las piernas le flaqueaban y acababa desplomándose en el suelo mientras un reguero de sangre se estrellaba contra la puerta de cristal medio abierta. Más silencio.
El agente bajó lentamente el arma y se acercó a la chica para mirarla a la cara. De un agujero en mitad de su frente salía un chorro de sangre que se descendía por la nariz y surcaba las curvas de sus pómulos. Le lanzó un beso con la mano y pensó: ¿Qué premio va a faltarte? Yo. Hell. September 10 Cuentacuentos 18Se mordió los labios hasta que le sangraron los silencios y esperó pacientemente hasta que sus oídos consiguieron captar todos los ínfimos sonidos que el viento le acercaba. El oleaje brumoso estrellándose contra las rocas veinticinco metros bajo sus pies. El chillido de las gaviotas cerca del faro que gobierna este acantilado. El grave silbido del pesquero que anuncia su llegada a puerto. Incluso los pequeños granos de tierra que se mueven, rozándose entre sí, bajo sus zapatos. Todo estaba en calma.
Esperó a que su lacio pelo cambiara una vez más de balanceo a merced del aire. Que un nuevo olor fuera percibido dejando atrás el último recordado. Y esperó un poco más.
Cuando ya nada cambiaba, cuando todo era uniforme y unísono, decidió levantar un pié y avanzarlo al vacío.
Notaba como cambiaba de posición aligerando su peso al perder la gravedad del suelo. Podía sentir el aire frenando inútilmente su cuerpo y como ahora su pelo quedaba alisado hacia arriba.
Abrió los ojos para poder ver como se acercaba velozmente las rocas que quebraban el oleaje de ese mar oceánico tan querido desde niño y notaba como una leve sonrisa hacía que la piel de sus labios se tensara.
Cerró sus ojos de nuevo al oler la sal marina tan cerca. Esa sal que tanto escuece al penetrar por los desgarrones que las rocas le producen al haber rasgado brutalmente la piel. Esas rocas que han hecho resquebrajar sus huesos aún en el interior de su cuerpo. Notaba como el esternón se partía y las costillas agrietadas se le clavaban en los pulmones dejando insuflar un aire nuevo cargado de sangre. Las caderas se hacían añicos en contacto con una punta cortante y una nueva bocanada de aire fresco penetraba en su interior, en el mismo espacio que segundos antes descansaba su estómago y parte de los intestinos. No notaba ya dolor.
Esperó y volvió a respirar. Contó hasta tres y abrió una vez más los ojos –ahora inyectados en sangre-, y vio cómo el mar, su querido mar, se tornaba púrpura mientras sonreía. Ahora escuchaba las gaviotas, el pesquero, el oleaje del mar; hasta el silencio de su dolor que se iba apagando lentamente. Hell. |
Los diferentes poetas que más me han hecho sentir
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